Combustión Interna

© Eva Hajnal

Carlos Olivárez

Tal vez jamás se podrá contar esto sin dejar una trizadura. Sin embargo, así es la manera de atraparte que tiene la vida y mantenerte a flote aun cuando estés en el ojo mismo de la tormenta. Aunque seas lento, aniñado para afuera y nadie esté dispuesto a dar un centavo por tu cutis y puedas ver cómo los pocos conocidos que te quedan mueven la cabeza disimulando mientras te pasan el billete que saben que no devolverás, porque de un momento a otro te metes en la laguna, te pasas a la otra orilla contándole chistes a Caronte y, listo, te fuiste jote pa’los pinos.

Nunca he conocido un tipo más solo que tú, dijo el viajero en el Bar de los Borrachos. Con autorización, pasaje, pasaporte y trabajo en Europa se iría en uno o dos días. No recuerdo. También olvidé su nombre y no creo que él sospeche haber dicho algo así. Se me quedó porque el hombre parecía estar en lo cierto. En el lado de acá de la realidad, estaba solo. Eso es claro como que tengo tan grabado que despilfarraba el último dinero chileno que tenía en los bolsillos, así que la mesa era un volcán irradiando energía. Por fin uno con la luz clavada en la frente, se iba, y los demás, acurrucándose en la aureola, partirían tarde o temprano, en los próximos meses. ¿Dónde estará ahora? Ahora, digo. Ahora que lo pienso la palabra ahora. No lo sé ni me importa. Lo recuerdo sólo porque esa noche llegué a mi esplendorosa mansión con una botella en el bolsillo y, segundos antes de acostarme, sonó el teléfono. El teléfono ocasionalmente me servía de puente a la otra realidad, pero la mayoría de las veces lo usaba para conectarme con la locura. Hablar con las telefonistas nocturnas. Con una de las cuales había logrado una bella amistad que se prolongó durante tantos meses que accedió darme su propio número del departamento que compartía con alguien de quien nunca me preocupé de averiguar ni siquiera el nombre. Muchas veces, tipo tres de la mañana, con el estanque llenándose de a poco, en medio de toda la oscuridad circundante, iluminábamos el planeta con deliciosas conversaciones, que se prolongaban horas. El asunto consistía en describirnos:

–Me saqué la chaqueta.

–Acabo de soltarme el pelo.

–¡Fuera los pantalones! Estoy en calzoncillos.

–Yo, en sostenes y calzones.

–¡Sácate los sostenes!

–Ya me los saqué, pero tengo frío. Me voy a acostar.

–Yo también. Ahora estoy en pelotas, y lo tengo enorme, colorado, brillante y resbaloso. (Adoraba mi conversación con adjetivos que ella se limitaba a gorgojear.)

–¡Métete los dedos y revuélcalos allí adentro! Despacio, o rápido como el cuerpo te lo pida. Nunca vayas contra tu cuerpo. El cuerpo manda.

–El cuerpo manda, repetía.

De primera, la cosa me gustaba porque era barato y era higiénico. Por decir una cursilería: Me servía a una hermosa muchacha que jamás había visto, y ella se encimaba a Robert Redford. Pasaban semanas y, de pronto ¡Paf!, el teléfono llamando a las dos de la mañana, de modo que bebí un sorbo y lo levanté sin sobresaltos.

Una voz de mujer pregunta por un nombre que olvido de inmediato. Pero, ya lo saben, mi oído tiene entrenamiento para captar todo lo que la gente no dice por teléfono. Adivino un paladar seco y saliva con ansias recurrentes. Fama: estoy frente a una hambrienta, de modo que, sin más, la función comenzó a ir derechamente adonde yo creí que yo quería. Al día siguiente tendría la certeza de que esos arcaicos sueños adolescentes de encontrar una ninfomaníaca no son tonterías, es el infierno en tecnicólor.

Cuatro horas de teléfono desplegándome su alma de mujer desamparada. Brillantes luces de neón, con adecuada música ambiental y estupendo estado físico, por mi lado. Qué hacer a esta altura del partido sino programar una cita y olvidar todo lo demás. Y eso es precisamente lo que hago, caminando bajo una suave brisa que me aclara la mirada y me hincha el pecho para que suba un poco del valor que le he robado al gin que bebí de un sorbo para esculpir la sangre de mi corazón entre los zumbidos ululeantes de las patrulleras, bajando rajadas hacia las seis de la tarde de un sol tibio finales de octubre del setenta y cuatro. ¿Te das cuenta? Modosito y solitario, había capturado una mina con sólo tirar del alambre telefónico. Operación peligrosa en esta larga lágrima, ya que los teléfonos pueden, también, ser trampas provocadoras de enredos que deben ser descifrados por computadoras repletas de pulsadores y cintas de grabación. Si esa noche esos números tabulados por el azar del miedo estaban conectados a la pegajosa maldición de querer saberlo todo, dos o tres fusibles estallaron y algunos circuitos impresos más sensibles no resistieron el calor y se fundieron. Las casetes, si es que alguien de esos lados tiene algún sentido estético, el montoncito de casetes, digo, formarían, tal vez, no tengo ninguna seguridad, pero quizás sean de lo mejorcito en materia de literatura pornográfica mezclada con aullidos de desesperación. Una joya. Una verdadera pieza delirante de amor. Una estrafalaria fiesta de vulvas y glandes palpitando al compás del sentido más puro de lo que corrientemente se llama vida. Digo. Si es verdad lo que se dice que se escucha que se oye que se graba y se procesa. Ahí tienen un mucho de imaginación al alcance. Un muy claro folleto para hacerlo como Dios manda. Para enseñarles a los duros que se levantan temprano, corren y esfuerzan sus ejercicios de karate y tiro al pichón. Esos mismos que siempre suben por el mismo lado y cumplen su tarea con regulares jaleos igual que cuadripléjicos que reciben su cheque a fin de mes. No. Esto era un adentrarse en montañas delicadas con neuronas florecidas de terminales que se abren como una libélula a siete cuadros por segundo. Lentamente. Lentamente prolongando el contacto y los líquidos. Plop, plop. ¡Dios mío! ¿Por qué la lujuria es pecado capital? Mal que mal, el hombre subió (¿o bajó?) a la Luna de puro intruso. Para estar allí y contarlo. Mostrar fotografías y traer piedras diferentes a las pobres piedras del desierto y contarlo: una pura y triste y polvorienta piedra sin recuerdo ni esperanza. ¿Ustedes van a creerse eso de un pequeño paso para el hombre, un gigantesco salto para la humanidad? ¡Huevadas! Conozco a Neil, incluso me he sacado fotos con él, y estoy seguro de que, en vez de telefonearse con Nixon desde la Luna, habría estado mucho más feliz escuchando todas las tareas que, según ella, la niña que se equivocó de número, podía encomendarle a su sagrada abertura, y lo que esa preciosidad sensible le solicitaba cada vez que se ponía en onda. ¿Qué más quiere un solitario en la ruina? Por eso, como si estuviera sobrecargado de electricidad estática, toco el timbre, y la puerta se abre despertándome una muchacha soñada. Quizás no me lo crean, pero allí estaba. Uno podía acercarse y, sin que nadie se asombrara, tranquilamente colocarle una etiqueta autoadhesiva: soñada. Véanla de pantalones cotelé ajustaditos. Lo que me indicó ser atacado desde el principio. Chomba cachemira cuello polo, tan suave como un sorbo de leche descremada. Ojos vivaces y brillantes. Todo eso enmárquenlo con una sonrisa, mientras se alisa el pelo y me dice hola como si fuera lo más natural del mundo, y a mí se me aconchan su poco los meados. Una cosa es el teléfono y otra el cara a cara. Pero todo sigue igual. Ustedes lo adivinan. Cada uno tiene sus propios encantos para ocultar sus deficiencias. Me hace entrar a un livincito con un sofá, que reconozco es la cama a cuyo lado está el teléfono. Entonces me encuentro más a gusto. Me pasa un pequeño vaso con pisco que, rápidamente, humedece mis tripas y me glorifica el horizonte. Me hace bien. Tomo la botella y vuelvo a llenar mi vaso sin abrir la boca. Ya que estoy atrapado en mis propias mentiras, tengo que transformarlas en verdades que no puedan discutirse, y al verla inclinada en el estéreo, le cruzo la cintura y la acerco para que lo sienta y vea si le toma cariño. Se vuelve y, sólo con los ojos, en un nanosegundo, me repita toda, absolutamente toda la conversación de la noche anterior. Se aparta. Suave y ondulante movimiento saca su chomba. Me pide le desenganche el broche plástico. Libera sus senos y vuelve a colocarse la chomba.

Quiero saber si han entendido, viejos cabrones.

© Eva Hajnal

Estoy con una muchacha que la noche anterior se equivocó de número y acaba de quedar con las tetas al aire antes de volver a ponerse la chomba. No sé si todo lo que hablamos por teléfono es verdad, ni siquiera si el dos por ciento es verdad. Por mi parte, mentí todo el tiempo, pero esto que rodeo con mis brazos, es real, el trago que ahora mismo estoy bebiendo es real. La música es indesmentible y, también, son reales sus dos pequeños hijos que observo durmiendo en sus camitas porque quiere demostrarme que no hay nadie más en la casa. Entonces empiezo a creerle eso de la soledad mientras preparamos la cena en la cocina y nos ponemos de acuerdo para hacerlo antes, del modo rápido, como un petit bouchée. Cosa que realizamos allí mismo, igual que furtivos amantes sureños detrás de un alerce, mutatis mutandi, ya que el árbol es la mesa y tenemos una generosa cama, como dicen que dicen que es mejor, pero no, hay atolondramiento entre sus piernas y, apresuradamente lo integro ahí, parados, que el tiempo de los zorros se nos viene encima, y Tú, que todo lo sabes y que todo lo observas para cobrarlo cuando llegue la hora; además, estuvieras mandándonos las órdenes y nos hicieras saber, a través de quizás qué secretas fórmulas, que en otro lado, tal vez allí muy cerca, hay otros de tus propios hijos que están haciendo lo contrario y que, como tu responsabilidad es tan enorme, tienes que mantener el equilibrio. Que si uno muere tiene, obligatoriamente, que nacer otro con algo de amor y muchísima participación personal. Y, ya que nadie sabe qué crestas hace que la mente junte unas cosas con otras, así, sin más, me acordé del nunca he conocido a un tipo más solo llegando a Europa, pasando la Aduana, nervioso frente al policía que miraría, alternativamente, la foto de su pasaporte y sus ojos de triunfo, cruzando la puerta neumática, retirando su maleta y enfrentando lo desconocido, ancho de esperanza y felicidad. Entonces, compulsivamente, me lavo las manos en el lavaplatos y seguimos preparando la cena.

Una joven pareja en su aniversario de bodas.

Algo de eso había en el vino. Las etiquetas estaban firmadas y tenían una fecha que olvidé. No quiero acordarme de la fechas, ni de los nombres, ni de los titulares de los diarios, ni de la cara del locutor del noticiario de las ocho y media.

Quiero borrarlo todo.

Menos lo que está aquí, frente a las velas. Hemos puesto velas y comemos mirándonos directo a los ojos. ¿Qué quieren? Estamos en un suave microclima y no deseo saber quién es el padre de los niños que duermen al fondo del pasillo, a los que volví a observar cuando fui al baño a echarme una meada, y los encontré sanos y felices. No quiero saberlo, por lo tanto, tampoco le pregunto qué significan las firmas en las botellas, pero como no puedo dejar de verlas cada vez que relleno las copas:

–Son de mi matrimonio, –dice.

–¿Las qué?

–Las botellas. Las firmas son de los padrinos, los suegros, el cura, los amigos y nosotros.

–¿Tienes más?

–No muchas.

–Me parece una buena idea –y de inmediato me interrogo. ¿Qué es lo que me parece buena idea? ¿Que guardara las botellas o que estuviera yo bebiendo el vino? Es posible que sea ésta la causa de este extraño revoltijo en la quieta noche, con el estéreo bien bajito y la poca luz sentado en el sofá, mirándola a través del cristal color oro viejo del vino de mi copa que hago girar como un caleidoscopio del amor. Como que ese calor tan mezquinado, cada vez más cuesta arriba, reemplazara el abierto panorama al alcance de mi mano y ya no fuera de este mundo. Algo como un ventisquero que devolviera una a una todas las notas de esta bandada de trompetas tristes elevando su acorde hasta la cima de algo que vendría ahora, ahora que ya habíamos terminado de cenar se me adelantara, se me viniera encima, me arropara, me cobijara y me diera fuerzas que yo creía también fuera de combate. Así, sin que mediara ninguna superdescarga ni nada, voy y le digo que esto no me parece.

–Estamos solos –dice.

Ustedes no tienen ninguna prueba para creerme, pero, qué hacerle, soy así. A veces se me baja la guardia y me pongo a decir cosas de las que después me arrepiento. La mente es la que tiene la manija y, cuando uno menos se lo espera, le sale con que esto no se le hace a un infeliz que ha tenido que largarse porque no pudo soportar el efecto invernadero de este tiempo de depredadores que hacen chirriar las ruedas derrapando las curvas de la noche, persiguiendo a sus fantasmas.

–No –le digo–, no estamos solos tú y yo.

–Eso digo –repite– estamos solos.

–No –le digo–. Siempre hay otros, ¿entiendes?

–No.

–Mira, antenoche alguien me dijo que jamás había conocido a un desgraciado más solo que yo, y lo estoy pensando desde entonces. Ahora, justo ahora cuando él está en un continente con cuatrocientos millones de pelotas que andan de un lado para otro persiguiendo la hora para no llegar atrasados con sus mugrientos papeles. Ahora, que él quizás esté en un florido cafecito mirando la oxidada torre Eiffel, él, estoy seguro, está más solo que nosotros. ¿Sabes por qué?

–No.

Me serví otro vaso. Encendí un cigarrillo.  Cambié de casete. Hundí mi mano en el bolsillo, y le dije:

–Para que lo protejan, uno debe caminar sobre la tierra de sus muertos.

–Es un lindo discurso –me dice, mirando su vaso.

La contemplé un largo rato, con el tiempo detenido que uno se toma para espiar las cosas que pudieron ser y que, por alguna puñetera emboscada, nunca fueron. Con ese tiempo que se puede estirar y encoger a gusto. Así la miré y así mismo la vi recostada en el sofá, estudiando la pared como si allá afuera, con las primeras luces de la mañana, estuvieran esperando las respuestas mientras nosotros seguíamos equilibrándonos entre el frío y el calor.

–Es una buena mentira –dije, sirviéndome más vino–; yo también quisiera estar en otra parte.

Carlos Olivárez, La Época. Santiago, 28 de enero de 1988.
Carlos Olivárez (La Unión, 1944-Santiago, 1999). Escritor, periodista, redactor publicitario, antologador. Estudió Castellano en la Universidad Austral de Valdivia y literatura en el Instituto Pedagógico de Santiago. Entre otros muchos galardones obtuvo el Premio Paula de Cuentos en 1969 y el Premio Chile-Francia, 1985. Perteneció a la “Generación de los Novísimos” (Poli Délano, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Eugenia Echeverría, Fernando Jerez, Ramiro Rivas, Luis Domínguez y Mauricio Wacquez). Seleccionó las antologías: New York 11 (1987), Los veteranos del 70 (1988, 1993), Nueva Narrativa Chilena (editor, 1997). Por otra parte, realizó un libro de entrevistas, Conversaciones con Jorge Teillier (1993). Trabajó en las páginas literarias de las revistas Ercilla, Ahora, llevando prácticamente solo la edición de más de quinientos números de “Libros” de La Época. Publicó dos libros de cuentos, los cuales se han convertido en verdaderos objetos de culto: Concentración de bicicletas (1971, 2013) y Combustión interna (1987), de donde hemos tomado el cuento homónimo que publicamos en nuestra revista. Se ha dicho que en los últimos años de su vida vendió pescado y mariscos en la Vega Central de Santiago.

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