
Alejandra Sofía González Celis
Vertiente
El agua horada la piedra
tarda
inexactos millones de años
en hacer
un orificio en la piedra
por donde se escabulle
un pedazo de río
que cae
convertido en mínima cascada
Abajo estoy yo
habiendo transitado
inexactos kilómetros
hasta aquí he llegado
para beber esa
agua
que
nunca
ha
de
ser
la
misma.
Exterminio
Tengo un fotografía de una familia selknam que me observa aquí al frente
una niña o niño
no se
no importa
abrigado en pieles aparece algo más acurrucado a la madre
el padre sostiene una lanza
pero su mirada es dulce
la lanza en él
parece
un ramo de flores
un juguete
un pilar del cielo
la madre tiene una mirada altiva
es como si estuviera ofreciéndonos su obra
Pienso en ti mamá
pienso en ti demasiado tiempo del día
no hago otras cosas porque dedico mis pensamientos a tu persona
y pienso que esta familia selknam
es como éramos nosotros hasta hace tan poco
porque parecen pocos muy pocos estos 20 años
así como debe haber parecido poco
para ellos
toda una vida
generaciones y generaciones de selknam
pienso en la masacre mamá
en los cazadores que buscan nuestras orejas
la desaparición
nuestras almas en un museo.
Utilidad de la poesía
En el poema
hay un niño jugando con dos hojas
sostenidas por cada una de sus manos
la de la derecha es la nave del imperio
la de la izquierda es la nave de la república
hoja imperio ataca a hoja república
planea rauda hacia ella
por escasos segundos
hoja república logra evitarla
El sonido de la boca del niño
imita
los rayos inexistentes
que hoja imperio lanza infructuosamente
sobre hoja república
El sonido de la boca del niño
imita también
el avanzar de la nave
como si
hubiera roce en el espacio
como si
el viento irrumpiera entre los vórtices de su estructura
En el poema
los ojos del niño se concentran en el universo
que producen sus dos manos
En el poema
la tarde de otoño cae
la república nunca es destruida
el imperio es asfixiado por la mano del niño
que sonriente
le deja caer
hecho polvo.
Declaración
Cuando la conocimos, lo primero que apareció fueron todas esas cicatrices de quemaduras bajando por sus piernas. Eternamente bajando, como recreando una y otra vez un agua hirviendo que debió haber sido lanzada desde arriba, rápida o lentamente, vaya uno a saber, deslizándose entre unas piernas seguramente pequeñas que abrieron la carne fuerte arriba y cada vez menos fuerte hacia abajo, hasta casi desaparecer.
Digo piernas pequeñas porque quienes tenemos cicatrices grandes, hechas cuando somos chicas, sabemos muy bien que las cicatrices insisten en no crecer con el cuerpo de uno. Se arrugan en unos lados, se tensan en otros. Así son.
Entonces cuando la conocimos y vi esas piernas apenas cubiertas por una minifalda extraña dos cosas me pasaron. Una como empatía se me abrió, ah me dije, esta es de las nuestras. Hay algo ahí, ese sufrimiento oscuro que nos une a todas, desde el cual podemos acercarnos y ser amigas. Y al mismo tiempo un ah, de esto no se puede hablar. Por que era extraña la minifalda. Una minifalda evidente, bien corta como esas cintas amarillas que ponen en el lugar del asesinato que dicen no pasar. Se muestra un horror precisamente para que nadie irrumpa.
Porque nosotras, el resto, lo que hacemos con las cicatrices es mantenerlas ocultas un tiempo, salvo cuando es verano y hay playa y nada se puede ocultar. Y no las ocultamos por vergüenza, sino porque sabemos muy bien la incomodidad que le produce al resto la imagen. Entonces preferimos hablar de eso. De hecho lo contamos primero nosotras, las hacemos presentes en la palabra, hablamos de eso, cosa que cuando salga la imagen el otro este preparado y no vayamos a herirlo.
Pero ella no quería eso, ella se puso la minifalda extraña un día frío de abril. Ella quería el horror en el resto. Ella quería que nadie preguntara. Y nadie preguntó.
Alejandra Sofía González Celis (1976), poeta y trabajadora social. Participó en talleres con Mauricio Redolés, Andrés Morales, y en la Fundación Neruda en 1998. Es editora de los libros: Banda de poetas, antología de niñeces poetas de Valparaíso (Libros del Cardo, 2022); 11 de septiembre 1973. El diario de Francisca (Hueders, 2019). Es autora de los libros: La enfermedad del dolor (reedición Pez Espiral 2022), Jauría (Das Kapital Ediciones 2017) y Una niña muerta está siempre viva (Ediciones Inubicalistas 2017). Trabaja como profesora universitaria y vive en Viña del Mar, Chile. Los poemas escogidos por la autora para nuestra revista son inéditos.

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