El pasado por venir

No sabemos de qué modo las devastadoras huellas del progreso decantan la experiencia del desgarro y la barbarie en el lenguaje, cuál es la narrativa posible del habitante ante tales acontecimientos sino tal vez las formas en que este pueda sostener su propia humanidad. Quizá, la ficción patrimonial, ese modelo de negocios que se impuso a la ciudad, no necesariamente implica una cancelación o límite a las formas de vida que en ella encontramos.

Rodrigo Arroyo Castro

He aquí que un hálito me hace temblar ante las ruinas.

El mirlo clama entre las ramas deshojadas.

Oscilan las rojas vides entre rejas herrumbrosas

Georg Trakl

Uno

¿Es posible un pensamiento ante las ruinas, acaso una voz?, no hay luciérnagas en esta ciudad, ¿qué es entonces lo que vemos, lo que oscila sino la débil luz sobre las olas, la luz del alumbrado público sobre grafitis aparecidos encima de capas de afiches y pintura, qué hay entre la opacidad del óxido que se asoma entre los escombros o eriales? Sería tal vez esa pregunta inicial de, ¿si hay voz o pensamiento posible entre las ruinas? podríamos esbozar sin temor a equivocarnos, una de las primeras impresiones sobre La destrucción de Valparaíso. Escritos antipatrimonialistas, de Pablo Aravena. Libro que, por lo demás, sitúo imaginariamente en la noche; y es que pareciera que, indefectiblemente, nos encontramos a oscuras. Por un lado, tenemos la noche como posibilidad de aprendizaje, siguiendo a Rancière, y por otro, La noche, de Ennio Moltedo, como dos extremos o posibilidades de sentido separados por el tiempo, replegados en el análisis de Pablo, y que se constituyen como el antecedente que sustenta las posibilidades de vida que tiene el habitante de, hay que decirlo, ciertos sectores emblemáticos del puerto.  

Ahora bien, y sin salir de esa pregunta, volvemos al incendio del dos mil catorce. En este libro, Pablo señala que los habitantes de los cerros, Mariposas, Monjas, La Cruz, El Litre, Las Cañas, Merced, Ramaditas y Rocuant fueron expuestos mediáticamente, haciéndonos conscientes de su desaparición, pues su existencia fue posible solo a partir de la catástrofe, porque no tienen cabida en la postal patrimonial. En sus palabras: “Los pobres expuestos en su integridad constituirían una verdad demasiado insoportable para la ciudad Capital Cultural de Chile. Son nuestro documento de barbarie”. La pregunta –sin respuesta, por lo demás– que surge ante ello es, ¿qué posibilidades tiene ese habitante? diríamos, grotescamente, residual. En “Poema popular” Pier Paolo Pasolini abre las posibilidades del habitante al que nos referimos: “Si la risa regresa fuerte e inocente / en los rostros de los hombres y los muchachos / eso demostrará lo contrario / de lo que ha demostrado su desaparición”, pero en el año setenta y cinco, el poeta del Friuli clausura dicha posibilidad, al ser consciente que la elección de ese habitante por la miseria del falso bienestar ha sellado su destino. El consumismo, los medios y la pobreza han hecho su trabajo, ¿no hay acaso otra posibilidad? O como pregunta Pablo, ya en el final del libro, ¿qué se puede esperar de (en) Valparaíso?

Su propia respuesta, planteada como una de las posibilidades, fuera de la opción patrimonial, es esperar la emergencia de lo otro, pero aquello, el acercamiento de una alteridad inaccesible implica necesariamente un trabajo de duelo, ¿en qué consistiría aquello?

Tengo la impresión de que este libro es el punto de partida de un trabajo que, tal vez, nos permita desbordar la reflexión, por sobre el análisis y el diagnóstico que encontramos en él. “Decadencia”, el poema de Georg Trakl que abre esta lectura, pregunta por el deseo de ampliación que este libro plantea a contrapelo. Pregunta que, por lo demás, nos permite vincular a este libro con Valparaíso y sus metáforas, de Jorge Polanco Salinas o, mejor dicho, con las obras que ese libro recoge a través de ensayos, reseñas y conversaciones. Así pues, en medio del desmantelamiento de la ciudad y su capacidad productiva, en medio de la detención y tortura de dirigentes y estudiantes, en medio del despojo y la instalación de un mercado de la memoria, pensamos en El incendio de Valparaíso, de Eduardo Correa, el ya mencionado, La noche, de Ennio Moltedo, Las muchachas de Biarritz de Nancy Gewölb, Inxilio, de Juan de Quintil, Estancias seguido de Fragmentos de el río, de Adolfo de Nordenflycht o Delirios o el gesto de responder, de Ximena Rivera, por nombrar algunos. En otras palabras, pensamos no en el trabajo institucional generado a partir de la designación de Valparaíso como capital cultural, con todas sus políticas e implicancias, sino en ese trabajo de resistencia que, lo vemos en la producción poética, ha logrado decantar dichas problemáticas en obras paradigmáticas, que se hacen cargo de la historia, la violencia e inclusive, del futuro cancelado de esta ciudad. 

Y si de vínculos se trata, otro libro que no podemos ignorar, para comprender, no más profundamente sino en otra dimensión, el proceso que La destrucción de Valparaíso plantea, es Tiempo sin desenlace, de Sergio Rojas, porque, de algún modo, esa intensidad o radicalidad con la que se perciben las cosas en Valparaíso, en relación al contexto país, tiene su réplica en lo que refiere a la incertidumbre de un desenlace inconcluso, el que Rojas describe como “un fin que se anuncia, que incluso parece ya haber llegado, pero que no termina de consumarse, que se hace sentir sin ninguna seña acerca de en qué habrá de terminar todo esto”.

Dos

El fin de un sistema de vida permitió que, de pronto, Valparaíso comenzara a existir, ya no digamos en el uso y pertenencia de parte de sus habitantes, sino en la ficción patrimonial. Pero vivimos entre ruinas, “las maravillosas ruinas de Valparaíso” en palabras de Gastón Soublette. Espacios que dan cuenta de la muerte y desaparición, más que una bella imagen que acaba romantizando la pobreza; en ese sentido, tendríamos que pensar en las lógicas con que opera el capital, más allá de Valparaíso porque, así podemos comprender que, más allá de todo lo expuesto en el libro, tal vez su solapada tesis no está situada, irrestrictamente, en esta ciudad. Para reafirmar aquello, recurro a las palabras que la poeta Rosabetty Muñoz ha dicho, respecto al proceso que vive ahora Chiloé: “es como terrible, como triste, estar asistiendo a la agonía de una manera de vivir que uno cree que es mejor que otra”. Agonía que entendemos en el cotidiano, a partir de aquello oculto en el ideario de país, que Sergio Rojas revela en el prólogo del libro: “el ideario de la modernidad se transmuta en modernización”.

Sin embargo, no dejamos de preguntarnos por aquellos desaparecidos que deambulan en medio de estas ruinas, convirtiéndose –paradojalmente– en seres capaces de invertir esa romantización de la pobreza, convirtiendo su vida o precaria subsistencia, en un modelo especulativo. Gonzalo Sáez, parodiando la canción, “Gente corriente”, del grupo inglés Pulp, canta:

“¿Quieres vivir como viven en Valpo? / ¿quieres hacer lo que sea que hagan acá? (…) Nunca serás como somos en Valpo / no vivirás como vive la gente de acá / no arderás como todo arde en Valpo / nunca verás tu vida irse a la mierda (…) y tú nunca entenderás / como es vivir así / sin sentido ni control / sin un sitio adónde ir / y te asombra que sea así / y vibremos de una forma / en que jamás podrás vibrar”.

Tendríamos que cuestionarnos, realmente, hasta qué punto esa inversión de la romantización de la pobreza se ha constituido en un modelo de negocios que ha hecho posible, en cierto modo, la gentrificación. Y como ella, a su vez, visibiliza la memoria de la destrucción.

Siguiendo esa idea, es posible que, de un modo u otro, comprendamos que la actividad turística en el puerto, a partir de lo señalado en este libro, se encuentre hermanada con aquello que Walter Benjamin señalara, a propósito de París, en El libro de los pasajes: “el camino que hacemos a través de los pasajes también es en el fondo un camino de fantasmas en el que las puertas ceden y las paredes se abren”. ¿Será acaso esa experiencia lo más cercano a vivir el duelo?, o bien esos fantasmas, los desaparecidos, representan la imposibilidad de alejar la muerte, que pareciera seguir rondando a esta ciudad.

Más allá de todo eso, habría que ver qué lenguajes han dado o dan cuenta de la condición actual de esta ciudad, u ofrecen una posibilidad de sobrevida o entendimiento. Digo esto, tomando como punto de referencia lo que señalara Franco Bifo Berardi a partir del grito No future, de Sex Pistols, en el contexto británico: “a partir de un determinado momento –que yo identifico con el año 1977– la humanidad comenzó a poner en duda que futuro y progreso fueran equivalentes”. ¿Cuál es el grito, entonces, en esta ciudad? O será que, ante la destrucción solo es posible el silencio sobrecogedor frente al mar, algo que en el final de El incendio de Valparaíso, Eduardo Correa pareciera habernos advertido al señalar: “no haya voz en ese espejo”

Más allá de su condición actual, tendríamos que pensar la ciudad, porque, componer esta postal patrimonial implica, forzosamente, “definir una identidad común”, como nos recuerda Richard Sennett; tarea que, la dictadura, la Concertación, las políticas culturales y la sociedad de consumo, se impusieron a sí mismas, segmentando los distintos sectores de este puerto. En ese plano, el presentismo planteado en este libro, lo entendemos, en palabras de Mark Fisher, como ese “momento presente marcado por su extraordinaria capacidad de acomodarse al pasado”, el cual, señala Pablo: “es producido, ofertado y demandado [porque] se ha vuelto una materia de consumo privilegiada en casi todos aquellos lugares en los que se han extinguido los motores industriales y comerciales que antaño animaban la economía y sostenían la sociedad”.

Visto de ese modo, está claro que, como escribió Enrique Lihn en el poema “Hipermanhattan”, la ciudad está “escrita para otros”.

Tres

No sabemos de qué modo las devastadoras huellas del progreso decantan la experiencia del desgarro y la barbarie en el lenguaje, cuál es la narrativa posible del habitante ante tales acontecimientos sino tal vez las formas en que este pueda sostener su propia humanidad. Quizá, la ficción patrimonial, ese modelo de negocios que se impuso a la ciudad, no necesariamente implica una cancelación o límite a las formas de vida que en ella encontramos, es cosa de volver al libro de los pasajes, ahí Benjamin señala que “el ser humano, rodeado de ficciones, se refugia voluntariamente en una actividad ficticia, entabla relaciones ficticias con los demás o un amor ilusorio, con tal de tener un asidero”. En ese sentido, nos preguntamos, ¿qué tan grande será la brecha entre lo que aquí leemos y la resistencia a un modelo cuya forma de planificar una ciudad se enfrenta a la imaginación popular que le ignora o le desborda?

Esta última pregunta tal vez surge porque, de un modo u otro, queda la impresión de que el presente análisis desliza a contrapelo la intensión de hacer representable al habitante, a partir de las condiciones de vida que este ha enfrentado o enfrenta, y que han sido generadas por el proceso destructivo que ha padecido esta ciudad. Por otro lado, pareciera que conceptos relativamente actuales, como postrabajo o poscrecimiento, han sido siempre parte de la historia de este puerto.

A modo de cierre, no puedo no volver sobre el pasado; en una de sus últimas entrevistas Jorge Teillier describió su utopía personal, que no podemos no pensar analógicamente con el espíritu que La destrucción de Valparaíso plantea, esto es, querer: “Vivir en el presente como si viviera en el pasado, tener nostalgia del futuro”. Así entonces, cabría preguntarnos, o preguntarle a Pablo, más allá de un ejercicio retórico, ¿qué pasado le espera a esta ciudad? Y sabiendo que esa pregunta no se refiere, necesariamente, a Valparaíso, ¿podrá, en alguna medida, esa sobrevivencia aferrada al pretérito de esta ciudad, salvarla del centralismo económico y cultural? 

Valparaíso, 12 de julio de 2022.

Rodrigo Arroyo Castro (Curicó, 1981). Poeta, editor, crítico literario, docente. Licenciado en Artes por la Universidad de Playa Ancha. Ha publicado los poemarios: Chilean poetry, Fuga Ediciones 2008, Vuelo, Ediciones Inubicalistas 2009, Mausoleo, Cuadro de Tiza Ediciones 2012, Incomunicaciones, Ediciones Inubicalistas 2013. El año 2009, junto a Felipe Moncada, funda Ediciones Inubicalistas, de la cual es editor. Vive en Valparaíso.

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