Un fruto al alcance de la mano
Cuando nos mueve la sed de comunión,
el cuerpo es la deidad más caprichosa;
su motivación es transparente y fluye,
pero en la práctica se empaña
con el turbio pigmento de la furia.
El loco, el desatado, el destructivo
sigue siendo el mismo que el sediento.
Tántalo O del tiempo a solas
De noche, cuando avanzamos torpemente
en el hallazgo de salir y no ser nunca más un niño,
un pliegue de luz tendido sobre la acera se sentía más íntimo,
la pequeña porción visible del mundo entre las sombras
nos parecía posible sostenerla en la palma de la mano,
y de alguna forma nos pertenecía.
Era terrible el claro, casi cegador fuego de la vida;
en él que se nos quema el diapasón desesperado de la carne,
la promesa del futuro y su alto destino
en el que no hay fracaso, ni vejez, ni muerte.
Se incendia el día de la carne convulsa.
La novelada noche es demasiado lenta en su llegada
y demasiado corta.
¿Quién se detiene a pensar que el tiempo pasa,
que está pasando justo ahora?
Un día nos haremos viejos.
Yo creo que nadie piensa en realidad
que un día nos daremos pena y lástima.
Mejor morirse pronto.
Por eso algunos se mecen como frutas en el árbol,
llorando para siempre se quedan en el lecho de su río,
el néctar de su floración bajo la lengua.
*
Estoy hambriento:
algo intuyo en el aire, en la palabra
de alguien que expresa calidez y ofrece
su atención. Es eso que persiste en el aroma
que roe al inhalarlo y que se agolpa
en las células y se disuelve
dejando atrás solo el vacío.
Estoy hambriento y sé cómo insistir.
Estoy hambriento y sé cómo morir de
De: Luz demorada (Isic, 2025)

Alfredo Soto Guillén (Mazatlán, Sinaloa, 1992) es poeta y traductor. Es autor de Por el sendero en la hierba (2018) y Luz demorada (2025). Ha publicado poemas y traducciones en diversas revistas literarias y participa activamente en proyectos de difusión y reflexión en torno a la lectura y la poesía.

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