
Las peregrinaciones periódicas, los rezos del rosario y las múltiples placas de agradecimiento por favores concedidos transformaron el lugar en un pequeño santuario popular, del cual hoy apenas quedan vestigios. Aunque muchas de esas huellas materiales han desaparecido con el tiempo, la gruta aún permanece en pie, si bien en condiciones precarias y recibiendo cada vez menos visitantes.
Aníbal Riquelme Contreras
El sociólogo Cristián Parker, en su libro Otra lógica en América Latina. Religión popular y modernización capitalista, señala que “llama la atención el interés y la centralidad que hoy día han cobrado en círculos intelectuales la cultura y la ‘religiosidad popular’”. Según el autor, “el interés por indagar en esta temática proviene del hecho de que, para muchos, ella constituye una de las facetas más importantes que definen el propio ser e identidad cultural de América Latina”¹.
A lo largo de su obra, Parker desarrolla cómo la modernización capitalista a la que ha sido sometida América Latina ha implicado un proceso de secularización de la sociedad. Sin embargo, este fenómeno no ha sido lineal ni progresivo: lejos de destruir el tejido religioso del pueblo latinoamericano, lo ha transformado, acentuando su carácter plural dentro de una dinámica profundamente influida por la historia. La presencia predominante del catolicismo en la identidad latinoamericana resulta, en este sentido, innegable². Por ello, desligar al sujeto popular de mediados del siglo XX de la religiosidad —especialmente del culto cristiano-católico— en Chile y América Latina se vuelve una tarea prácticamente imposible.
Dentro de la tradición de la religiosidad popular y de su vasto universo simbólico, encontramos el fenómeno de las apariciones marianas, en las que la Virgen María, madre de Jesús, se manifiesta —por lo general— a personas humildes en lugares alejados de los centros de poder. Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, durante el siglo XIX, y Santuario de Fátima, en el siglo XX, se convirtieron en célebres centros de peregrinación en Europa. En América, destaca la aparición de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en el México del siglo XVI, cuya presencia se manifestó al indígena chichimeca Juan Diego, posteriormente canonizado por la Iglesia Católica a comienzos del siglo XXI.
En Chile, durante los años ochenta y en el contexto de la intervención de la dictadura civil-militar, las apariciones de Peñablanca evidenciaron la capacidad de este tipo de fenómenos para convocar a multitudes necesitadas de reafirmar su fe. Dentro de esta misma tradición se inscribe un caso de aparición mariana ocurrido en Valparaíso cuatro años después del término de la Segunda Guerra Mundial. El año 1949, particularmente significativo para la historia mundial y nacional, sirve de telón de fondo para este episodio. Más allá de determinar si las apariciones fueron reales o no, esta pequeña crónica busca rescatar la memoria histórica de un suceso acontecido en el Valparaíso de mediados del siglo XX.
Entre lo global y lo local
En 1949, la entonces victoriosa Unión Soviética realizó su primer ensayo nuclear, el 29 de agosto, dando inicio a la lógica de la carrera armamentista y a la denominada Guerra Fría entre Estados Unidos y la potencia soviética. Ese mismo año, y en el mismo contexto, nació la Organización del Tratado del Atlántico Norte, creada mediante la firma del Tratado de Washington el 4 de abril por países de ambas orillas del Atlántico, entre ellos Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Islandia, Italia, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Portugal y Reino Unido.
En el plano nacional, la década de 1940 había comenzado con una tasa de alfabetización de 58,3 % para una población total de 5.023.539 habitantes, alcanzando en 1952 un 74,8 % sobre una población de 5.932.995 habitantes³. Gobernaba el país el presidente Gabriel González Videla, quien el año anterior había promulgado la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, más conocida como la “Ley Maldita”, que proscribió la participación del Partido Comunista de Chile en la vida política nacional.
Ese mismo 1949 también fue escenario de la promulgación de la Ley 9.292, que otorgó a las mujeres el derecho a sufragio en elecciones presidenciales y parlamentarias. En paralelo, la popular revista Okey publicó por primera vez a Condorito, personaje que terminaría encarnando el imaginario del “roto chileno”.
En Valparaíso, por esos años concluía la construcción de la Población Quebrada Márquez, obra del ingeniero Pedro Goldsack. En el cerro Cordillera, en tanto, avanzaban dos importantes proyectos urbanos: la construcción de la población La Unión, en calle Chaparro⁴, y la remodelación y ampliación del auditorio Alfredo Guillermo Bravo.
Los hechos
El 12 de diciembre de 1949, un niño de trece años llamado Javier Navarro, vecino del sector⁵, aseguró que, alrededor de las nueve de la mañana de aquel lunes, se le apareció la Virgen María en un sendero que conducía a una antigua cantera y a una vertiente de agua. El lugar era conocido por entonces como el sector o cerro “de la Puntilla”, situado en el límite entre los cerros Cordillera y Alegre, correspondiente a la actual calle California, cerca de la intersección de las modernas vías José Tomás Ramos y Camino Cintura, al oriente del cerro Cordillera. Allí, los habitantes del sector acudían habitualmente a abastecerse de agua.
La noticia se propagó rápidamente por todo el cerro Cordillera y por la ciudad de Valparaíso, siendo recogida en extensos artículos publicados en la prensa local durante los días posteriores. Javier estudiaba en el colegio católico San Juan Bautista de cerro Cordillera y había realizado recientemente su primera comunión⁶.
En un artículo publicado al día siguiente de los hechos por el periódico La Estrella de Valparaíso, Javier relató la supuesta aparición:
Mi mamá me dijo que fuera a buscar a la Berta que había ido con la Cristina (alude a dos primitas) a buscar agua a la vertiente. Cuando llegué allá me encontré con una viejita vestida de café con un manto negro y zapatillas azules que tenía a la Berta de la mano. Cuando me acerqué a ella me pidió que le ayudara a rezar un rosario. Yo la ayude. Al terminar me dijo que todos los días a esa hora debía rezarse un rosario y que levantaran una gruta. Luego me dio una vela así – indica el porte de la vela – y me dijo que la colocara en el hueco…yo subí la ladera para colocarla…Al bajar al sendero me dijo si veía a la Virgen…Yo le dije que no. Me dijo otra vez que mirara. Yo miré al hueco y vi que se desmorono un poco el cerro y vi a una señora vestida de blanco con un manto celeste y con un ramo de rosas.
Ante la pregunta de cómo era el rostro de la figura, Javier respondió: “Era bonito… blanquito. Hizo una seña. Cuando yo me di vuelta para hablar con la viejita, ésta había desaparecido. Estaba solamente la Berta, quien también la vio”⁷. Berta tenía apenas tres años al momento de los hechos, razón por la cual nunca pudo corroborar de manera autónoma el relato de Javier Navarro.
La supuesta aparición despertó rápidamente el fervor religioso popular, atrayendo a una multitud compuesta tanto por curiosos como por creyentes. Incluso el mismo lunes en que Javier afirmó haber visto la figura milagrosa de la madre de Jesús, una gran cantidad de personas acudió al lugar. Posteriormente, durante un prolongado periodo, se realizaron romerías constantes, especialmente en las mañanas y al atardecer.
El caso de la llamada “Virgen de la Cantera” permite observar cómo la religiosidad popular se articula en torno a experiencias colectivas donde convergen fe, emoción y necesidad simbólica. La rápida expansión del fenómeno no puede entenderse únicamente como un acto de credulidad, sino también como la expresión de un profundo anhelo de trascendencia en sectores históricamente marginados.
Cientos de personas participaron de estas peregrinaciones, llevando flores, guirnaldas y velas hasta el lugar. Muchos afirmaron haber visto también a la Virgen en las rocas cercanas al sendero. Tal fue el caso de la vecina del cerro Cordillera, Laura viuda de Celis, domiciliada en calle Chaparro 20, quien declaró: “Puedo jurar que he visto aparecerse a la Santísima Virgen”, mientras recogía matico y otras hierbas en el sector de la cantera⁸.
Por su parte, la vecina cordillerana Ángela Contreras Pérez, quien tenía nueve años al momento de los hechos, relató haber acompañado a una vecina adulta al lugar de la supuesta aparición. Según su testimonio, la mujer aseguró haber visto a la Virgen en la ladera, aunque Ángela afirmó no haber observado nada⁹.
La prensa local también contribuyó a la difusión del acontecimiento mediante titulares de primera plana como: “Niño de cerro Cordillera asegura que vio a la Virgen en una milagrosa aparición”¹⁰. Este tratamiento periodístico favoreció la masificación de la noticia y el incremento sostenido de visitantes al lugar.
Más allá de la discusión sobre si se trató de un hecho sobrenatural o de una manifestación alimentada por la imaginación infantil y el deseo colectivo de creer, la aparición de la Virgen de la Cantera en cerro Cordillera evidencia el profundo fervor religioso con que amplios sectores populares vivían su fe. Asimismo, refleja el anhelo de formar parte de un acontecimiento milagroso capaz de confirmar sus creencias y otorgar sentido a sus experiencias cotidianas. Desde una perspectiva historiográfica, el fenómeno puede interpretarse como una forma de apropiación simbólica del territorio por parte del mundo popular, donde lo milagroso opera como mediación entre lo cotidiano y lo trascendente.
Posición de la Iglesia católica versus el fervor popular
Las autoridades eclesiásticas de la ciudad evitaron pronunciarse oficialmente sobre la supuesta aparición de la Virgen María en las alturas del cerro Cordillera. Argumentaban que era necesario realizar “una serie de investigaciones… para evitar cultos profanos o superticiones (…) nacidas muchas veces de la imaginación popular”¹¹.
Del mismo modo, los sacerdotes redentoristas que administraban la parroquia del cerro Cordillera manifestaron públicamente su escepticismo frente al fenómeno. El 28 de diciembre de 1949 declaraban que “no hay hasta ahora ninguna seguridad de que sea cierta”¹², manteniéndose al margen de la expectación popular que el acontecimiento había despertado.
A modo de cierre
Pese a la cautela de la Iglesia, aquello no impidió que en el sitio de la supuesta aparición se levantara una gruta con una imagen mariana, tal como —según el relato de Javier— habría solicitado la misteriosa anciana. Tampoco detuvo las romerías y manifestaciones de devoción popular que continuaron desarrollándose durante años¹³.
Las peregrinaciones periódicas, los rezos del rosario y las múltiples placas de agradecimiento por favores concedidos transformaron el lugar en un pequeño santuario popular, del cual hoy apenas quedan vestigios. Aunque muchas de esas huellas materiales han desaparecido con el tiempo, la gruta aún permanece en pie, si bien en condiciones precarias y recibiendo cada vez menos visitantes.
Sin embargo, ya avanzado el siglo XXI, la memoria de la llamada Virgen de la Cantera continúa resistiéndose al olvido, persistiendo como parte del imaginario religioso y popular del cerro Cordillera y de la historia cotidiana de Valparaíso.
Notas
1 Cristian Parker, Otra lógica en América Latina. Religión popular y modernización capitalista. Santiago, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 41.
2 Ídem.
3 Ídem.
4 Felipe Arriagada Venturini. Evaluación de las políticas educacionales del gobierno de Pedro Aguirre Cerda. Repositorio Académico Universidad de Chile, https://repositorio.uchile.cl/handle/2250/116685.
5 También conocida con el tiempo como la “Población Blanca”.
6 Javier Navarro vivía en Camino Cintura 5348, junto a su Madre doña Regina Navarro viuda de Navarro, sus hermanos y primos. La Estrella de Valparaíso, martes 13 de diciembre de 1949, p. 8.
7 La Unión. miércoles 14 de diciembre de 1949, p. 1.
8 La Estrella de Valparaíso, martes 13 de diciembre de 1949, p. 8.
9 La Unión, miércoles 14 de diciembre de 1949, p. 1.
10 Testimonio oral de Ángela Contreras Pérez, nacida en 1940, vecina de cerro Cordillera.
11 La Unión, miércoles 14 de diciembre de 1949, p. 1.
12 Ibídem, p. 1.
13 Crónicas parroquiales de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Tomo III, p. 3.
14 Testimonio de Ángela Contreras Pérez.
Aníbal Riquelme Contreras (Valparaíso, 1975). Docente, investigador, cronista. Licenciado en Educación e Historia por la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso, Magíster en Estudios Históricos con mención en Cultura y Sociedad en Chile y América Latina por la Universidad de Valparaíso. En la actualidad, cursa el Doctorado en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Es editor de la página Cerro Cordillera del Ayer Fotográfico. Ha publicado diversos artículos académicos y divulgativos y los libros Orígenes de una comunidad. El cerro Cordillera de Valparaíso a inicios del siglo XX (Valparaíso, Ediciones Inubicalistas, 2022) y Crónicas desde este lado del cerro (Valparaíso, Ediciones La Antorcha Magacín, 2026). Este último contiene todos los artículos publicados por Riquelme en nuestra revista.

Deja un comentario