Deporte

Diego Armijo

©La Antorcha Magacín # 5

Subir un cerro, pies con brazas, pulmones arrollados que, con la intención de fumar del usuario, miran en desaliento, así, abarcadora búsqueda de oxígeno, se obtiene una gratificación, se ve el paisaje, el terreno de poblaciones abajo, todo al alcance de la mano dios, y se suspira, y alguien habla, es Pa­blo, costó, dice, pero se llegó, ¿vieron que no era tan peluo?, además que se ve terrible de bonito todo desde acá arriba, le­jos, dijo, en aquella primera incursión hacia las nubes de Reñaca Alto, aquel fue el pie inicial, en pedaleo, vendría, más después, un entendimiento, una necesidad de recorrer, ese mismo sendero, ese mismo sendero, ese mismo sendero, mar­cado por históricos, decían, perdidos caminantes, para justifi­car el cansancio, la acción deportiva, la rueda, la cadena, así es como se les hizo apéndice la herramienta vehicular, el apa­rato bicicleta, estirando la tensión sanguínea, las primeras ve­ces, yo le dije, dice un amigo, yo le dije, vamos lento, no me acostumbro, vamos parando para ver la linda vista desde aquí, posar sobre esa piedra, junto a aquel árbol, ese roble, ese ciprés, cualquier cumbre vegetal de ocasión, un eucaliptus, aunque sea, estos que se queman mucho y secan la tierra, le dije, pero nunca oía, eran ramitas pisadas nuestra habla, que dale, dale, no paremos, caballo ya pasado de la línea, le se­guíamos, nosotros atrasito, al paso, a la vuelta de la rueda, ni respirando, buenos para bufar, pero todo lindo, natural, pájaros nos cubrían, movimientos entre el pasto avisaban vida, pero el ojo no alcanzaba a disfrutar, era misión, acostumbrarse, ser ca­mino, ser máquina de huesos en ubicación, deportistas del sendero, ya más acostumbrados, él, Pablo, el erigido líder, di­vertidísimo era tratado con rango, aunque esquivaba, cuerpo y ruedas, todo mandamiento señorial, ya más juntos, él no tan arriba, alineándonos cada vez, reconociendo cicatrices, que fueron gracias a esa piedra, ese tronco musgoso, aquella cerca desalambrada, la que conozco, la que sé, la que tengo en mi mapa intestinal, para saber, falta tanto, no es tan terrible, aún nos queda agua, mientras Pablo se veía vigoroso, pareciendo que nada lo haría retroceder, eso daba aire, hidrataba, saber, que la próxima curva nos ubicaba en el tramo de subida, ya el pasto es más seco, hay menos basura, pues aquí no llegan con autos a carretear, con carpas, seguir, subir, ingresar, respiración que traspira, agitado metal nos mueve, alcanzar la ubicación más arriba, junto a un árbol, espino, solitario, dando sombra e incomodidad por sus descargas carnosas, vegetales, al tirarnos en la superficie juntos, mirar por sobre nubes, es así que apare­ce Reñaca Alto, calles, pasajes, blocks, casas, plazas, quebra­das y edificios de multiplicados pisos, tan como ladrillos huachos, nosotros, Pablo, silencio, agua de botellas emblande­cidas, corroen nuestro cansancio, son los últimos momentos de dicha, dijo, un amigo, ahora piensa, exagera, pero tiene razón, piensa en las medidas de seguridad, para el que en bicicleta recorre esos caminos pedregosos en ascenso, sí, piensa, en lo que otros compañeros comentan, en lo que su mami repite y ahora, que pasó lo que pasó, hasta le prohíbe pedalear, piensa, que usar elementos de proyección personal, sí, casco, guantes, rodilleras, coderas, antiparras, como mantener una manten­ción, a la bicicleta, o al menos revisar, aceitar, limpiar, antes de su uso, mirarse las manos, evaluarse, si es un riesgo, la ruta, evitar, sincerar la técnica que uno maneja, la excesiva confian­za que lanza por el despeñadero la vida, el estado físico acorde a la meta, tener presente el terreno, mirarse las manos, las za­patillas, llevar botiquín, para el corte que con parchecuritas se tapa, para la lesión grave que debe esperar el descenso, conte­nerla, ser ayudado por un celular cargado, comunicar, entre otros abajo y los pares que siguen con uno, buscar cobertura, mirar las antenas entre las casas de los paraderos de Reñaca Alto, reír pensando cuando se rallaban los muros de esas casas, ANGURRIENTOS, NOS ENFERMAN A TODOS!, se escribía, pero de algo sirve, ahora, arriba, en peligro, o en el borde de aquello, sí, pero por sobre todo, la bicicleta, aquel es el medio, no sobre exigir, piensa, se revuelve en pensar, saber que, todo eso, todo, no es tan difícil como subir una cumbre, cuidarse, es lo más fácil del mundo, pero todo inicia como un juego, pues las contadas veces en que se participa, por tiempo, cansancio, en el subir, los pulmones como que se desinflan, sudan de la flojera anterior, de estarse echado y viendo tele, de tener la bi­cicleta en el estacionamiento toda sucia, ahora, en el ascenso por superficies vecinas, los otros paraderos, el calzado resbala, pues no es apto, la ropa no sirve para el roce, o se moja como si se cruzara el agua del estero con ella, entonces, se hace difí­cil sentir lo natural, que le dicen, las plantas y animales, eso sin intervención, lo que es falaz, pues si ellos, a duras penas, lle­gan al espino principal, muchos antes, en mejores condiciones, lo han hecho, así que, ya se ha intervenido el ambiente, aun­que aún hay formas de dejar una marca, SE INFORMA: AL CAER DE GRAN ALTURA UN CICLISTA SE DESNUCÓ, es Pa­blo, sus amigos ahí, pensar, cómo habrá sido la piel de ellos, así de tan pálida, siendo ellos morenos, su piel en ese momento, como de gallina descogotada, pensar en lo humano y animal, ellos, amigos, compañeros de rueda, los que ahí presenciaron o advirtieron el desnuque de Pablo, silencio, como cuando es­tuvieron entre las nubes, pero ahora en un camino de tierra como cualquier otro, repercutiendo una imagen, no el cuerpo, no sangre, ni siquiera el camino, es solo una rueda delantera doblada por la caída, la que se acompaña de palabras a la me­dida de la ocasión, “Lamentamos el deceso de un joven ciclista tras un accidente en Reñaca Alto y cerca del límite con Quil­pué”, porque hay que remarcar, que fue en Reñaca Alto, igual, el terreno de la muerte, un poco cerca de Quilpué, por cerros que confunden comunas, para rematar, ya los pies fuera de la tierra de nuestras calles, con la advertencia, necesaria, pero que trae escozor, DEBEMOS RECALCAR EL USO DE LOS ELE­MENTOS DE PROTECCIÓN, ESTOS PUEDEN EVITAR LESIO­NES GRAVES E INCLUSO SALVARNOS LA VIDA, se reitera, escuchen, pues el golpe, ese, fue un muy bien dado, no en bondad, sino que en eficacia, lástima, la superficie saliente, esa roca cuchillera, maquillada de malezas, donde se cortó el hilo muscular, donde, si en alguno de los amigos de Pablo persiste la fe, ya el suspiro se vuelve niebla y se eleva, se salva, aunque para otros, más lejos del hecho, de los protagonistas, todo el ajetreo terrible, aquello que se va sabiendo, la ambulancia, todo el tiempo que demora, pues no hay caminos para ellas, todo para que cuando llegue, solo cumpla funciones de carroza, eso, se va conversando, desde que se ve la informa­ción, el trágico accidente se hace noticia, remueve a los cuerpos del bostezo de fin de semana, pasan por la cabeza, caras, risas, manos, de amistades que han de ser parecidas a la víctima, quien muriera sobre el barro de los caminos, alguien rapea, aunque no se escucha rima ni contorno, respirando como último las hierbas del cerro, alguien traza un poema, que no continúa en más versos, a la luz del día y lo rodearon mariposas, termina siendo esta historia la cálida, pequeña, te­mida, cuento de advertencia, mito callejero, entre pasajes y paraderos de Reñaca Alto, pues muchas, varias, todos quieren opinar, muchas, varias voces hablan, quieren comentar y ser parte, o solo dar un suspiro a todo, decir, “El cuerpo humano es tan frágil”, “Los niños son tan arriesgados, qué pena”, “El casco lo hubiera salvado”, “Ya los consejos están demás, mis condo­lencias”, “Morir haciendo lo que apasiona no es tan malo”, “Abrazo respetuoso a la familia del joven y a sus amigos”, “Hace un tiempo atrás una niña de Villa Alemana murió muy cerca de allí, ella iba sola”, “En ese lugar hay que pasar con precaución, es lindo, pero es como una zanja muy brusca, si no conoces te confías”, y así, ante palabras ajenas, un amigo habla, dice, cuídense, tomen las medidas de seguridad, res­guardos, todo, disminuir probabilidad de lesión, hay riesgos siempre hay riesgos, cuídense, ante lo cual lo segunda el otro amigo, expresándose en vuelo, como si aún estuviera sobre su ciclista, sobre el cerro, junto a su amigo, dice que, lo que me da rabia es que ahora todos sabían qué hacer, y ni lo conocían, porque es fácil hablar de que se murió alguien que ni cono­cían, hasta nos echan la culpa a nosotros y na que ver, yo no quiero buscar culpables, pero ya fue, cuídense cabros, no hay que confiarse, le puede tocar a cualquiera un mal camino, siendo tantos, se piensa, si aparece uno con el solo hecho de recorrerlo, caminante, no hay camino, se hace camino al an­dar, se tararea, y es que todo inicia superficial, la comunica­ción es por el órgano celular que, en fraseos englobados, siem­pre instantáneo, desespera, esa mirada similar al microondas que en dos minutos hace humear arroz sin compañía, se habla, se dice lugar, último tramo de pasaje pavimentado con casas o tomas de terreno, de allí al cerro, lo natural aderezado con botellas de copete, se discute hora, ¿por qué?, si es cosa llegar y ubicarse si uno va más adelante y el resto a la cola, determina Pablo, el resto sabe, lo conocen, llega tarde, siempre, aunque pida puntualidad, viviendo más cerca que ninguno, pues se confía, pero llega, era, había compromiso, un paseo con desti­no, no para lucirse, riesgo artístico, crear piruetas sin público ni mano fija en cámara expandiendo la obra del cuerpo dos rue­das, Pablo era de esos po, un gil, dice un amigo, un tonto, se le llora, un buen amigo, pero un gil, golpea la voz, porfiado como él solo, llevado a su idea, su rueda, aunque lo siguiéramos, siendo caravana, él tenía presencia de único.

Pódcast: Daniella Lillo Traverso


Fotografía © Raúl Goycoolea.
Diego Armijo (Viña del Mar, 1994). Es comerciante. En 2020 obtuvo una mención honrosa en el Premio Roberto Bolaño, categoría novela. Ha sido becario del Fondo del Libro y la Lectura en 2019 y 2021. Poemas suyos han sido publicados en la revista Hueso Húmero y Maraña. Panorama de poesía chilena joven (Alquimia, 2019). Ha pu­blicado los libros Glorias Navales (Balmaceda Arte Joven Valparaíso, 2019) y Carcasa (La Calabaza del Diablo, 2020). Escribe en Platafor­ma Crítica. Habitó Glorias Navales.

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