Unas vidas insólitas. Schwob y sus Vidas imaginarias

«No solo Vidas imaginarias resume la historia del mundo según un desfile inesperado de marginados o de personajes de mala reputación, sino que estos no se corresponden necesariamente con la representación hecha por el lector. Esta otra ruptura del horizonte de expectativas no se vincula ya a la elección del protagonista, sino a la reescritura de su existencia», sintetiza en este artículo el autor, presidente de la Société Marcel Schwob París, que ha accedido a colaborar para este número de nuestra revista

Germán Araya, Crates, cínico, 2019, xilografía.

Bruno Fabre

[Traducción de Eduardo Cobos]

Lo insólito es el corazón de Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob. En esta recopilación de veintidós biografías breves, el autor sustituye el método científico de los historiadores por una mirada artística. El erudito se convierte en un falsario, reinventando la existencia de personajes reales, sin preocuparse por lo verdadero e incluso, a veces, por la verosimilitud misma. Este original enfoque se manifiesta en múltiples niveles. Desde el punto de vista genérico, las características de la vida imaginaria concebida por Schwob demuestran una ruptura epistemológica con la biografía tradicional: su presupuesto ficcional, su ausencia de ejemplaridad y de voluntad edificante, su brevedad y la falta de una relación declarada entre los detalles individuales y las ideas generales, subvierten las leyes del género.

Igualmente, la elección de los individuos relatados por Schwob, no se ajusta a la tradición de Vidas de hombres ilustres: son pocos los protagonistas célebres de Schwob en su época. En lugar de narrar la existencia de un personaje de renombre, Schwob relega sistemáticamente a las grandes figuras de la Historia a un segundo plano en sus relatos, esto a favor de los protagonistas con frecuencia desconocidos por el lector y cuya existencia proviene de leyendas o especulaciones. El escritor no solo se interesa en personalidades oscuras, sino que se concentra, asimismo, en las extravagancias de su comportamiento y, en la mayoría de los casos, su destino no se corresponde al habitual en sus semejantes.

Por último, las discrepancias en el seno mismo de la recopilación –tanto en el plan de la composición de las Vidas, que no siempre responde al horizonte de expectativas del género, así como al de su escritura, especialmente por la inserción de detalles incongruentes o enigmáticos–, amplifican el carácter insólito de estas biografías no canónicas.

Germán Araya, Clodia, matrona impúdica, 2019, xilografía.

Nuevo género, mal género

El prefacio de la recopilación, escrito después de la publicación de Vidas imaginarias en la prensa,es el acto fundador del alejamiento de la vida imaginaria de su vinculación con el género biográfico. En este texto, titulado inicialmente “El arte de la biografía” (The New Review, enero de 1896), Marcel Schwob declara por primera vez la independencia de la biografía ficcional realizando una separación radical entre ciencia y arte, entre historia y literatura. De entrada, Schwob señala que el artista no tiene que preocuparse más que de lo individual, de lo único; al contrario del científico, a quien le conciernen acciones e ideas generales. Así, su concepción de la biografía consiste en captar la personalidad de un individuo a través de los detalles ínfimos de su comportamiento, con la finalidad de elaborar en una forma original el relato de vida de este ser único.

El prefacio de Vidas imaginarias instala los fundamentos de una revolución del proyecto biográfico. La valoración de lo particular y de lo individual, en detrimento de lo general y lo universal, conduce al autor a privilegiar los detalles de la existencia íntima de sus protagonistas antes que a sus pensamientos y acciones. Según Schwob, al biógrafo le corresponde (en oposición al historiador) insistir en las diferencias y no en las semejanzas de un ser con otro. Por lo tanto, debe desentenderse de las ideas del individuo escogido, pudiendo ser compartidas por varios, y prestar especial atención a la singularidad de su personaje. “El ideal del biógrafo consistiría en diferenciar infinitamente el aspecto de dos filósofos que hayan inventado más o menos la misma metafísica”.

La exhaustividad buscada por la biografía histórica también es rechazada en beneficio de la selección drástica de rasgos proclives a mostrar la idiosincrasia de un individuo y tornarlo único por “una forma que no se asemeja a ninguna otra”. La mayor innovación del prefacio de Schwob es renunciar a la biografía referencial (nunca de exclusividad total de la ficción), asumiendo plenamente la producción de relatos de vida ficcionales: “El arte del biógrafo consiste precisamente en la elección. No tiene que preocuparse por ser verdadero”. Antes de Schwob, otros autores propusieron biografías ficcionales o vidas imaginarias, pero estos no reivindicaron nunca el rechazo de lo verdadero a favor de la fidelidad a la literatura y de una intención artística explícita. Las referencias del prefacio a los pintores (Vinci, Cranach, Holbein, Hokusai) confirman esta intención ante todo estética. El prefacio de Schwob propone, entonces, una ruptura epistemológica con las prácticas anteriores, teorizando un nuevo género fundado, a la vez, sobre una narración de tipo biográfico y sobre un presupuesto ficcional.

Schwob se identifica con algunos modelos de los cuales retiene sobre todo el culto al detalle insignificante y distintivo: Diógenes Laercio (siglo III d.C.), autor de Vidas, doctrinas y sentencias de los filósofos más ilustres, John Aubrey (1626-1697), a quien se deben las vidas breves (Brief Lives) y James Boswell (1740-1795), biógrafo del moralista y lexicógrafo Samuel Johnson. Pero el escritor se distingue de sus predecesores al sistematizar en Vidas imaginarias la brevedad del relato, reavivando a figuras que saca del olvido, emancipando a la biografía de todo su respeto por lo verdadero y renunciando a toda voluntad edificante.

Si se nos tentara en el arte donde descollaron Boswell y Aubrey, no cabe duda de que no habría que describir minuciosamente al más grande hombre de su tiempo, o anotar la característica de los más célebres en el pasado, sino contar con el mismo interés las existencias únicas de los hombres, hayan sido divinos, mediocres o criminales.[1]

La ausencia de finalidad moralizadora genera una igualdad de trato entre los protagonistas de Vidas imaginarias, que pertenecen en su mayoría al mundo del hampa o a las llamadas clases peligrosas. La recopilación se presenta, entonces, como una historia del mundo revisada y corregida, compuesta por ladrones y asesinos, prostitutas y piratas, herejes y otros marginados. A la serie de estos personajes, en la frontera del orden social, se superpone el catálogo de sus infamias y crímenes (incesto, violación, sacrilegio, asesinato, proxenetismo) que niega toda ejemplaridad a estas vidas inmorales.

Germán Araya, Empédocles, dios supremo, 2019, xilografía.

Olvidados y ofendidos

Al igual que en nuestra época, la mayor parte de los protagonistas de Vidas imaginarias eran desconocidos en los tiempos de Schwob; con la excepción, y solo en ambientes cultivados, de Empédocles, Lucrecio, Petronio y Uccello. Algunos, hoy célebres, eran completamente ignorados en Francia a fines del siglo XIX: el cine aún no había popularizado al capitán Kid, ni el dibujo animado las aventuras de la princesa Pocahontas y hubo que esperar a El nombre de la rosa (1980) de Umberto Eco para que el hereje Dolcino sea más familiar al lector francés.

Estos protagonistas escogidos por Schwob son con frecuencia sus preferidos ante las figuras más notables de su tiempo y espacio. Petronio y Lucrecio suplantan a autores más clásicos como Homero o Virgilio, que habrían podido dar lugar también a hermosas vidas imaginarias. Schwob presenta la filosofía cínica a través de Crates de Tebas y no de Diógenes, su mayor representante; Clodia le roba el estrellato a Mesalina, femme fatale de moda en la literatura fin-de-siècle; la única vida de pintor es la de Uccello, artista de importancia pero menos eminente que otros pintores del Quattrocento; el teatro del Renacimiento inglés es representado por Cyril Tourneur y no por Shakespeare, cuya existencia, igualmente incierta, habría podido atraer la atención de Schwob; entre los jueces del proceso a Juana de Arco, Nicolás Loyseleur eclipsa al obispo Cauchon, sin duda demasiado célebre después de la Historia de Francia de Michelet; en cuanto a Burke y Hare, los dos socios criminales cuya vida cierra la recopilación, estremecieron mucho menos a las multitudes que un Jack el Destripador, asesino nunca identificado pero que se impuso en el imaginario colectivo.  No solo estos personajes son poco célebres, sino que su existencia es misteriosa. Un tercio de las Vidas imaginarias proviene de testimonios poco seguros, de una compilación de anécdotas improbables (las vidas de Empédocles y de Crates son tomadas de Diógenes Laercio), de fuentes dudosas (la vida de William Phips es conocida por la biografía poco fiable de Cotton Mather) y de documentos cuya autenticidad es discutible (las vidas de piratas están inspiradas en la Historia general de los más famosos piratas atribuida a Defoe, que constituye ya una recopilación de biografías ficcionales).

Por otra parte, la gran mayoría de los protagonistas son de los más oscuros de la Historia, de quienes no se conoce casi nada de su existencia: Eróstrato es conocido solo por haber incendiado el templo de Artemisa en Éfeso; el poeta Cecco Angiolieri y el dramaturgo Cyril Tourneur no han dejado más que su obra como recuerdo; el nombre de Gabriel Spenser, actor de los tiempos de Shakespeare, no está registrado más que en unos pocos documentos; el de Séptima, la hechicera de Hadrumeto, figura sobre una única tabella defixionis, exhumada por la arqueología, y donde casi no se informa sobre esta joven mujer; Katherine la Encajera, hija de las calles del París del siglo XV, es imaginada a partir de una balada de Villon; en cuanto a Alain el Gentil, su nombre se halla entre una de las miles de cartas de absolución conservadas en los Archivos Nacionales. Resucitar estas “vidas minúsculas” o rehabilitar personalidades ignoradas o bien descartadas por la historia oficial (Lucrecio y Petronio fueron excluidos de la Bibliotheca classica latina), tal es el designio de Schwob que se diferencia de sus predecesores, mezclando tanto personajes reales como ficticios (Sufrah, el geomantino africano, proviene de la “Historia de Aladino”), contando la existencia de personajes de los que casi nada se sabe o su vida está congelada en la leyenda (Lucrecio, Petronio, Clodia) o en el mito literario (Empédocles, Eróstrato, Pocahontas).

Por último, Schwob rechaza, a diferencia de las reseñas biográficas tradicionales, cualquier simetría entre la extensión de sus textos y la notoriedad del personaje. Personajes célebres y olvidados de la historia no son por tanto puestos en pie de igualdad. De manera constante, Schwob siempre presta más atención a los individuos menores que a los personajes famosos de la época, invirtiendo la perspectiva jerárquica habitual según la cual los grandes nombres tienen más importancia que los roles secundarios.

De las vidas singulares

No solo Vidas imaginarias resume la historia del mundo según un desfile inesperado de marginados o de personajes de mala reputación, sino que estos no se corresponden necesariamente con la representación hecha por el lector. Esta otra ruptura del horizonte de expectativas no se vincula ya a la elección del protagonista, sino a la reescritura de su existencia. Por esto, nada más lógico que los personajes de Schwob se emancipen de la imagen que la tradición les dio, en razón del proyecto ficcional que ha presidido su elaboración.

Más insólita, en cambio, aparece la presentación de ciertos personajes cuya existencia reinventada contradice la colocación caracterizadora del subtítulo de su Vida. Lucrecio se define como “poeta” pero no compone ningún verso. Dolcino es anunciado como un “hereje” pero el relato oculta la doctrina del predicador. El desfase entre la existencia de los protagonistas de Schwob con el subtítulo de su Vida, se acompaña también de un desvío de la imagen habitual del grupo al que pertenecen (poeta, juez, pirata, etc.). Así, el Mayor Stede Bonnet, “pirata de alma”, es uno de los protagonistas que aparece más a contracorriente, muy lejos de la representación tradicional del pirata, temible y sanguinario, descrita por Defoe.

De igual modo, la voluntad de pintar principalmente las particularidades de los individuos lleva al escritor a conferirles rasgos distintivos notables, especialmente en su retrato físico. La mayor parte del tiempo, estas precisiones consisten en resaltar una particularidad (Petronio, Cecco Angiolieri, Nicolás Loyseleur), o una anomalía (Éróstrato, Cyril Tourneur). Si bien la mayor parte de los detalles relacionados con la fisonomía de los personajes son significativos, no son menos inusuales por su singularidad y extrañeza, tanto más que el retrato de los personajes de Schwob se limita a menudo a estos pocos rasgos particulares. A estas rarezas físicas se añaden extravagancias en el comportamiento. Todos los protagonistas de Vidas imaginarias llevan una existencia que se aleja de la vía común y se distinguen de sus contemporáneos o de sus pares por un modo de vida original.

“Una forma que no se asemeja a ninguna otra”

Igualmente, la inclinación del autor por las singularidades se manifiesta en la escritura, la cual proporciona imágenes insólitas y procede de ciertas diferencias con la narración biográfica tradicional. En efecto, la narración de las Vidas imaginarias se aleja en ocasiones del horizonte de expectativas del género biográfico. La pertenencia de “Séptima” a la biografía no es evidente: si el texto comienza con el topos del ascenso del personaje y termina con su muerte, la Vida de Séptima está limitada solo a dos noches y no expone las etapas tradicionales del relato de vida esperadas por el lector. Schwob escoge focalizar su relato en el momento de la crisis: la decisión de Séptima de fijar el destino de quien ama invocando a los poderes infernales. Así, la Vida de Séptima obedece más al esquema narrativo del cuento tradicional que a una biografía canónica, lo cual confirma los numerosos elementos fabulosos que colorean el relato. Schwob, adicionando el cuento maravilloso a la biografía ficcional (en “Séptima” y “Sufrah”), introduce diferencias en el seno mismo de la serie de las Vidas imaginarias y acentúa el divorcio con las normas de la biografía histórica.

De esta manera, la narración no siempre respeta las convenciones del género. En ciertos casos oculta los biografemas [2] normalmente esperados en todo relato de vida que se propone contar una existencia completa. Los lugares comunes de la biografía (el nacimiento, la infancia, el parentesco, la educación, los primeros amores, etc.) son a veces suprimidos. El íncipit de la Vida de los otros protagonistas coincide más a menudo con su venida al mundo, pero la fecha de su nacimiento no se señala, ni tampoco el momento de su muerte. En dos casos, Schwob no relata la existencia de su protagonista hasta su término: la Vida de Cecco Angiolieri termina a continuación del deceso de su padre y no con la muerte del poeta arrepentido, como si la identidad plenamente adquirida de Angiolieri hijo tornara inútil el relato del resto de su vida; Schwob justifica la ausencia de la narración del final de la existencia de los Sres. Burke y Hare, presentándola como decepcionante en comparación a una vida consagrada al crimen elevado al rango de arte. Schwob, suprimiendo la muerte de estos dos asesinos, reproduce la acción que consistía en asfixiar a su víctima antes del término del relato de su historia.

En el plano de la composición, si la mayoría de las Vidas imaginarias trazan efectivamente el trayecto completo de un destino humano, un episodio accesorio puede revestir tal importancia a los ojos de Schwob que le concede lo esencial al relato. Así, la mayor parte de la Vida de William Phips narra la búsqueda de un tesoro sumergido, siendo que este acontecimiento no es más que un episodio secundario de su existencia, en comparación con su carrera política y sus combates en contra de indígenas y franceses.

Germán Araya, Eróstrato, incendiario, 2019, xilografía.

A veces, la última jornada de la existencia de otros individuos puede imponerse como la parte más notable de los relatos de Schwob. El incendio del templo de Artemisa ocupa un tercio de la Vida de Eróstrato. En la Vida de Lucrecio, el autor va a dedicar hasta la mitad de su relato al último día del poeta. La amplificación de un episodio en detrimento de otros biografemas, la concentración de la temporalidad, la creación de elipsis narrativas, son otros tantos procedimientos afines utilizados por Schwob para crear Vidas de forma única. Del mismo modo que algunas escenas que se esperan son ocultadas (el suicidio de Petronio, la tortura de Dolcino, la muerte de Juana de Arco en la hoguera, la desesperación de Catulo abandonado por Clodia, la locura de Lucrecio), Schwob se libera de los lugares comunes del género amplificando los biografemas de manera arbitraria o borrando otras, jugando con la velocidad del relato, al igual que con los efectos discordantes entre la cronología de la existencia del protagonista y el tiempo de la narración.

Rompiendo con la biografía referencial, rechazando toda preocupación moralizante y todo respeto por lo verdadero, prefiriendo lo accesorio a lo esencial y dando la primacía a lo desconocido sobre el hombre célebre, Schwob exhuma a los marginados que aprecia, resucita a autores oscuros, rehabilita a personajes condenados por la moral y olvidados por la historia. En Vidas imaginarias lo insólito resulta tanto de la reunión dispar de los personajes elegidos así como de las infracciones a las convenciones del género biográfico, de la extrañeza de las imágenes y de las extravagancias de los individuos; o bien de la incongruencia de los biografemas retenidos, de la ausencia de ejemplaridad de los protagonistas y de su carácter fuera de la norma.

Las Vidas imaginarias no son solo originales sino que desconcertantes para el lector, quien se interroga sobre el significado de un libro como este. Parece que estas singulares biografías recusan la construcción de un sentido, obstaculizado por la gratuidad de la serie de estos individuos singulares, la arbitrariedad de la elección del escritor, la subordinación de todo a la fragmentación centrífuga de las partes, resplandor de vidas sin causalidad, sin utilidad y sin necesidad.

Es con Vidas imaginarias que Schwob contribuyó a hacer emerger un género nuevo, cuyo fin del siglo XX ha visto su estallido. Muchos autores le debieron la elaboración de sus propias biografías ficcionales, como Jorge Luis Borges, autor de una Historia universal de la infamia (1935, 1954), en la cual reconoció su considerable deuda con Schwob[3], o más cerca de nosotros, y entre muchos otros, Juan Rodolfo Wilcock (La Sinagoga degli iconoclasti, 1972), Roberto Bolaño (La literatura nazi en América, 1996), Christian Garcin (Vies volées, 1999), Gérard Macé (Vies antérieures, 1991) y Robert Bréchon (Les Vies brèves, 2003).

NOTAS

[1] Todas las citas que siguen pertenecen al prefacio de Vidas imaginarias.

[2] Biografemas: en sentido general, los aspectos convencionales que constituyen una biografía; este término “inventado” por Roland Barthes (Sade, Fourier, Loyola) posee el sentido más restringido de un fragmento de vida, un detalle biográfico contingente y subjetivo, eco de los «fragmentos singulares e inimitables» (prefacio a Vies imaginaires) queridos por Marcel Schwob.

[3] Ver mi artículo: “Borges, un ‘devoto’ de Marcel Schwob”, en Magdalena Cámpora y Javier Roberto González (dirs.), Borges-Francia. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Católica Argentina, Ed. Selectus SRL, 2011, p. 77-85 [traducción de Mariano García].

Bruno Fabre
Bruno Fabre. Escritor, editor, docente e investigador francés. Doctor en Literatura francesa y comparada, Universidad París-IV Sorbonne. Presidente de la Société Marcel Schwob (Francia), Director de la revista Spicilège-Cahiers Marcel Schwob. Ha publicado numerosos artículos relacionados con Marcel Schwob y su tiempo; así como los libros: L’Art de la biographie dans Vies imaginaires de Marcel Schwob, París, Honoré Champion, coll. Romantisme et Modernités, n° 129, 2010; y, como editor, Eugène Morand y Marcel Schwob. Jane Shore, pièce inédite. París, Société Marcel Schwob, 2015. El texto que incluimos en La Antorcha Magacín, con expresa autorización de su autor, es una versión abreviada de Bruno Fabre, “Des vies insolites : les Vies imaginaires de Marcel Schwob”, en Arlette Bouloumié (dir.), “Écritures insolites”, Recherches sur l’imaginaire, Cahier XXXIII, Angers, Presses de l’Université d’Angers, 2008, pp. 147-158. Las xilografías de Germán Araya fueron tomadas de Marcel Schwob, Vidas imaginarias (selección). Santiago, TEGE, 2019 [traducción de Eduardo Cobos]. [Ver en nuestra revista: Schwob de Remy de Gourmont y Cyril Tourneur. Poeta trágico]

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