
Dividido el libro en cuatro partes, a lo largo de sus versos se van enmadejando los lugares, lenguas y amistades que el poeta, en su incansable caminata, se va encontrando. Para una mente curiosa que viene de un entorno monolingüe como es Chile, hallarse de pronto rodeado de otros idiomas es casi un acontecimiento mágico. Esta atmósfera estimulará el vuelo de la imaginación, que planea sin transiciones entre el presente y el pasado, entre el yo y el otro, en un viaje de ida y vuelta en donde el lenguaje no intenta solo comunicar, sino que también volverse puente, máscara, movimiento.
Fernando García Moggia
Estamos de paso, cada uno a su manera, aunque cargando con la mochila de la herencia: un nombre, una familia, un pueblo, un idioma. Desde Enrique Lihn sabemos que el poeta de paso, por más lejos que se encuentre, nunca sale de su horroroso o no tan horroroso país, esa red imaginaria tejida con los retales del origen. Y, aun así, de paso anda el poeta en busca de instantes que rediman el tiempo muerto. Relámpagos, decía otro, en forma de rostros, palabras, paisajes, pieles. Lo que pasa y deja una estela de luz: sobre eso se detiene Ricardo Olave en su viaje por Europa, a ratos bajo el sol mismo de la experiencia, a ratos bajo la luna de una nostalgia anticipada. De fondo, suena un fado, o tal vez un blues, la música de la melancolía, pero también de la resistencia.
Fue Carmen Ollé quien dijo que en el escritor latinoamericano que viaja a Europa conviven dos personajes contrapuestos: el sudaca que ama la literatura occidental más que los mismos occidentales y el alma despechada que desprecia su entrega y su disposición a admirar. Es una ambigüedad sentimental que el poeta de paso conoce bien, un sustrato emocional que nutre sus versos con mezclas imprecisas de tradición y apropiación (contra)cultural. Porque a fin de cuenta, la cultura ¿a quién le pertenece? ¿Tiene herederos privilegiados o es patrimonio común? ¿No es, acaso, como un cuerpo en un ánfora que cobra vida cuando algún visitante le roba unas pocas cenizas? Eso: el poeta como un reanimador de cenizas, un encantador de memorias.
Ricardo Olave sabe de esto, pues fue miembro de una tuna, esas bandas de estudiantes universitarios que viajan con guitarrón en mano cantando canciones festivas, siempre bien trajeados con jubón y bombachos. Las tunas, que nacieron en España en el siglo XIX y vaya a saber uno cómo llegaron a América Latina, se inspiraron en la poesía y estilo de vida de los goliardos: clérigos medievales que vagabundeaban por universidades y tabernas recitando ingeniosos poemas en latín. Viejos tiempos aquellos en que los estudiantes no eran clientes quejumbrosos ni los profesores trabajadores precarizados expertos en innovación docente. Tiempos en que los goliardos cantaban: “Viva la Universidad / y vivan los profesores; / viva la fraternidad / de estudiantes y doctores. ¡Sea sin fin su florecer!”. Tiempos, en definitiva, en que la Universidad era la contracultura.
Hoy en día, plan Bolonia mediante, poco queda de eso, y los jóvenes europeos se van de Erasmus a alguna ciudad calurosa como quien se va de fiesta a Ibiza. Olave, por su parte, viajó de Chile a Portugal para cursar una temporada de intercambio y se encontró de pronto con esta realidad un tanto ajena. Tal vez por eso la Universidad aparece en este libro como un rumor lejano, apenas un telón de fondo que permite encuentros inesperados. El poeta no está dispuesto a que los Erasmus le arruinen la tonada, pues él viene armado con la música y el espíritu de otra época que hábilmente sabe despertar en la nuestra. Un poeta neogoliárdico, diría yo, que tiene plena consciencia de su lugar en esa trayectoria de bardos caminantes: “Estamos continuando un legado de poemas épicos / De epopeyas escritas a pulso de caminata / (…) Viajamos para ser el salto de fe”. Tal vez solo un latinoamericano en Europa puede darnos esa mezcla de maravilla y desparpajo.
Dividido el libro en cuatro partes, a lo largo de sus versos se van enmadejando los lugares, lenguas y amistades que el poeta, en su incansable caminata, se va encontrando. Para una mente curiosa que viene de un entorno monolingüe como es Chile, hallarse de pronto rodeado de otros idiomas es casi un acontecimiento mágico. Esta atmósfera estimulará el vuelo de la imaginación, que planea sin transiciones entre el presente y el pasado, entre el yo y el otro, en un viaje de ida y vuelta en donde el lenguaje no intenta solo comunicar, sino que también volverse puente, máscara, movimiento:
Me transporté a los sentimientos de un polaco
Que evita su lengua tras las llagas de la vergüenza
A veces me entendía al mirar a los ojos a los checos
Dominé el inglés para cruzar la frontera
Prometí no volver a usar mi nombre
Ahora soy un actor de doblaje moscovita
Mi abuelo repartió panfletos por la revolución
Mi padre celebró la llegada a Berlín
En las costas de Maputo, divago en la nostalgia
El contar y cantar de los medievales halla aquí sus notas actuales. Porque esta es una poesía hecha de experiencia, pero también de escucha: el poeta tiene el oído atento a los rumores que lo envuelven. Así, se va convirtiendo en un coleccionista de frases y palabras de otras latitudes que se entrelazan con el castellano fluido y silvestre de este residente temporal. La amistad y el erotismo se vuelven coro, y a la voz cantante se le van sumando las voces —siempre fugaces— del encuentro.
Pues si en la primera parte seguimos el rastro del viaje, en la segunda nos encontramos con un largo poema en el que se reflexiona con sutileza sobre este hecho. La comunicación, ¿qué es? Aparte de palabras, ¿de qué está compuesto el lenguaje? ¿De qué manera un idioma delimita un mundo y, al mismo tiempo, deja un espacio fronterizo? ¿Y qué hay allí, en esa frontera donde me puedo entender con un turco o una húngara? Son preguntas que quizá el poema no plantea como tal, pero que merodea constante y hasta diría performáticamente: el poema como ese lenguaje hecho de gestos, pantomimas, silencios, sugerencias. “Estás en medio de una fiesta / El lenguaje implica ritmo”: un lenguaje en acto que el lector, la lectora, debe comprender a su manera, si quiere o es capaz de “dejar la costumbre / de mirar a través de las palabras”.
El viaje, decía, marca el pulso de muchos poemas, que llevan como consigna “defender el género literario del caminar”. Pero tras su marcha aparecen también las despedidas, y el peso de lo que va quedando atrás comienza a cobrar protagonismo en la segunda mitad del libro, en donde las notas melancólicas del blues dominan la atmósfera. Las ciudades recorridas (Coimbra, Esmoriz, Lisboa, Bratislava, Amurrio, Nicosia, Sevilla, Portlaise) se desrealizan como si fuesen emblemas de un lugar otro, guardado en la memoria o proyectado hacia el futuro. Si la calle de Fernando Pessoa en su famoso poema “La tabaquería” era una calle “real, imposiblemente real”, para Ricardo Olave, en cambio, “toda calle es un sitio ideal”: es la calle de las veredas que se encuentran, la calle de las analogías, de los azares, la calle por donde se asoma “aquella muchacha vestida con chaqueta de cuero / que apareció a saludar por primera vez al balcón”. La calle, en definitiva, del deseo.
Al comienzo del libro, el poeta nos aclara que está “buscando / una / respuesta / en los paseos infinitos” y hacia el final se dice “nada posees / solo los lugares que conoces / viven dentro tuyo”. Todo lo que despedimos lo guardamos dentro, a la espera de la música que lo reanime. Porque, como sabemos, “el blues es interminable”.
Fernando García Moggia (Viña del Mar, Chile, 1990) es poeta y traductor. Ha publicado el libro de poesía Cuídate del agua mansa (Col. Adonáis, Premio Internacional Alegría-José Hierro 2022, España) y, en traducción, el libro Mi doble erótico. Antología poética de John Ashbery (Mundana Ediciones, Chile, 2025). Es coeditor de la Revista Saranchá.

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