Marcel Schwob

Este ensayo literario –publicado en 1898 y que permanecía inédito en castellano– fue especialmente apreciado por Jorge Luis Borges, un devoto de Schwob, y se ha dicho que lo releyó conmovido un poco antes de morir en Ginebra. Gourmont, en esta indagación del método narrativo schwobiano, hace notar las sutilezas de la célebre biografía imaginaria: la estética que se vislumbra a través de la síntesis de un momento peculiar en la vida de los personajes y la compleja simplicidad formal que omite explicaciones innecesarias.

Schwob por Félix Vallotton, 1898.

Remy de Gourmont

Entre los diversos escritos del Sr. Schwob: cuento, historia, análisis psicológico, no hago distinción alguna al abordarlos, con la finalidad de conformarme con su método, en el cual creo. De lo real a lo posible, hay la distancia de un nombre; lo posible, que no tiene nombre, podría tener uno y lo real con frecuencia es suprimido por lo anónimo. En medio de los bustos de desconocidos que están en el Louvre (y dondequiera) esculpidos en mármol, quizás se encuentre el que nos falta –el de Lucrecio o el de Clodia[1]– y porque está sin nombre no sentimos, al mirarlo, ninguno de los estremecimientos que nos perturban frente a las figuras que han vivido. Reverenciosos por la herencia de la enseñanza heroica, queremos que las máscaras por un instante exhibidas ante nuestros ojos hayan abrigado, cual colmenas privilegiadas, un gran movimiento de pensamiento, un noble rumor de abejas; pero nos olvidamos que ni las ideas de los hombres ni los actos son escritos en su apariencia carnal, y que, por cierto, esta apariencia vista y reproducida por un artista, contiene desde ahí el genio del artista y no el genio del personaje. Delante del que ha nacido para interpretar las figuras, el rostro de un tejedor y el rostro de Goethe, el árbol oscuro del bosque desconocido y la higuera de San Vicente de Paúl tienen absolutamente el mismo valor: la diferencia.

«Lucrecio. Poeta», ilustrado por Georges Barbier, 1927.
«Clodia. Matrona impúdica», ilustrado por Georges Barbier, 1927.

El mundo es una selva de diferencias; conocer el mundo, es saber que en él no hay identidades formales, principio evidente y que se realiza perfectamente en el hombre porque la conciencia de ser no es más que la conciencia de ser diferente. Por esto, no hay allí una ciencia del hombre pero sí hay un arte del hombre. El Sr. Schwob ha dicho al respecto cosas que voy a declarar definitivas, por ejemplo esta: “El arte es lo opuesto a las ideas generales, no describe más que lo individual, no desea más que lo único. No clasifica; desclasifica”[2]. Palabras singularmente luminosas y que, asimismo, cuentan con otro mérito: el de fijar claramente en algunas sílabas la tendencia actual de los mejores espíritus. ¡Qué más hubiera yo querido, durante la guerra en Grecia, que un viajero me hubiese hablado de la vendedora de hierbas que pasea con su canasto por la calle de Eole en la mañana! ¿En qué pensaba? Cómo su vida se desplazaba, singular, “única”, en medio del bullicio. Eso es lo que yo habría querido saber. Ella, o un zapatero, o un coronel, o un cargador. También espero eso de los exploradores, pero ninguno parece haber comprendido jamás el interés de las vidas individuales alojadas a lo largo de los ríos: el hombre vive en medio de decorados que ni siquiera tiene la curiosidad de tocar con el dedo para saber si son de madera, tela o papel.

Marcel Schwob, Le Livre de Monelle. París, Typographie François Bernouard, 1927.
Remy Gourmont, Le II° Livre des masques. París, Société du Mercure de France, 1898 [Ilustraciones de Félix Vallotton].
Marcel Schwob, Vies Imaginaires. París, Les Livres Contemporain, 1929 [Ilustraciones de Georges Barbier].

Este arte desconocido de diferenciar las existencias es practicado por el Sr. Schwob con una sagacidad verdaderamente aguda. Sin jamás usar el procedimiento (legítimo también) de la deformación, él particulariza muy fácilmente a un personaje en apariencia ilusorio; para esto le basta escoger, de una serie de hechos ilógicos, aquellos que en conjunto pueden determinar un carácter exterior que se superpone, sin ocultarlo, al carácter interior de un hombre. Es la vida individual creada o recreada por la anécdota. Así, tanto si Lalande comía arañas, o si Aristóteles coleccionaba cualquier tipo de vasijas de barro, esto no caracteriza ni a un gran astrónomo ni a un gran filósofo, pero es necesario contar con estos rasgos, los cuales servirán para diferenciar a Lalande de sí mismo y a Aristóteles de sí mismo. A falta de conocer estos detalles, el vulgo imagina a los hombres célebres en perpetua actitud de estatua de cera; y al revelárselos se indigna, a falta de comprender, en contra de lo que es uno de los signos más claros de una vida individual. Los hombres quieren que lo contado por otros sea lógico, sin percibir que la lógica es la negación misma de una existencia particular.

Intento explicar un método; esto es más difícil que expresar su impresión sobre el resultado obtenido. El resultado, en varios volúmenes de cuentos y particularmente en el de Vidas imaginarias, es que un centenar de seres han nacido, se agitan, hablan, siguen los caminos de tierra o de mar con una maravillosa certeza vital. ¡Si la ironía del Sr. Schwob estuvo algo inclinada hacia una suerte de mistificación (donde destacaba Edgar Poe) que los norteamericanos llaman hoaxe (broma), y que incluso los lectores sabios podrían haberse engañado con la vida de “Crates. Cínico”, donde ninguna palabra destruye la serenidad de una biografía auténtica! Para llegar a dar esta impresión se necesita una gran seguridad en la erudición, una penetrante imaginación visual, un estilo puro y flexible, un tacto fino, una mano ligera y una delicadeza extrema; en fin, el don de la ironía: con todas las virtudes que bien le calzan a un genio particular, era muy fácil escribir las Vidas imaginarias.

El genio particular del Sr. Schwob es una especie de simplicidad extremadamente compleja; es decir, que sus cuentos ofrecen –por el acuerdo y la armonía de una infinidad de detalles justos y precisos– la sensación de un detalle único; hay allí, en la canasta de flores, una peonía que solo se ve entre las otras ocultas, pero si las otras flores no estuvieran agrupadas a su alrededor, no se vería la peonía. Como Paolo Uccello, cuyo genio geométrico analizó, envía sus líneas a la periferia, y luego las retorna al centro; y la figura de Fray Dulcino, hereje, parece dibujada en una sola espiral como el Cristo de Claude Mellan, pero el extremo del trazo está unido a su punto de partida por una brusca curva.

«Paolo Uccello. Pintor», ilustrado por Georges Barbier, 1927.
“Los señores Burke y Hare. Asesinos”, ilustrado por Georges Barbier, 1927.

La ironía de estos cuentos o de estas vidas es rara vez tan acentuada como en el inicio de “Los señores Burke y Hare. Asesinos”: “El Sr. Burke ascendió de la condición más baja a un renombre eterno”; esta es más bien latente, diseminada por todas las páginas como tono discreto y de entrada invisible. El Sr. Schwob, en el transcurso de un relato, no siente nunca la necesidad de hacer comprender sus invenciones; no es de modo alguno explicativo: esto le da, aún más, una impresión de ironía al contraste natural que buscamos entre un hecho que nos parece maravilloso o abominable y la brevedad desdeñosa de un cuento. No obstante, en un muy alto grado, vuelta un hecho completamente superior y desinteresado, la ironía confina a la piedad; al final, se hace una metamorfosis y no vemos las luces de la vida más que como “pequeñas lámparas que apenas iluminan en la lluvia más oscura”[3]. La ironía ha devorado su causa, ya no sabemos diferenciarnos más de las miserias que nos hacían sonreír y amamos el error humano del cual formamos parte: disminuida del interés que le otorgábamos a nuestra superioridad, la vida no aparece más que como un pequeño cuarto de hospicio donde las muñecas comen granos de mijo por dinero de estaño: es el doloroso y a la vez cordial El libro de Monelle, obra maestra de la tristeza y el amor.

No hay más que un defecto en Monelle, el primer capítulo es un prefacio y las palabras de Monelle, oscuras y firmes, no tienen ninguna aplicación inevitable en la historia de Madge, de Bargette o de la pequeña Mujer de Barbaazul, todas estas páginas, y otras, de una psicología infinitamente delicada, con el misterio necesario para realzar un relato de entre las anécdotas. El Sr. Schwob ha querido hacerle decir a estas dulces niñas más cosas de las que quizás contienen sus cabecitas sorprendidas, e incluso la de Monelle: al hacer alternar las explicaciones y las figuras, se le dificulta al que quiera descubrir todo solo en la explicación de la figura; y, en ocasiones, ha corrido el riesgo de matar su imaginación por el razonamiento. Hay que degustar de ambos, pero sucesivamente, y no querer en demasía disfrutar de Monelle según las palabras de Monelle. Los prefacios perturban los lineamientos de una obra de arte; el que mira o lee no comprende según lo que está escrito en cuanto a manchas o caracteres; no comprende según el genio del poeta, sino según su propio genio. Vi un libro que parecía de un sensualismo puro, inclinar a otro lector a observaciones metafísicas y a otro a pensamientos solo tristes. Dejemos a aquellos que nos solicitan el placer de una colaboración ingenua.

Sin embargo, haremos siempre y el Sr. Schwob siempre hará prefacios, pero de los suyos, que valen la pena, y se ordenarán libros, a la medida, en el gusto de Espicilegio[4], y no seremos distraídos por el deber de cambiar a cada capítulo el vestido de nuestra muñeca.

Por otra parte, es importante este prefacio de Monelle para la psicología del Sr. Schwob y para la psicología general de un periodo; allí veo anotadas en frases decisivas y proféticas casi todas las nociones que han sido comunes para los intelectuales de una generación[5]: el gusto por una moral sobre todo estética, de una vida percibida en el resumen de un momento, de un infinito que se deja atrapar en el espacio de la obra presente, de una libertad despreocupada de su meta. La humanidad es semejante a una red nerviosa, es decir discontinua, formada de una serie de pequeñas estrellas cuyas cabelleras, en un movimiento incesante, tocan los cabellos vecinos al azar durante el sueño y, en la víspera, según las voluntades, cuyo capricho hace las diferencias humanas; si se le corta un trozo central al nervio, los cabellos se alargan por encima de la herida, porque sienten la necesidad de tocar otros cabellos: los pequeños egoísmos vitales son yuxtapuestos en el infinito.

Los libros del Sr. Schwob invitan a reflexionar después de que nos han encantado por lo imprevisto de tonos, palabras, rostros, vestiduras, vidas, muertos, actitudes. Es un escritor de los más sustanciales, de esa especie diezmada de los que siempre tienen en los labios nuevas palabras de grata fragancia.

Traducción y notas de Eduardo Cobos

NOTAS


[1] Gourmont, en este ensayo sobre aspectos de la ars narrativa de Schwob, se va a referir a algunos personajes de los relatos de Vidas imaginarias (1896): Lucrecio, Clodia, Crates, Paolo Uccello, Fray Dulcino y los señores Burke y Hare.

[2] Esta significativa frase de Schwob, pertenece al prefacio “El arte de la biografía” de Vidas imaginarias.

[3] Citado de El libro de Monelle, publicado por Schwob en 1894, y que será, en adelante, el centro de atención de Gourmont.

[4] En Espicilegio (1896) Schwob reunió varios ensayos suyos publicados con anterioridad en la prensa, así como los prefacios a sus libros de cuentos y a los de otros autores que admiraba (Villon, Flaubert, Gautier, Meredith, Stevenson).

[5] En su cortísima pero prolífica vida, Schwob (Chaville, 1867-París, 1905) fue leído, comentado y de enorme gravitación en las letras francesas, teniendo como amigos y admiradores incondicionales a Jules Renard, Alfred Jarry, Stéphane Mallarmé, Paul Valéry, Colette, Paul Claudel, Anatole France, Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson, o el mismo Remy de Gourmont. Pese a ser semi olvidado después de su prematura muerte, se fue convirtiendo en el transcurrir del siglo XX, poco a poco, en figura clave de la literatura europea y ha sido considerado precursor de ciertos autores, que intuyeron en sus textos una incalculable posibilidad de indagación, siendo algunos de estos: Pierre MacOrlan, Lytton Strachey, Karel Čapek, Alberto Savinio, Danilo Kiš, Antonio Tabucchi, Pierre Michon, Michel Schneider, Fleur Jaeggy. Igualmente, los aportes narrativos schwobianos han dado en América Latina como fruto singulares obras: Retratos reales e imaginarios de Alfonso Reyes (1920), Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges (1935), Falsificaciones de Marco Denevi (1966), La sinagoga de los iconoclastas de J. Rodolfo Wilcock (1972) y más recientemente La literatura nazi en América de Roberto Bolaño (1996), entre otras.

Remy de Gourmont por Fernand Maillaud, 1903.
Remy de Gourmont (Orne, 1858-París, 1915). Novelista, crítico de arte, ensayista, periodista. De gran participación en la escena literaria y artística parisina de entre siglos, fue uno de los fundadores del Mercure de France, en el cual publicó sus trabajos periodísticos por más de veinticinco años. Entre sus cuantiosos libros cabe destacar: Prosas morosas (1894) –conjunto de relatos del cual Schwob señaló que sus páginas estaban “como frotadas de cicuta”–, El problema del estilo (1902), Paseos literarios (1904-1923). Fruto de su vinculación al movimiento simbolista, dejó sus semblanzas crítico-biográficas sobre integrantes de este grupo en El libro de las máscaras (1896) y El II° libro de las máscaras (1898). A este último tomo pertenece “Marcel Schwob”, que permanecía inédito en nuestro idioma.

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