Toska

Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes, c. 1818.

Gabriela Barría Cárdenas


Dedicado al poeta siberiano T. Andreichikov

Te regalaré un abismo (dijo ella)

pero de tan sutil manera

que solo lo percibirás

cuando hayan pasado muchos años

y estés lejos de mí.

Roberto Bolaño

Las gotas de lluvia estallan furiosas y se deslizan veloces sobre el ventanal de una mañana de agosto. Ahuyento el frío con una taza de café humeante. Desde él se desprenden diminutos fantasmas y los miro desvanecerse mientras el viento sacude los bosques insulares bajo la Cruz del Sur. La tempestad me lleva a vagar por los paisajes de la memoria, por callejones y esquinas de la ciudad de Buenos Aires y sus días soleados, de rayos verticales y sepias en medio del invierno. La Plaza del Congreso y su cúpula verde, donde se cobijan los murciélagos; la avenida Hipólito Yrigoyen hasta la avenida 9 de Julio, donde conviven individuos de distintas procedencias y las familias chinas beben sopas en platos de porcelana azul, como un fragmento de una escena de Hong Kong en medio de la avenida.

Y regreso a las noches donde nos sentábamos a divagar bajo la estatua del pensador, el sitio que llamábamos el pensadero. Un semillero de filosofía rudimentaria del cotidiano, nuestra ágora particular en la Plaza del Congreso. Las tardes de cine en el INCAA, el día que me encontré Mensaje, de Fernando Pessoa en portugués y español en una librería en una calle desierta, la Facultad de Filosofía y Letras, la tarde que vi el clásico sainete porteño El conventillo de la Paloma en el Teatro Cervantes. El olor que desprenden las alcantarillas, con su aliento a humedad y detergente. O los rudos marineros de distintas procedencias que beben y se emborrachan,  y ríen entre pantanos y humedales en calles donde cuelgan banderas de todas las latitudes desteñidas por el tiempo. El río de La Plata desde el barrio de Caminito, es turbio y se asoman de él, oxidados esqueletos de barcos, puntas de mástiles, pedazos de popas o estribor en contraste con el puerto colorido, un prisma de paisaje de posguerra en el caleidoscopio de la memoria. Desde ahí se veía Avellaneda, barrio industrial y obrero como un retazo de cuero flotante destilando humareda cobriza.

En aquella época iba a un seminario de teatro ruso en el Centro Cultural Gorini, veía a los actores en cada uno de sus ensayos y memorizaba los parlamentos. Se preparaban tres obras, La tormenta de Alexander Ostrovsky, Padres e hijos de Iván Turgueniev e Ivanov de Antón Chejov. Me habían marcado los personajes de Ivanov y Katerina por sus dilemas existenciales y sus trágicos suicidios.

Una noche soñé que me encontraba en China e iniciaba una larga travesía hasta Rusia. Desde el puente avanzaba el río, mientras los silenciosos bloques de cristal se deslizaban lentamente y permanecía abstraída en ellos y en mis pensamientos tan prístinos que parecían un espejo roto. A mi lado había un viejo,  que me decía, que el agua del río era tan pura que había lavado tanta sangre, entonces miraba al viejo y este me indicaba que debíamos continuar el camino porque empezaba a nevar y desaparecíamos de la escena de mi propio sueño.

Como una serie de sincronicidades, al estar influenciada por la lectura de los rusos y sus dramáticas historias, tuve una tercera y cuarta coincidencia. Pasadas unas semanas de aquel sueño, iba en la calle Defensa cuando apareció un hombre en medio de la multitud, avanzaba con paso enérgico, era alto y delgado, de grandes ojos celestes y párpados rosados. Mucha gente se congregó a su alrededor. Y al acercarme vi que vendía grabados de la Unión Soviética, estampitas de Stalin y Lenin a módicos precios. Lo observé y en un par de minutos había vendido toda su mercancía a los transeúntes.

Al entablar conversación supe que provenía del lejano oriente siberiano y de ahí comenzó nuestra amistad. Era un tipo sarcástico, generoso, entusiasta, inteligente y honesto. Pasamos algunas tardes capturando horizontes, cavilando de poesía, nutriéndonos de autores y de textos, entrelazando naderías.

Aquel día hablamos hasta que se hizo de noche, tradujo la canción de un rockero llamado Alexander Bashlachev, que se llamaba El tiempo de las campanas, refiriéndose a las campanas devastadas de las catedrales, que por deterioro ya no sonaban, menos daban alguna orientación espiritual. Solo en la voz de los poetas y los músicos existía la posibilidad de volver a hacer sonar las campanas que era una analogía del corazón, pequeñas campanas que suenan y laten y alumbran en tiempos oscuros y desesperanzados  irrumpiendo en el tiempo , en movimiento transformando, vocalizando lo que permanece en el silencio. Gracias a él, conocí la poesía del poeta español Juan Ramón Jiménez, años más tarde en España y sin buscarlo fui a Moguer, su pueblo natal. Me hubiera gustado contarle acerca de la casa del poeta que admiramos juntos y acerca de los viejos monasterios y los postes eléctricos donde anidan las cigüeñas.

Cuando cada uno abandonó Buenos Aires, no nos volvimos a ver. Cada cierto tiempo, nos contábamos los avances de nuestras vidas a través de correos electrónicos o llamadas telefónicas, de sus viajes a Ushuaia, de sus trabajos esporádicos, de su regreso a Rusia, de las nuevas lecturas, en medio de un bosque o desde una pensión en San Petersburgo.

Recuerdo anécdotas cómicas, como cuando perdió un diente al comer una cholga seca como un snack en un puerto del sur, desconociendo que solo se usaban para sopas y ahí se ablandaban, o sobre sus tragedias y altercados cotidianos, o que había leído a Avérchenko como se lo había recomendado. Nuestros planes de futuro, del paso de los años y de lo viejos que nos íbamos volviendo. O de sus largos viajes por carreteras y trenes. Nuestra amistad resistía los azares del tiempo a pesar de la lejanía. Apreciaba su existencia, había crecido y madurado y era sin duda parte de mi vida.

Al estallar la guerra, teníamos pensado nuestro reencuentro, pero fue accidentado y no se concretó y no volví a saber más de él. Y entonces, en la inmensidad de la existencia y el cotidiano, hay algunos días que brilla y me pregunto por su paradero y en esos instantes me habita una soledad sin oreja, ante la certeza de que es un pasajero en el sueño,  y la garganta, es una lira de inexplicables tristezas en el ostracismo del tiempo, son segundos que duelen como una espina, y perdida por esos laberintos busco desenredar el nudo poético en la canción olvidada del viento y deseo alguna vez más escuchar su voz compañera, que la amistad sobreviva y se recomponga como una pieza rota y por lo mismo más valiosa.

De vez en cuando se me cuela entre los sueños, como El doliente del poema de Oscar Hahn. Lo veo en un puerto esperando impaciente a alguien o algo y a su alrededor merodean decenas de gaviotas de alas blancas, brillantes puntas grises y graznidos fastidiosos. Otras veces, lo veo con largas piernas de gigante recorriendo kilómetros de distancia en un par de zancadas, o perdido entre perros y ciénagas, en medio del mar mientras cardúmenes estallan en la sombra como reflejos. Lo veo arrastrarse por tundras, atravesando archipiélagos, donde brotan redondos frutos rojos, sin entender el por qué. Y entre esos sueños me veo atrapada en un cuento de Borges, en alguna escena del Jardín de los senderos que se bifurcan como una metáfora del tiempo que no logro descifrar.

Lo cierto es que cada vez que aparece en el recuerdo o en los sueños me invade una extraña sensación, ese concepto de toska de su tierra natal, ese vacío que existe sin motivo aparente como si él mismo fuera el concepto de toska reencarnado, la nostalgia amarga de la amistad perdida, la herida inexplicable y diminuta. Un vago recuerdo, agridulce.

Su amistad no es el centro de mi vida, en resumen, no sé quién es realmente, ni siquiera sé en qué punto del planeta se encuentra, pero es innegable su importancia y su legado, espero de algún modo también haber contribuido y que conserve un buen recuerdo.

Y en el vacío de la distancia y el silencio, la canción quedará hasta el fin de mis días con el mensaje inquebrantable, de que mi corazón también es una pequeña campanita que suena en medio de la tormenta y espero también que el suyo suene, reafirmando nuestro pacto poético: «suenan, suenan, suenan, el corazón bajo la camisa, de tanta prisa, los cuervos se espantan, amo el tiempo de las campanillas». Canta el estribillo en medio del abismo y del recuerdo donde germina la poesia.


Gabriela Barría Cárdenas. Nacida en Ancud, Archipiélago de Chiloé, Chile. Es una escritora autodidacta de poesía y narrativa. Actualmente es miembro de PlexoAmérica. Ha escrito poemas y textos para las revistas Desórdenes y PlexoAmérica. Reside en Málaga, España.

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