Asumir, pero hasta ahí nomá. Ideas sobre «No soy yo»

Hay dos textos que me parecen un paralelo para definir lo fallido del conjunto. Uno es sobre un amigo del autor, Patricio Tapia, el cual se titula “El informe Tapia”. El otro es “Eslabón perdido”, en donde le dedica agradecimientos a Carlos Olivárez. El texto sobre Tapia, además de titularse como una novela de Marcelo Mellado, el que no asoma ni la nariz en todo el libro, es un digno manifiesto amistoso. No es por menos que, años después, teniendo una editorial, López-Aliaga, le publicara un libro a Tapia. ¡Vivan los amigos!

/RESEÑA/ Luis López-Aliaga. No soy yo. Santiago, Hueders, 2021, pp. 161.

Diego Armijo

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Con una versión de No soy yo, titulada “La fiesta fallida”, Luis López-Aliaga obtuvo el premio Escrituras de la Memoria, como obra inédita. Leyendo la lista de jurados, se hizo evidente que él tenía un cargo en otra categoría. Pero no solo fue él, sino que otros también se repitieron como jurados-premiados, siendo Álvaro Bisama y Óscar Contardo, sus compañeros en la fechoría. Si bien las bases no impiden que esto suceda, pues fueron premiados en categorías donde no eran jurados, sí se ve feo, huele a podrido, y algo de esto el libro de Luis López-Aliaga lo expone, aunque, creo, sin ser su propósito.

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La primera parte de No soy yo toma el título de la versión premiada, “La fiesta fallida”, para entregarnos una serie de crónicas y perfiles, ancladas en la mitad de la década de los noventa. Esta “historia de una generación” está a la sombra de la Nueva Narrativa que campeaba en la época, como escribe el autor. Sobre su generación escribe sentidos textos sobre Alejandra Costamagna, Nona Fernández, Patricio Tapia y otros. A todas ellas las conoce en el taller de Antonio Skármeta, al cual se refiere como un espacio donde se desarrolla el estilo del decir o no decir. En palabras de López-Aliaga: “Los códigos de la transición internalizados como mandato de prudencia y ensimismamiento”. Pero, pese a sentencias como la anterior, No soy yo, prefiere más bien no decir nada.

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Hay dos textos que me parecen un paralelo para definir lo fallido del conjunto. Uno es sobre un amigo del autor, Patricio Tapia, el cual se titula “El informe Tapia”. El otro es “Eslabón perdido”, en donde le dedica agradecimientos a Carlos Olivárez. El texto sobre Tapia, además de titularse como una novela de Marcelo Mellado, el que no asoma ni la nariz en todo el libro, es un digno manifiesto amistoso. No es por menos que, años después, teniendo una editorial, López-Aliaga, le publicara un libro a Tapia. ¡Vivan los amigos! En cambio, el texto sobre Olivárez me parece acertado, pues rescata a un escritor chileno precursor y único, al que López-Aliaga confiesa haberle copiado, algo. La dicotomía de estos textos, me parece, desde sus acercamientos mediante la amistad uno y por la lectura el otro, no cuaja al estar en el mismo libro. El de Olivárez es un texto que se asemeja, solo en forma, a las crónicas sobre escritores de la segunda sección de No soy yo, la más floja del libro. El figurar junto a la carta de amistad a Tapia, genera ruido. Si este es un libro sobre “escrituras de la memoria”, uno se pregunta, ¿qué hace el escritor con esta memoria? Me inclino por responder, que este libro es solo una excusa para exponer lecturas, ser amigo de sus amigos, y dar muy poco espacio a otros que no sean de su generación.

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¿Dónde está el resto del mundo? Porque de Mellado solo se utiliza el título de uno de sus libros, sin hablar de él, para referirse a otro. Es más, cuando López-Aliaga escribe de otros escritores de su época, que no sean sus amigos, o compañeros de taller, el resultado es incómodo. Es el caso de su descripción de Pedro Lemebel: “Se le conocía más que nada por los escándalos que armaba en algunas lecturas y presentaciones, y nadie terminaba de tomar en serio. Era como el amigo divertido que todos prefieren mantener a distancia, seguros de que en cualquier momento irrumpe para arruinar la fiesta”. Se podrá decir que esta es una justa descripción, mediando el contexto, pero surge la inquietud. ¿Nunca cambió esta visión? Pues en el libro de López-Aliaga no hay un contrapunto. Esto es bien raro, ya que la escritura de estos textos se expone desde el presente cincuentón de López-Aliaga, mirando sus comienzos en el mundo de la escritura, pero el ojo con que todo es descrito tiene la tontería, la ligereza del López-Aliaga de los veinte años. Otra vez, ¿qué hace el escritor con la memoria? Solo exponer cosas minúsculas que presenta como sinceridad, pero que se leen como un estancamiento.

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Otra manera en que aparezcan los otros es para hablar de la Nueva Narrativa, la Zona de Contacto y Alberto Fuguet. “Y si leíamos a la Nueva Narrativa era para descifrar cómo publicar un libro. Aunque cada uno tenía también una seria de lecturas propias, secretas, las que no traficábamos ni sometíamos a discusión, por ese enquistado miedo a romper el consenso”, escribe López-Aliaga. Sinceridad, sí, pero superficial.

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La revuelta de octubre aparece referida en dos momentos. Para destrozar con justicia a Arturo Fontaine Talavera: “el horror de Fontaine, el Talavera, al presentir que en esa barricada que mostraban por televisión estarían ardiendo su novela y varios libros de sus camaradas”. Pero también, ya en el texto final de No soy yo, como forma de cuestionar a su generación, aunque en muy baja intensidad. Dice López-Aliaga: “Mi generación, en cambio, decidió ser cronista de guerra, profeta, fiscales de la moral política, la voz lúcida que siempre la tiene clara. No duda, no cuestiona, no se hace, por ningún motivo, una autocrítica”. Con una frase así uno esperaría continuar leyendo la autocrítica, que existe, pero es muy difusa, ¿cuál es el cuestionamiento? Ante todo, nadie podría enojarse con Luis López-Aliaga.

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No hay aquí, no, “una suerte de desnudo artístico”, como señala Gerardo Soto en su reseña para Loqueleímos. Hay sí, chascarros, vergüenzas, pero, aunque las anécdotas que expone López-Aliaga sean simpáticas, pareciera que la escena de interés, la historia que develaría el ambiente de la época, estuviera pasando en la casa colindante a la donde López-Aliaga se emborracha y se jotea a Costamagna. Nada más alejado de la fuerza descarnada que Hernán Valdés muestra en Fantasmas literarios. El riesgo de que los amigos se enojen por lo que uno cuenta de ellos. Otra vez, nadie podría enojarse con Luis López-Aliaga. De hecho, el libro de Valdés es nombrado en No soy yo, y uno piensa en la forzada perspectiva que López-Aliaga intenta darle a su propio libro de memorias generacionales. Pues no podemos encontrar en ninguna parte en este libro destellos que desvelen lo que hay detrás de la construcción de los escritores de “la literatura de los hijos”. No es necesario tener la pesadez conservadora de Gumucio. A lo mejor la razón es que López-Aliaga no es un escritor al ritmo de Valdés. Quizá López-Aliaga no es el escritor que pueda definir, inmiscuirse y revelar una generación, la suya. Quizá ninguno de sus amigos lo sea.

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No soy yo desvela, sí, pero otras cuestiones. La autocrítica no está presente, pues le gana el cariño por los sujetos y el propio yo. Este es un libro para entender, a los palos, aburrido, que ya nada germinará de las escrituras de esta generación. Está, están, siempre a un paso de gritar, pero no dicen nada. Volviendo a la cuestión de los concursos, es divertido constatar que Luis López-Aliaga figura junto a Contreras y Fontaine como constantes jurados de premios literarios. Es quizá esta, una posición de poder fijo, de definición de canon, o más mundanamente aún, de decidir quién recibe la plata de un premio, el lugar destinado para escritores como el autor de No soy yo. 

Diego Armijo (Viña del Mar, 1994). Es comerciante. En 2020 obtuvo una mención honrosa en el Premio Roberto Bolaño, categoría novela. Ha sido becario del Fondo del Libro y la Lectura en 2019 y 2021. Poemas suyos han sido publicados en la revista Hueso Húmero y Maraña. Panorama de poesía chilena joven (Alquimia, 2019). Ha pu­blicado los libros Glorias Navales (Balmaceda Arte Joven Valparaíso, 2019) y Carcasa (La Calabaza del Diablo, 2020). Escribe en Platafor­ma Crítica. Habitó Glorias Navales [Lee/escucha un cuento de Diego Armijo en La Antorcha Magacín # 5].

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