
Venusina (Queltehue Ediciones, 2026) no es un poemario que hable solamente del amor o del deseo. En él se despliega una cartografía íntima que se configura a partir de tres núcleos clave: el cuerpo como territorio de memoria y desgarro, el deseo como experiencia de quiebre y desborde y, finalmente, la escritura como una forma de transformación y conocimiento de la propia identidad.
Ingrid Córdova Bustos
Durante siglos, la literatura y la poesía, de especial manera, han indagado las grandes tensiones que atraviesan la existencia humana: la pulsión de vida —el Eros— en constante diálogo y conflicto con la pulsión de disolución o muerte —el Tánatos. Desde la tragedia clásica hasta la poesía contemporánea, innumerables voces nos han mostrado cómo ese territorio de búsquedas y contradicciones conforma un espacio de transformación donde el ser humano se enfrenta con sus deseos, sus pérdidas y sus límites más profundos.
Sin embargo, hoy vivimos insertos en una cultura contemporánea que parece exigirnos —a toda costa— reemplazar cualquier incertidumbre por la gratificación inmediata; sustituir la transformación por un permanente y, muchas veces, aparente estado de plenitud. Se nos invita de manera insistente a cerrar ciclos, superar pérdidas, olvidarnos del dolor y reinventarnos, como si aquello que nos ha marcado pudiera regresar intacto a un estado anterior; como si fuera posible borrar las huellas que la experiencia deja en nuestros cuerpos, en nuestra memoria y en nuestra forma de habitar el mundo.
Es en este marco donde Venusina, de María Rosa Casanova, llega hasta el lector como ese “absoluto escándalo de la sangre” del que habla Pizarnik en su epígrafe. A través de sus páginas, nos situamos frente a una pregunta que nuestra cultura prefiere silenciar: ¿qué hacemos con lo que no se cierra, con aquello que el cuerpo y la memoria recuerdan, aunque la voluntad intente olvidar? ¿Es posible que esas fracturas se conviertan en una forma de conocimiento de nuestra propia identidad?
Esa pregunta persistente es lo que más atrae en este libro, más aún cuando escuchamos declarar a la hablante lírica en uno de sus poemas: “Se caen a pedazos colmados de ideas absurdas y bellas/… buscan un rincón donde omitir la existencia” (Caricia).
Desde ahí, Venusina no es un poemario que hable solamente del amor o del deseo. En él se despliega una cartografía íntima que se configura a partir de tres núcleos clave: el cuerpo como territorio de memoria y desgarro, el deseo como experiencia de quiebre y desborde y, finalmente, la escritura como una forma de transformación y conocimiento de la propia identidad.
Cuando observamos el primer núcleo, nos damos cuenta de que el cuerpo emerge en los poemas como una superficie donde se inscriben las marcas de la existencia concreta. La infancia, la ausencia, la enfermedad, el erotismo y la pérdida atraviesan constantemente la corporalidad de la voz lírica, convirtiéndola en una memoria viva de aquello que ha sido vivido.
Lo apreciamos cuando los versos confiesan: “sentada en un rincón me habla mi espalda/llorando de nuevo por esa deformidad/regando mi cabeza de ideas que están ávidas/de seres sin zapatos” (Escoliosis dorsal), o cuando la hablante declara: “Los libros me miran de noche para ver / las veces que he tachado la escritura en mi cuerpo” (Desdibujarme).
No estamos aquí frente a un cuerpo idealizado. Por el contrario, aparece un cuerpo vulnerable, atravesado por fisuras físicas y emocionales que la memoria trae constantemente al presente, espacio donde se revela la conciencia de la propia fragilidad.
La segunda dimensión de esta obra nos conduce al deseo. Un deseo que se despliega en dos direcciones opuestas: por un lado, empuja al yo poético hacia el quiebre, el desborde y el derrumbe de sus certezas más íntimas, mientras que, por otro, representa la posibilidad de encuentro, realización y expansión en el otro.
Esa tensión aparece claramente cuando leemos: “yo, que tengo un cuchillo/ corto las partes de vida que quiero que leas/y me encadeno al final del día al cuaderno que me conforta” (Diana), para encontrarnos luego con una declaración jubilosa: “entremos en la cama hasta agotarnos/ sobre el océano de tu vientre abriré mi boca de hija, / para gritar a solas tus felinos sabores” (Venusina).
Finalmente, uno de los aspectos más significativos de este libro aparece en la manera en que la escritura se transforma en una posibilidad de reorganizar la experiencia, de volver a habitarla desde su comprensión y expresión, más allá de su impacto personal e íntimo. Las fracturas presentes en estos poemas no desaparecen ni se resuelven de manera ingenua; permanecen como parte constitutiva de la identidad de la hablante. Sin embargo, la poesía permite transformar esas marcas en lenguaje, memoria y sentido para la hablante y para el posible lector.
La escritura aparece entonces en una forma de persistencia vital frente a aquello que amenaza con desintegrar al sujeto. No resulta casual que a lo largo del libro aparezcan reiteradamente imágenes vinculadas a cuadernos, libros, anotaciones o poemas: escribir constituye aquí una forma de resistir al olvido y de otorgar una nueva significación a la herida.
Desde esta perspectiva, Venusina construye una poética donde el cuerpo recuerda, el deseo fractura y la escritura intenta transformar aquello que hiere. María Rosa Casanova logra desarrollar, a través de cada uno de los poemas que constituyen esta obra, una voz intensa y profundamente contemporánea, capaz de explorar las complejidades de la subjetividad femenina sin caer en simplificaciones ni sentimentalismos.
Lo que emerge de estas páginas no es únicamente una historia de amor o la descripción de múltiples pérdidas, sino una reflexión mucho más profunda sobre aquello que persiste en nosotros después de haber atravesado momentos decisivos de nuestra existencia.
Allí radica una de las mayores fortalezas de María Rosa Casanova como poeta: en su capacidad de convertir lo íntimo en una reflexión profundamente humana sobre la fragilidad, la memoria y las diversas formas en que intentamos reconstruirnos después de haber sido transformados por la vida.
Si como lector o lectora usted ha atravesado acontecimientos que dejaron huella y transformación profunda, Venusina encontrará, sin duda, un espacio de resonancia en su memoria y en su propia biografía emocional.
Y quizás allí reside una de las razones más profundas para leer este libro.
María Rosa Casanova. Venusina. Santiago de Chile, Queltehue Ediciones, 2026, 102 p.
Ingrid Córdova Bustos es poeta y narradora, gestora cultural, editora y miembro de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH. Ha desarrollado una amplia trayectoria en escritura, talleres literarios y difusión cultural. Su obra explora la poesía social, erótica y feminista, además de la narrativa breve. Es autora de La cueva de la Medusa y El velo de la Catrina.

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