Cyril Tourneur. Poeta trágico

«Cyril Tourneur», Germán Araya, 2018 (xilografía).

Marcel Schwob

Audio «Cyril Tourneur, poeta trágico» de Marcel Schwob

Cyril Tourneur nació de la unión entre un dios desconocido con una prostituta. La prueba de su origen divino se evidencia en el ateísmo heroico por el cual sucumbió. Su madre le transmitió el instinto de la revolución y la lujuria, el miedo a la muerte, el estremecimiento de la voluptuosidad y el odio a la realeza; de su padre tuvo el deseo de coronarse, el orgullo de reinar, y la dicha de crear; ambos le dieron su afición por la noche, la luz roja y la sangre.

La fecha de su nacimiento es ignorada. Pero apareció en un día negro, en un año pestilencial. Ninguna protección celeste veló por la joven enamoradiza preñada por un dios, ya que tenía el cuerpo mancillado por la peste algunos días antes de parir y la puerta de su pequeña casa estaba marcada por una roja cruz. Cyril Tourneur vino al mundo con el tañido de campanas para enterrar a los muertos; y como su padre había desaparecido en el cielo común a los dioses, una carreta verde acarreó a su madre a la fosa común de los hombres. Se sabe que la tiniebla era tan tupida que el sepulturero debió iluminar la puerta de la casa apestada con una antorcha de resina. Otro cronista asegura que la niebla sobre el Támesis (donde se sumergían los cimientos de la casa) fue cruzada por un rayo escarlata y que desde las fauces de la campana de alarma se escaparon voces de los cinocéfalos. En todo caso, parece fuera de cualquier duda que se manifestó una estrella llameante y furiosa encima del triángulo del tejado, hecha de rayos fuliginosos, retorcidos, desatados, y que el recién nacido le mostró el puño por un tragaluz, mientras que esta agitaba sobre él sus rizos informes de fuego. Así entró Cyril Tourneur en la vasta concavidad de la noche cimeria.

Es imposible saber lo que pensó o lo que hizo hasta la edad de los treinta años, cuáles fueron los síntomas de su divinidad latente, o cómo se persuadió de su propia realeza. Una oscura y asustada nota contiene la lista de sus blasfemias. Allí él declaraba que Moisés no había sido más que un juglar y que un tal Heriots era más hábil que este. Que los comienzos de la religión no hicieron más que mantener a los hombres aterrorizados. Que Cristo merecía la muerte más que Barrabás, pese a que Barrabás había sido ladrón y asesino. Que si emprendiera la escritura de una nueva religión, la establecería sobre un método mejor y más admirable, y que el Nuevo Testamento era de un estilo repugnante. Que tenía el mismo derecho de acuñar moneda como la reina de Inglaterra, y que conocía a cierto Poole, prisionero en Newgate, gran experto en la fundición de metales, y con la ayuda de este pretendía un día moldear en oro su propia imagen. Un alma piadosa ha borrado del pergamino otras afirmaciones más terribles. Pero esas palabras fueron recogidas por una persona vulgar. Las acciones de Cyril Tourneur indican un ateísmo más vindicativo. Se le representa vestido con un largo manto negro, portando sobre la cabeza una gloriosa corona con doce estrellas, el pie apoyado en el globo celeste y elevando el globo terrestre en su mano derecha. Recorría las calles en las noches de peste y tormenta. Era pálido como los cirios consagrados y sus ojos brillaban débilmente como los quemadores de incienso. Algunos afirman que tenía sobre el costado derecho la marca de un sello extraordinario; pero fue imposible de verificarlo después de su muerte, porque nadie vio sus restos.

Ilustración de Georges Barbier para Marcel Schwob, Vies Imaginaires. París, Les Livres Contemporain, 1929.

Tomó como amante a una prostituta de Bankside, que frecuentaba las calles de la ribera y únicamente a ella quiso. Era muy joven y su rostro inocente y claro. El rubor se le aparecía como una llama vacilante. Cyril Tourneur le dio el nombre de Rosamunde, y tuvo con esta una hija a la que amó. Rosamunde murió trágicamente, habiéndose fijado en ella un príncipe. Se sabe que bebió de una copa transparente un veneno de color esmeralda. Fue entonces que la venganza en el alma de Cyril se mezcló con el orgullo. Noctámbulo, recorría el paseo público, a lo largo del cortejo real, agitaba en su mano una antorcha de crines encendidas con el fin de iluminar al príncipe envenenador. El odio a toda autoridad le subía desde la boca y las manos. Se hizo espía de los caminos principales, no para robar sino para asesinar reyes. Los príncipes que desaparecieron en ese tiempo fueron iluminados por la antorcha de Cyril Tourneur y muertos por él. Se emboscaba en los caminos de la reina, cerca de los pozos de guijarros y de los hornos de cal. Escogía a su víctima en el cortejo y se ofrecía a iluminarla por los barriales. Entonces la conducía hasta la boca del pozo, apagaba la antorcha y la arrojaba. Los guijarros caían como lluvia luego de la caída. En seguida, Cyril, inclinado en el borde, hacía caer dos enormes piedras para acabar con los gritos. Y, el resto de la noche, acompañaba al cadáver que se consumía en la cal, cercano al sombrío horno rojo.

Cuando Cyril Tourneur hubo saciado su odio hacia los reyes, fue atenazado por el odio a los dioses. El aguijón divino que tenía dentro de sí lo incitó a crear. Pensó que podría fundar una generación con su propia sangre, y propagarse como dios en la tierra. Vio a su hija, y la encontró virgen y deseable. Para realizar su propósito de cara al cielo, no halló ningún lugar más significativo que un cementerio. Juró desafiar la muerte y crear una nueva humanidad en medio de la destrucción constituida por órdenes divinas. Rodeado de viejos huesos, quiso engendrar jóvenes huesos. Cyril Tourneur poseyó a su hija sobre el lecho de una fosa común.

El final de su vida se pierde en un oscuro resplandor. No se sabe qué mano nos transmite La tragedia del ateo y La tragedia del vengador. Cierta tradición pretende que entonces el orgullo de Cyril Tourneur aumentó. Hizo erguir un trono en su jardín negro, y se había acostumbrado a quedarse allí, coronado de oro, bajo el rayo. Algunos lo vieron y huyeron aterrorizados por los largos penachos azulados que revoloteaban en su cabeza. Leía un manuscrito de poemas de Empédocles, que nadie después ha visto. A menudo expresó su admiración por la muerte de Empédocles. Y el año en el cual desapareció fue de nuevo pestilencial. El pueblo de Londres se había retirado hacia los barcos amarrados en medio del Támesis. Un aterrador meteorito apareció bajo la luna. Era un globo de fuego blanco, animado por una siniestra rotación. Se dirigió hacia la casa de Cyril Tourneur, que pareció pintada con reflejos metálicos. El hombre vestido de negro y coronado de oro esperó sobre su trono la venida del meteorito. Allí estaba, como antes de las batallas teatrales, un sombrío toque de trompetas. Cyril Tourneur fue cubierto por una luz hecha de sangre rosácea, volátil. Las trompetas, elevadas por la noche, sonaban como en el teatro, en una fúnebre fanfarria. Así fue precipitado Cyril Tourneur hacia un dios desconocido en el taciturno torbellino del cielo.

Ilustración de Georges Barbier.

Traducción de Eduardo Cobos

Marcel Schwob (Chaville, 1867-París, 1905). Escritor, traductor, ensayista, erudito. Desde comienzos del siglo XX, Schwob tuvo admiradores y traductores entusiastas en América Latina, entre los cuales estuvieron Pablo Neruda, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, J. Rodolfo Wilcock y Roberto Bolaño. Publicó sus ficciones breves en corto tiempo: Corazón doble, 1891; El rey de la máscara de oro, 1892; Mimes, 1893; El libro de Monelle, 1894; La cruzada de los niños, 1896; y Vidas imaginarias, 1896. Es de este último libro, que proviene “Cyril Tourneur. Poeta trágico” y el cual ya habíamos incluido en la plaquette Marcel Schwob, Vidas imaginarias (selección). Santiago, Editorial TEGE, 2019; que tiene ilustraciones en xilografía de Germán Araya. [Revisa en nuestra revista el artículo "Marcel Schwob" de Remy de Gourmont]

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