Miguel Ogalde Jiménez

Me detengo a mirar la silueta de una ciudad silenciosa fulminada por el sol de media tarde. Estoy quieto durante unos minutos, oyendo la brisa y a los insectos revolotear.
Álvaro, dice la Claudia, al verme pegado en el paisaje. Hay que seguir, se nos va a ir el día.
En la quebrada por la que vamos bajando abundan hierbas y enredaderas. No detecto ningún movimiento en las calles a las faldas del cerro. La Claudia va con expresión seria. Me daño las manos sujetando los peñascos. Cada cierto tiempo nos gana el peso de las mochilas y paramos a descansar, bebiendo sorbos de agua tibia. Nos acercamos al borde de la pendiente. En un impulso, pateo un carburador fundido que cuelga frente al abismo entre varios pedazos de chatarra. El objeto metálico rueda por la quebrada con un eco estridente. Más abajo, veo a alguien que sale corriendo y se oculta entre las rocas. Le hago una señal a la Claudia y sacamos nuestras armas, yo un cuchillo de carnicero, ella una llave inglesa. Nos acercamos con cautela al lugar, donde todavía hay polvo levantado y encontramos a un chico de unos doce años, flaco y de ojos entornados. Tiene un cuchillo levantado hacia nosotros, respira agitado y sus dientes chocan rápido. Dejamos las armas a un lado.
Te conozco, le digo al chico. Erís el hijo de la Lucía Muñoz.
Él se relaja, pero le sigue temblando la mandíbula.
Sí, erís él. Te llamái Mateo. Yo era amigo de tu mamá.
El Mateo asiente despacio.
No te veo de hace años, probablemente no te acordái de mí, pero…
Tú te llamái Álvaro, dice él.
No puedo evitar sonreír.
Sí, digo. Ese soy yo. Ella es la Claudia, mi pareja.
Hola, dice la Claudia. ¿Cómo estás?
El chico no responde y permanecemos callados un momento.
¿Estái solo?, digo, luego de un rato. ¿No hay nadie contigo? ¿Tu mamá? ¿Algún amigo?
El Mateo niega con la cabeza.
Mi mamá está muerta. Mis amigos están muertos. Estoy solo.
Yo también los perdí a todos, dice la Claudia y me señala con el dedo. A todos menos a él.
El Mateo no para de castañear los dientes.
Tranquilo, digo. No te vamos a hacer nada. Somos parte de un campamento. No queda muy lejos de acá. Hay milicos con armas, doctores, luz, agua, comida y niños de tu edad.
¿Y por qué están acá?, dice el Mateo.
Vinimos en camioneta, pero no pudimos pasar porque el camino está lleno de autos abandonados y bajamos a pie. Queremos buscar comida y tal vez encontrar a alguien que…
No hay más gente, me interrumpe el chico. Allá están todos muertos. Al final ellos siempre nos van a atrapar. Con mi mamá fuimos donde un viejo que tenía una casa grande y metió a mucha gente ahí y nos dijimos que íbamos a estar bien. Que si estábamos juntos no podían hacernos nada y luego ellos entraron a la casa y mataron a mi mamá, al viejo, a la señora que me daba tecito…
Se pone a llorar.
Allá no hay nada. Nada. Nada. Nada. Hay sangre y gente muerta que huele mal.
¿Dónde te escondís tú?, dice la Claudia.
En un refri, dice el Mateo. En la carnicería de mi cuadra. Todavía tiene corriente. No me pueden agarrar ahí.
Y qué hacís afuera?, digo. ¿Por qué estái acá en la quebrada?
Se me está acabando la comida, dice el Mateo. Fui a buscar a los almacenes, allá arriba en la carretera, pero no he encontrado mucho.
¿Pero nadie más sobrevivió?, dice la Claudia. No puede ser… ¿No hai visto a nadie más en todo este tiempo?
Ellos los mataron a todos, dice el chico. Andan siempre por ahí. En la noche escucho el ruido que hacen cuando se mueven. Cómo suena cuando abren sus bocas. Uno cree que es el viento haciendo crujir algo, pero son ellos. ¡Son ellos! ¡Por la chucha!
Ven con nosotros, digo. Todo va a estar bien. En algún momento se va acabar la corriente en tu barrio y no vas a tener donde ir. Tienes que venir con nosotros. Ahora sabemos que ellos sólo aparecen de noche y que no les gusta ni el agua ni el ruido. Tenemos aspersores y bocinas. Incluso hemos sabido de otros campamentos donde han matado a un par, al parecer sólo tenemos que…
¡No!, grita el Mateo, apuntándome con el cuchillo entre las cejas. ¡Mi mamá se murió y tú y ella se van a morir y luego me van a alcanzar y…! ¡No! ¡No, no, no, no, no!
Tratamos media hora de convencerlo de que nos acompañe, pero se resiste desesperado. Cuando la Claudia intenta abrazarlo, él le lanza una cuchillada a la cara que falla por un par de centímetros. Lo dejamos ir y continuamos bajando la quebrada hasta la ciudad. Huele a podredumbre. En todas las calles hay cuerpos descuartizados, llenos de moscas y gusanos. La sangre seca pegotea todo. La Claudia tiene un ataque de llanto y yo vomito lo poco que he comido. En medio de esa tumba gigantesca sólo suena el viento pasando por entre los edificios.
No entiendo, dice la Claudia. No entiendo.
Nos recomponemos con dificultad y buscamos algo útil en los alrededores. Todo está saqueado, excepto una bencinera donde hay bidones de combustible y unos paquetes de galletas. Cuando el sol empieza a esconderse, huimos de la ciudad hacia la quebrada, cargando con dificultad los bidones. Llegamos a la cima jadeando. El vehículo está estacionado a unos minutos de la pendiente y caminamos un par de metros cuando el chico sale de entre los árboles y nos sigue. La Claudia sonríe. Al echar una mirada hacia atrás veo al Mateo llorar callado. Llegamos a la camioneta y el chico se sube a la parte de carga, donde ponemos los bidones. El motor parte con un quejido y empezamos a alejarnos. Mientras la noche se traga la ciudad muerta, echo un último vistazo a sus oscurecidas calles y a lo lejos veo cómo en estas aparecen siluetas deformes que se mueven rápido y a pesar de la distancia y el sonido del vehículo escucho murmullos y crujidos que no son el viento.
Miguel Ogalde Jiménez (Valparaíso, 1996). Escritor y traductor. Licenciado de Periodismo por la Universidad de Playa Ancha. Realizó su tesis sobre Truman Capote. Influenciado por Roberto Bolaño, Raymond Carver y Elfriede Jelinek (y unos cuantos más). Trabaja publicando cuentos y poemas de sus amigos en editoriales autogestionadas porteñas. Puedes revisar trabajos de Ogalde Jiménez en los números 12 y 15 de nuestra revista.

Replica a Carver o la molestia de lo cotidiano – La Antorcha Magacín Cancelar la respuesta