Sobre la belleza, o el tiempo

No hay belleza que sepa ser solo compañía. Aparecen. No necesitan contemplación.  Algunas hortalizas viven debajo de la tierra, muchas de ellas, se salvan de ver el mundo a menos que sea por la fuerza. Las sacan, hermosas, las venden para comer. El intercambio no es belleza, ya no. Se calcula su costo como cada foto en la que aparece un árbol, un pájaro o el dibujo de la infancia.

Daniela Jaimes-Borges


El santo, con sus salidas fuera del tiempo, sus éxtasis, vuelve al lugar donde estaba.

María Zambrano

Una belleza no puede ser parecida a otra. No puede compararse con nada, incluso, haciendo las metáforas más precisas; lo simple o lo complejo. La belleza es una independencia de ella misma, calculada acaso en nuestras manos, no las de huesos, sino las del aroma de las manos. No significo nada para mí ni para el mundo, establezco una rutina que se alza para ver más allá de esos que dicen ser puros y que toda belleza existe porque lo único que tienen es una certeza exorbitante: hay en el paraíso una locura que acaba y nos completa, entonces.

Y si a eso debo llamarle “belleza”, se balancearía el reloj, su pecho, sus esperas. Ahora, por ejemplo, acompaño a los árboles. Busco el instante desorbitado de su movimiento, pero no estoy consciente del instante. Estoy viendo sin darle peso al milagro de saber que es un momento único… al mismo tiempo. (Incapaz a la imagen, fiel a la palabra que no aparece.)

Surge entonces lo anterior como recuerdo: ese día frente al árbol; se vuelve tiempo, años o días después: es distancia y necesidad de enunciarlo.

La belleza es innombrable, por eso derrota, a diario, a los escritores. En cualquier caso, frente al árbol, el libro, la memoria, el tiempo, ¿estaríamos al frente de la belleza? ¿Es un hincapié? ¿Consciencia por belleza? ¿Es lo mismo? ¿Darnos cuenta? O quizá y para siempre, la belleza sea una teología a la que se le accede desde lejos, CAMINANDO DE PUNTILLAS para no despertar a los abuelos,  pero se repite, más tarde,  en su búsqueda o en su imitación.  

Algunos juzgan magistralmente con palabras exactas, otros escuchan su belleza obedeciendo al amor a su interlocutor. Así, sin facturas. La belleza no necesita facturas. Tampoco, que quede más claro, sé qué es lo bello.

No hay belleza que sepa ser solo compañía. Aparecen. No necesitan contemplación.  Algunas hortalizas viven debajo de la tierra, muchas de ellas, se salvan de ver el mundo a menos que sea por la fuerza. Las sacan, hermosas, las venden para comer. El intercambio no es belleza, ya no. Se calcula su costo como cada foto en la que aparece un árbol, un pájaro o el dibujo de la infancia.

Las casas profundas nos preceden.

La belleza no es proporción, nada más, pero parece que así la describió Baudelaire. No lo desmiento. Debo caerle bien a un poeta muerto para ver si aparece la definición. El ensayo, por ejemplo, no es respuesta alguna. Tampoco dicotomía, ni discreta sinceridad. Es la pregunta que hago, me hago y no resuelvo. No quisiera fundar la vida de la belleza sin antes conocerla. No quisiera evadirla para decir que no existe, pues tampoco soy la que la espera. Quizá el término de nuestras búsquedas imprecisas esté hecho de puras palabras o acciones sin consciencia. Como la carne a medio fuego. Hay tanto por tejer sin abordar los infiernos, al tiempo que tantas llamas por atravesar.

Las facturas, las hortalizas, las preguntas, las respuestas sin preguntas, esas últimas, por ahora, son de cierta belleza y se deslizan debajo de los pies hasta resbalar y tirarte a ver el cielo. Golpe a cambio de cielo. Y seguramente, te darás cuenta después, con tiempo, elaborando con lenguaje, memoria y un gran vacío por la distancia de no reconocerlo cuando ocurrió. La belleza puede ser injusta.  O acaso su tiempo pasado lo es. Las bellezas más profundas se conjugan en pasado. Cuando ya no están. Y la muerte, sensatamente, no es parte de ella.


Daniela Jaimes-Borges (Caracas, 1981). Poeta, dramaturga, docente, actriz. Profesora en Artes Escénicas por la U. Pedagógica Experimental Libertador y Magister en Estudios Literarios por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Desde 2008 imparte clases en la Escuela de Idiomas Modernos de la UCV. Obtuvo el premio "X Concurso para Obras de Autores Inéditos de Monte Ávila" (2009) y el "Premio Municipal de Literatura" de Caracas (2011). Ganadora de la beca Panorama Sur, Argentina, 2012. Publicó Breves (2009) y Poemas de una niña (2021). A partir de 2016, lleva a cabo la experiencia audio-poética Voz de Otra Voz. Su trabajo ha sido publicado en diversas antologías y traducido al inglés, portugués e italiano. [Lee de Jaimes-Borges "Las trampas de Virgilio", que incluimos en La Antorcha Magacín # 2].

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