Recuerdos del porvenir

Paralelamente a la paulatina desaparición de los relatos que vienen de la experiencia y la imaginación popular, se instaura, desde el espacio institucional, un discurso definido ya no por su proveniencia social sino por su potencial de consumo. La memoria patrimonial se construye entonces como un dispositivo para la producción de mercancías de la memoria que reemplazan o suplantan la experiencia, real por vivida, de los habitantes.

Jaime Pinos

Las cosas se estaban poniendo feas

 y las voces que antes nos arrullaban

 ahora servían para transmitir mensajes de guerra,

declaraciones juradas y spots de tiendas a crédito.

Queríamos que volvieran las fiestas tan lindas

que hacían en Valparaíso.

Pero sabíamos también que Valparaíso era una metáfora

y que toda metáfora era una suprema traición.

Eduardo Correa

“¿Qué explica entonces la destrucción de Valparaíso, digamos, por sobre las diversas formas en que esta se ejecuta?, y si en verdad se trata de un proceso, ¿cuál es su naturaleza?”. La reflexión que articula este libro se despliega a partir de esta pregunta central. Un esfuerzo por pensar, a la luz de la historia, las condiciones que hicieron posible el estado de catástrofe en que está sumida la ciudad y parece ser su destino irreversible. Las coordenadas que explora el texto para explicar este proceso de decadencia son varias.

Desde luego, en la base está el complejo proceso económico y político que transformó la ciudad en las últimas décadas. Un arco histórico que va desde los años cuarenta hasta el golpe de Estado, en el contexto de avance del movimiento popular y auge de la faena portuaria. Años en que la sociabilidad de Valparaíso y las condiciones de vida de sus habitantes se tramaron y construyeron a partir del protagonismo del mundo popular. Es ese protagonismo el que viene a desbaratar de manera sangrienta la dictadura, mediante la represión directa y el cambio radical en el modelo de gestión portuaria. La privatización de esta gestión y el asedio constante a las organizaciones sindicales y políticas fueron las dos caras de un mismo proceso. Uno que significó no sólo la desaparición de miles de fuentes de trabajo sino también la extinción de una forma de vida. Este sería el primer momento de la destrucción de Valparaíso.

Clausurada la vocación portuaria de la ciudad, un segundo momento sería su reconversión económica y cultural hacia un proyecto donde la noción de patrimonio pasa a ocupar el lugar central. Un proyecto, promovido y desarrollado por los gobiernos de la Concertación, cuyo norte es hacer viable la ciudad a partir de una economía de servicios basada en el turismo y la mercantilización de su imagen para el consumo externo. Un proyecto cuya consolidación deja afuera a vastos sectores sociales que, innecesarios o inservibles para el nuevo rumbo trazado para la ciudad, son desalojados hacia una vida de miseria y marginalidad.

Desmontar las premisas de esta política y de este discurso patrimonialista constituye el núcleo de este trabajo de Pablo Aravena. Un trabajo que, desde una perspectiva de análisis y crítica, discute sus implicancias respecto a la relación de la ciudad y sus habitantes con su historia, su pasado y su memoria.

“Con todo, si cabe plantear que el patrimonio –en su constante apelación al pasado– supone algún tipo de memoria, la pregunta que sigue es ¿la memoria de quién? No se entiende el concepto sin su categoría afín, a saber, la de sujeto. La memoria siempre es plural, cada sujeto recuerda y olvida lo suyo. Pero ¿qué sujeto es el de la memoria patrimonial?”. Esta pregunta es clave. Porque es justamente eso lo que caracteriza la memoria patrimonial. La carencia de sujeto. Paralelamente a la paulatina desaparición de los relatos que vienen de la experiencia y la imaginación popular, se instaura, desde el espacio institucional, un discurso definido ya no por su proveniencia social sino por su potencial de consumo. La memoria patrimonial se construye entonces como un dispositivo para la producción de mercancías de la memoria que reemplazan o suplantan la experiencia, real por vivida, de los habitantes.

Este sucedáneo del pasado, ficción consumible para el visitante, es el resultado de una operación de selección y montaje. Ciertos relatos, ciertas imágenes, ciertas locaciones que, a fuerza de repetirse como cliché o como merchandising, van fijando una especie de canción oficial. Una canción que espera sonar bien al oído del consumidor, quien a su vez espera escuchar lo que quiere oír. No los acoples ni el ruido que saturan la banda sonora del habitar real. En su lugar, la apacible música ambiental que acompaña su paseo por los pasillos del supermercado de la nostalgia y el exotismo.

Aravena en una entrevista reciente para la revista La Antorcha Magacín: “si me interesé en un momento por la patrimonialización de Valparaíso, o parte de él, fue porque intuía que alguna consecuencia traería para la memoria y la comprensión de la ciudad, que bajo ese proceso se difuminaría su dimensión más política. Y de hecho creo que lo que ha pasado es un reemplazo de lo político por lo “cultural”, la culturización de Valparaíso ha censurado o eclipsado sus conflictos, promoviendo un consenso social en la forma de un gran abrazo durante un falso carnaval”. Me parece que estas palabras van al fondo, al sentido profundo de este trabajo. La retórica patrimonial despolitiza la ciudad en la medida que elude sus conflictos o los oculta tras el decorado de ese falso carnaval. Pero, sobre todo, mediante una cultura del olvido basada en la expropiación del pasado a sus habitantes y su reemplazo por los recuerdos implantados del pasado mercancía.

Esta expropiación de la memoria comunitaria, como forma de hacer y de vivir, implica un desarme estratégico para quienes quieran contribuir a cambiar el curso de las cosas. Sólo una relación orgánica con el pasado como memoria común del habitante, no como simulacro, hará posible la crítica del presente y la imaginación de otro futuro, distinto a la oscuridad de la catástrofe. Necesitamos los recuerdos del porvenir.

Desde luego, esta situación no es exclusiva del Puerto. Como plantea el autor: “la destrucción de Valparaíso quizá no sea otra cosa que la expresión radical de la destrucción de Chile, que ya es la versión radical de la destrucción de un país, de su transformación en un mero paisaje periférico de la globalización”. A pesar de todo, a pesar de la destrucción y la pérdida, tal vez sea posible aún un movimiento de signo contrario. Un movimiento que se plantee imaginar y levantar un espacio habitable en medio de los escombros. Termino con esta cita de George Didi-Huberman: “La pérdida, que primero nos abruma, puede también –por la gracia de un juego, de un gesto, de un pensamiento, de un deseo– levantar al mundo entero”.Tal vez la conciencia cabal de lo perdido, la memoria compartida, el pasado útil a la transformación del presente, sean una primera condición para levantar lo que hoy está en el suelo. Para desmentir la destrucción irremediable. Para encontrar las metáforas que no traicionen. Para recuperar los recuerdos del porvenir.

Valparaíso, julio de 2022.

Jaime Pinos (Santiago, 1970). Poeta, escritor, editor y productor. Licenciado en literatura por la U. de Chile. Ha publicado la novela Los bigotes de Mustafá (1997, 2016), los poemarios Criminal (2003, 2017), Almanaque (2007, 2016), Documental (2018), 80 días (multimedia, 2014) y el de ensayos Visión Periférica (2015). Editor de la mítica revista y editorial La Calabaza del Diablo. Y ha sido organizador de A Cielo Abierto de Valparaíso. Premio a la Trayectoria Poética de la Fundación Pablo Neruda (2017).

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