El canon y la gnosis de Harold Bloom

Harold Bloom ©The Paris Review, 1991.

Como es sabido, en 1994 Bloom configuró un canon literario, una suma enciclopédica de libros que contendrían lo más granado de la “cultura occidental” (de la cual los Estados Unidos se asumen como la forma más acabada). Con ello, él hace parte de un proyecto ideológico de afianzamiento cultural de esta potencia, mediante el establecimiento de selecciones sistematizadoras de “los grandes libros”, “los grandes autores”, “las grandes ideas”, un corpus de factura yanqui para la educación liberal de un mundo capitaneado por dicha potencia.

John Narváez


Enemigos bajo un proyecto compartido

Si bien los libros de Harold Bloom circulan traducidos a varios idiomas, presumo que este ensayista norteamericano sigue siendo en nuestros días un autor mal visto en los entornos académicos, debido a la pugna que mantuvo con unos estudios literarios dominados por el feminismo, el culturalismo y otras corrientes interpretativas al uso, a las que en su tiempo agrupó bajo el rótulo peyorativo de “Escuela del Resentimiento”. Tanto esas corrientes emanadas de las universidades norteamericanas como la crítica literaria del catedrático de Yale, aunque parezcan enemigas, son en realidad dos caras de una misma moneda. Ambas, por el flanco elitista (el canon de Bloom) o por el populista (el contracanon del culturalismo), conforman una avanzada de colonización educativa del Imperio estadounidense. Así subsumidas bajo la plataforma política que las produce y las pone a circular globalmente, las dos partes enfrentadas lucen como iguales y la dicotomía desaparece; las diferencias, relativas a los objetos de estudio (obras clásicas, por un lado, textos marginales por otro), se muestran como accidentes que no afectan la esencia de los hechos.

Aquí hablaré solamente de Bloom, cuya obra se distingue de la de sus aparentes adversarios en su marcado talante psicologista, frente al sociologista de aquellos; a tal punto que el llamado “valor estético” o “fuerza estética”, que él tanto ensalza, se confunde en sus páginas con una transformación del carácter, con un cambio de personalidad que él supone trascendente, en el sentido de trascender de la materia al espíritu. Pero antes de ello quisiera decir algunas palabras más sobre la célebre (y cuestionada) selección libresca hecha por este crítico neognóstico, la cual guarda relación con esa pretendida sublimación de la materia.

Portada de la primera traducción al castellano, realizada por Francisco Rivera, de Harold Bloom. La angustia de las influencias. Caracas, Monte Ávila Editores, 1977.

La ideología del canon

Como es sabido, en 1994 Bloom configuró un canon literario, una suma enciclopédica de libros que contendrían lo más granado de la “cultura occidental” (de la cual los Estados Unidos se asumen como la forma más acabada). Con ello, él hace parte de un proyecto ideológico de afianzamiento cultural de esta potencia, mediante el establecimiento de selecciones sistematizadoras de “los grandes libros”, “los grandes autores”, “las grandes ideas”, un corpus de factura yanqui para la educación liberal de un mundo capitaneado por dicha potencia. El pionero de este proyecto, que se remonta a los primeros años de la Guerra Fría, es Mortimer Jerome Adler, filósofo a caballo entre el pragmatismo y la neoescolástica, y editor de fuste, cabeza de la ambiciosa colección Grandes libros del mundo occidental, de la Enciclopedia Británica.

Bloom, sin embargo, afirmaba que los libros incluidos en su canon literario eran productos de una mente gnóstica universal, capaz de manifestarse en cualquier punto del tiempo y del espacio. He descrito a Bloom con el calificativo de neognóstico, que supongo raro para la generalidad de los lectores. La atribución tampoco es mía: nuestro autor se daba a sí mismo ese calificativo, aunque sin el prefijo neo-, y no de forma autodespectiva, pues realmente estaba inmerso en esa metafísica, que él adaptó como método de interpretación literaria, lo que podría estimarse no como proeza crítica, sino mitopoética, que tampoco es desdeñable, si bien no sea más que por el ingenioso entramado de analogías que la conforman.

Un esoterismo elevado a teoría literaria

Ha de saberse que el gnosticismo propiamente dicho fue una religión del Mediterráneo oriental concomitante con el cristianismo de los primeros cuatro siglos, con el cual inclusive anduvo solapada, como se evidencia en los varios Evangelios gnósticos que se conservan, entre los que se hallan el de Tomás, el de María Magdalena y el de Valentín de Alejandría (o Valentín heresiarca), este último de especial importancia para Bloom, quien puso un largo epígrafe del valentiniano Evangelio de la Verdad al inicio de La angustia de las influencias. San Ireneo, contemporáneo de los gnósticos, reexpuso la doctrina de estos, y mejor que ellos mismos, en Contra las herejías, profuso tratado donde se la refuta y execra. Los gnósticos históricos, los gnósticos originales, perseguidos por la Iglesia romana, no sobrevivieron al siglo quinto.

La muy posterior herejía albigense presentaría puntos en común con la antigua secta gnóstica, aunque no hubiera filiación material entre las dos. A los albigenses, como a varios movimientos protestantes que se formarían mucho después, de la Reforma en adelante, cabe considerarlos como los primeros neognósticos por las semejanzas que sus propias doctrinas tenían con el gnosticismo extinto (semejanzas relacionadas casi siempre en la divinización de la propia interioridad, del “yo interior” o del “sí mismo”) y no por existir alguna continuidad institucional o histórica con la secta original. No fue sino en 1946 cuando se rescató un importante corpus de textos gnósticos en Egipto, lo que dio pie, mediante la difusión impresa de esos escritos esotéricos, a que no pocos iluminados y aspirantes a profetas reclamaran como propia la herencia de la gnosis: prueba de ello son los centros que se identifican como gnósticos en sus fachadas; yo mismo los he visto en ciudades grandes y pequeñas. De los neognósticos tardíos, surgidos en la segunda mitad del siglo XX, quizá el más célebre sea el colombiano Samael Aun Weor, “primer patriarca y Avatara de la Nueva Era de Acuario”, según se lee en la página electrónica de la Iglesia Gnóstica Cristiana Universal, fundada por él mismo y con sede actual en Teusaquillo, Bogotá D. C., con personería jurídica reconocida por el Estado colombiano.

En 1958 salió a la luz La religión gnóstica, del judío alemán y filósofo existencialista Hans Jonas. El libro en cuestión es una detallada reexposición de los mitos y los conceptos del gnosticismo antiguo, desde una perspectiva favorable a esta creencia. Bloom, habiéndose formado en la Nueva Crítica angloamericana, de la cual llegó a ser una joven promesa, leyó a principios de los años sesenta el libro de Jonas, lo que le hizo dar un viraje a su trayectoria, hacia una forma extravagante de espiritualismo. Bloom encontró que los contenidos del libro de Jonas eran análogos a los que había leído en la poesía visionaria inglesa del romanticismo (especialmente en la poesía de William Blake, santo según la pintoresca Ecclesia Gnostica Catholica de Aleister Crowley). No está de más resumir la influencia que a la postre tuvo en Bloom aquella investigación existencialista sobre el gnosticismo, que en su caso derivó en una especie de conversión religiosa individual, con la literatura como objeto de culto, ateniéndonos a lo que él mismo nos cuenta en Anatomía de la influencia, a saber, que en 1967, en la víspera de su trigésimo séptimo cumpleaños, soñó con el bíblico ángel guardián del árbol de la vida, ángel que identificó con John Milton, quien en esa visión onírica impedía que otros poetas cogiesen los frutos del árbol mítico. El poema en que registró dicha visión fue el punto de partida de La angustia de las influencias, libro que sería publicado en 1973, en el que expone su célebre teoría de la literatura, que, como se ve, procede de una revelación.

Una de las especulaciones gnósticas es la del segundo nacimiento (o nacimiento del espíritu, del “hombre interior” u “hombre pneumático”, por estar hecho de pneuma, aire), que ocurriría aproximadamente a los treinta y cinco años. Dicho segundo nacimiento, para los gnósticos, se simbolizaba en la muerte de Cristo a los treinta y tres años; muerte del cuerpo y nacimiento del espíritu, en lo que inevitablemente iban a chocar con la Iglesia católica, que afirma la resurrección de la carne. La religión gnóstica tuvo fuerte impronta del dualismo maniqueo, cuyos principios de oscuridad y luz sustituyó, respectivamente, por los de hilé y kenoma, y los de pneuma y pleroma. El segundo nacimiento es la transformación del hombre hílico (material) en hombre pneumático (espiritual), así como el salto del kenoma (vacío) al pleroma (plenitud). Alguna formulación extrema sostiene que el hombre espiritual que se conoce a sí mismo (gnosis significa conocimiento) es él mismo Dios.

Harold Bloom. La cábala y la crítica. Caracas, Monte Ávila Editores, 1992 (2da. edición ).

Cuando Bloom interpreta las obras literarias, busca analogías que le confirmen este esquema. Así, la Divina comedia sería el testimonio de Dante, quien “en la mitad del camino de nuestra vida”, a sus treinta y cinco años, en la Semana Santa de 1300, salió del mundo sublunar, al que regresaría luego como el más poderoso de los poetas, por ser el único que se atrevió a describir a Dios, al que vio cara a cara. Con el Quijote ocurre otro tanto, pues allí del hombre material que era Alonso Quijano, cuando frisaba los cincuenta años, salió el hombre espiritual don Quijote, como resultado de una gnosis que le produjeran las infatigables lecturas de caballerías. Hamlet, quien sale de una fosa no bien ha regresado a Dinamarca, también protagonizaría un segundo nacimiento, como quien regresa de la muerte para dársela a sus enemigos. Lo mismo se confirma con Falstaff, que se finge muerto para salvar la vida… Este hecho típico, que Bloom toma como prueba del valor estético, se cumple en él mismo, cuando a los treinta y siete años, al serle revelada la verdad de la poesía, salió convertido en el hombre espiritual que redactó La angustia de las influencias. Podría decirse que para él lo poético consiste en una dramatización del segundo nacimiento, es decir, de una especie particular de peripecia, de transformación del personaje literario (acaso del autor, como vemos con Dante y con el propio Bloom), en el sentido de trocarse de material en espiritual.

Los Estados Unidos son tradicionalmente proclives a estas ideas, como se atestigua en el Canto a mí mismo, en el que el yo whitmaniano abarca a todos los pueblos y a todos los dioses, configurándose el poeta que allí se expresa como el compendio de todos ellos; o en La confianza en sí mismo y La superalma, ensayos de Emerson en los que se exalta al individuo por encima de todas las circunstancias, como si la sola voluntad bastase para doblegar las fuerzas de la naturaleza y de la historia. Bloom, con todo y ser un erudito, además de un seductor estilista, comparte con la autoayuda más barata de nuestros días esa fuente de pensamiento.


John Narváez (1980), colombovenezolano, literato, cursó estudios superiores de literatura en sus dos países. Ha trabajado en museos, bibliotecas, editoriales, colegios y universidades. Escribe poco y publica menos; de preferencia cultiva el ensayo de crítica literaria. En los últimos tiempos ha sido un estudioso, por libre, del materialismo filosófico de Gustavo Bueno.

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