Umami célico
en el ciclo perfecto de las secreciones
mis labios te solicitan el limo marino
tu nombre y tu sexo
repiten
tu nombre y tu sexo
encienden
en mi boca
los sabores del cielo
Cuando manda el masoquista
le exigí el placer a las espuelas y obtuve lo contrario de una herida
le pedí a tu boca la muerte y recibí la sentencia justa
abrazar con el calor del látigo
querer con la insistencia de las cadenas
recordar con la sombra de una mordida
comer de tu carne con las manos
mis nudillos te devuelven todos tus besos
Yo, catador
It won´t be hell, but heaven on earth when we meet.
Bernd-Jürgen Brandes a Armin Meiwes.
Armin
quisiera prometerte—
que después de la algarabía de la hoguera no habrá más profanación ni abatimiento
pero nuestra cultura sabe inventar serpientes
y tú reptas en la columna vertebral de su vergüenza—
Fuimos dos hombres
fragmentos empalmados de un rompecabezas cósmico
partida de ajedrez—toreo de marfil y sangre
dos hombres van a sostener todo el odio que ya no le cabe al mundo
Eres
menguante sonrisa —lunática guadaña que siega la yugular al deseo de carne
tú desbocas urgentes cardúmenes de esperma
tú como una diminuta supernova de óleos sobre mi bóveda más blanda
Eres—
un gladiador ejercitándose
un pubis lo mismo que la cereza negra, el jazmín y la canela —un ágape entre cristianos
suave y ominoso como el pardo plumón de un quebrantahuesos
Hablamos—porque aún no nos conceden el derecho a guardar silencio
qué dichas
qué deliciosos intercambios de rubor consiguieron endurecer nuestros pantalones
bajo un híspido cielo tus labios entornaron mi oreja para decirme
(…)
gritas como un sol hambriento para decir:
como luego existo máxima de la naturaleza
dejo de sujetar la moral sobre mis hombros para darle a mi cuerpo
el privilegio de tu cara
estupefacto y fascinado por los hoyuelos de tu sonrisa
Armin
tu risa que es gemido y jadeo y todos los sinónimos del gozo
(…)
y el orgasmo es la evidencia de que vale la pena vivir
en este planeta llamado tus clavículas
te obsequio un jardín de hematomas amarrando el púrpura con mi boca
fuiste mi padre y me amaste como un hijo
en la medida que dios amó al suyo
que lo hizo cuerpo para condecorar los pecados de sus hijos
y luego les dijo
la muerte es un guiño en la cara del amor
cordero de dios que quitas el hambre del mundo
—en ese mismo altar que es un instante entre la boca y el paladar
yazgo yo
desde las cisternas de la libido alcancé a ver el cielo
cuando la sangre escurría de las comisuras de tu boca como rabia amorosa
y en ese momento el sentido de tu vida fue terminar
en mí se sobregira del rojo—
porque me pegas donde duele y quedan marcas
acompáñame—alimentemos con pecados la bestia de la próstata
No quiero esperar más
nunca me había amado tanto como al amarme en ti
aguardé hasta que tu belleza no fue otra que la de un nuevo periodo geológico en el paraíso
y pasamos de la coagulación de la sangre al detritus de los huesos en un orgasmo
entonces tu cuerpo realizado en el adjetivo conspicuo
en este momento de carne tu boca no aprendió a cansarse
Mi centauro delinques con cada erección—
tiéndeme sobre este lecho de metal brillante
deja que te hechice con mi acento de presa
Armin—yo dije sí, que siempre a todo sí
porque de esta manera en medio del más tierno ay
en la herida en la sangre entre el orgasmo sobre el fuego bajo las estrellas junto a ti
así es como elijo mi muerte.

Sebastián Escobar Torres (Puebla 1998) es licenciado en Lingüística y Literatura hispánica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en donde, actualmente, cursa la maestría en Literatura Hispanoamericana. Su obra lírica permanece, hasta el sol de hoy, inédita.

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