Hasta que no haya nada más que decir

El autor de este artículo, como algunos de los narradores de Ricardo Piglia, indaga y describe en papeles amarillentos mientras va avanzando en una investigación. Lo central de esta se despliega en la lectura de expedientes desclasificados por la Universidad de Chile, que habían sido escritos en 1977 ‒en la plenitud del oscuro régimen de sospecha instaurado por la dictadura pinochetista‒ e inculpaban a su padre y a su tío, ambos profesores de esa universidad.

Claudio Guerrero Valenzuela

Ni siquiera se daban cuenta; los usos lingüísticos heredados de la época anterior los confundían y los seducían.

LTI. La lengua del Tercer Reich, Víctor Klemperer

Leer con el cuerpo golpeado. Leer y desmontar la lógica de la propiedad. Leer cuando somos reclamados por las palabras. Leer ejerciendo mi derecho a leer y que el texto sea nuevo cada vez.

Reclamar el derecho a decirlo todo, Julieta Marchant

Una comisión, una investigación, un sumario y toda la cábala paravolver al comienzo y contar otra vez: estos inocentes, boquiabiertos de primera fila acaban de llegar al espectáculo y se les puede repetir el mismo drama. No hay peligro: desconocen el cuento, somos la cátedra y así otra generación traga y saborea: una comisión, una investigación, un sumario.

La noche, Ennio Moltedo

Desde los años sesenta, mi padre se desempañaba como profesor de Química en la Universidad de Chile. Tras el golpe, siguió trabajando en medio de una universidad intervenida por los militares, con rectores-delegados, estudiantes perseguidos (algunos expulsados, otros desaparecidos hasta el día de hoy), profesores exonerados, etc. Es difícil imaginarse las condiciones de vida en un espacio así. Cómo seguir trabajando, cómo seguir viviendo, en medio de una universidad que poco a poco se iba desmantelando, destruyendo por dentro. El año 75, estando a cargo del Laboratorio de Polímeros y ejerciendo como vicedecano de la Facultad, se le hizo un sumario que duró dos años. En 1977 se determinó la suspensión de su cargo por tres meses. Producto de aquello nos trasladamos por un tiempo a Villarrica. Ahí vivimos unos meses, en un hotel junto al lago, mientras mi padre trabajaba como químico en una farmacia. Se sabe poco de esa historia, debo haber tenido unos dos años de vida y mi padre pertenecía a esa generación de chilenos que hablaban poco, esa extendida generación de adultos -a la vista de nosotros, los niños- que siempre parecían estar reservándose algo. 

La historia del sumario revestía los ribetes de un mito. Hasta ahora. Hasta el día en que cansado del silencio pude tener acceso al archivo del sumario, más de cuarenta años después de todo aquello. Aunque sabemos que para los que crecimos leyendo al Conde de Lautréamont, a Breton o Sábato, las casualidades no existen, podríamos afirmar que todo se dio por casualidad. Buscando otro libro, como suele suceder, otro libro que pasó a segundo plano, me encontré con una publicación de la cual no tenía noticia: el libro La dictadura de los sumarios (1974-1985). Universidad de Chile intervenida (2016), editado por Ximena Póo. El tomo analiza la historia de un archivo: la de los sumarios administrativos que se aplicaron en dictadura a estudiantes, funcionarios y académicos de la principal universidad pública del país. Un legajo de cientos de carpetas que había permanecido por décadas en un subterráneo del Archivo Jurídico de la institución y que ahora pasaba a formar parte de la Biblioteca Central Andrés Bello. El libro da cuenta del proceso de catalogación de más de 1.400 expedientes y logra poner en perspectiva, a partir de algunos testimonios y de otros tantos ensayos, la valiosa información que contiene para contribuir a una historia de la Universidad de Chile en dictadura a partir de la persecución administrativo-burocrática por parte de las nuevas autoridades asignadas. Una trama que da cuenta no solo de la persecución política que en algunos casos -los más terribles- terminó en muerte o exilio, sino que también permite reconstruir una vida cotidiana plagada de miedos, delaciones, envidias o amedrentamientos que sitúa al poder del sumario como un mecanismo de control y vigilancia por parte de quienes intervienen la universidad, al mismo tiempo que como forma de venganza o de sacar partido para aquellos civiles que tenían contactos con la autoridad militar y se beneficiaban o se podrían beneficiar -eventualmente- de la nueva realidad establecida.  

Tras la liberación de los datos como recurso electrónico, pudimos finalmente cerrar algunos de los círculos de silencio de esa época. Uno de los tantos a los que nos acostumbramos y que solo permitían comprender la historia a retazos, de manera fragmentaria. Puse en el archivo Excel que está liberado el apellido Guerrero y fue una sorpresa encontrarse no solo con el caso de mi padre con el número 2178/75, sino que también con el de un tío, hermano de mi progenitor, sumariado por la pérdida de una calculadora científica en 1975. El expediente de mi padre no revelaba -a priori- causas políticas, sino más bien algo administrativo: “Establecer y determinar responsabilidades funcionarias en la obtención de un producto químico destructor del caucho adherido a la losa del Aeropuerto Pudahuel y que al parecer fue patentado por funcionarios universitarios, pero en calidad de particulares”. Pero había que ir al detalle, revisar los papeles y desentrañar en la trama de pliegos alguna arista que permitiese completar el escueto enunciado-resumen del repositorio de casos administrativos. Después de varias semanas de frenos autoimpuestos, excusas laborales y familiares, concerté una cita y me animé a viajar una mañana a Santiago, preparado anímicamente para revolcar un suceso que se negaba a ser enterrado por la historia del silencio.

……

Es una mañana de viernes y estoy encerrado en una Sala de Lectura de la Biblioteca Central de la Universidad de Chile, con guantes quirúrgicos de color negro en las manos y dos carpetas frente a mí. Paso la mañana leyendo, tomando notas y sacando fotografías sin flash para no dañar los archivos mohosos. Afuera la vida transcurre a partir del oído. Se escucha una música estridente, exagerada, con un volumen excesivamente alto, de música metálica, que gobierna la calle que colinda con los ventanales de la Sala de Lectura. De pronto, emergen los gritos de los estudiantes del Instituto Nacional que salen a la calle Arturo Prat a protestar, se enfrentan con Carabineros, se escuchan carreras, insultos, amenazas. Alcanzo a pensar que sería una lástima que me toque evacuar la sala justo el día que puedo ir a la capital. Pero sigo leyendo actas jurídicas, citaciones, cartas, declaraciones, la letra que me ofrece un archivo jurídico de alrededor de 140 fojas. De pronto, la calle se tranquiliza, vuelve la misma música estridente y los estudiantes que protestaban ya no están, se han esfumado, como si hubiesen sido abducidos. Me los imagino dando vueltas por la ciudad en una marcha eterna que no acaba nunca, mientras la vida de los archivos sigue su propio ritmo entre estanterías atiborradas.

Me enfrento, al fin, al expediente y termino de hacerme una idea que más tarde intentaré resumir en un audio de Whatsapp de más de nueve minutos dirigidos al chat familiar. Mi hermana, la única mujer, me llama de vuelta ofreciéndome que almorcemos juntos. Lo demás es un silencio heredado de la dictadura. Un aletargamiento del habla, un retardamiento de una conversación que solo se daría varias semanas después en torno a una mesa. La historia es más o menos esta: un contratista del MOP que trabajaba en el Aeropuerto Pudahuel, de apellido Tike, quiere hacer el negocio de su vida adjudicándose un contrato para ocuparse de la mantención de la losa del aeropuerto. Pero le faltaba la fórmula para generar un producto que removiese de manera efectiva el caucho adherido al suelo. Tiene un contacto en la Universidad de Chile, un profesor que es, además, su concuñado, a quien le solicita una asesoría técnica. Pero no es ámbito de investigación del familiar indirecto, por lo que este decide derivarlo donde un colega: ahí entra a escena mi padre. Es diciembre de 1974. El interesado y mi padre hablan por teléfono o tal vez de manera presencial en la Facultad de calle Olivos. Mi padre le dice que una asesoría técnica debe canalizarse a través del conducto regular, a través del IDIEF, el Instituto de Investigaciones y Ensayos Farmacológicos. Pero Tike tiene apuro. Quiere hacerlo rápido. Según él, va a llegar el invierno y puede que cierren el aeropuerto por falta de seguridad. Ofrece un trato directo. Comienzan las conversaciones como particulares. Mi padre convoca a otro profesor y a su ayudante. Entre los tres, deciden llevar a cabo la tarea, tal vez también por desafío profesional. Fuera del horario laboral y en un laboratorio externo al de la universidad, logran dar con la fórmula. Un día de enero, sábado por la mañana, la prueban en el aeropuerto con autorización del comandante o general a cargo del lugar. El producto químico es 100% efectivo. El contratista les quiere comprar la fórmula, formar una sociedad donde él tendría casi la mitad de participación, pero no hay acuerdo. Los relatos hablan de una conversación dentro de un auto. Me los imagino hablando o discutiendo, me imagino a los profesores siendo presionados a soltar el secreto de la fórmula. El contratista da a entender que hay cercanía entre él y el comandante a cargo de la Aeronáutica Civil. Que tiene el negocio listo. Pero los profesores dicen que no. Algo deben haber olido, algo deben haber captado. El contratista era muy insistente. Nunca firman nada, no acuerdan nada. Tampoco ha habido solicitud formal de asesoría técnica que solicite servicios a la universidad. No vuelven a hablar más. Luego, el siguiente dato es que dos de los tres profesores (no aparece mi padre) patentan su fórmula química y en febrero de 1975 aparece en el Diario Oficial. ¿Cómo se entera el contratista? No se sabe. El tercer y último acto es una denuncia realizada a vuelta de vacaciones de verano, el 27 de febrero de ese año, ante las autoridades de la universidad por una asesoría solicitada y no realizada. Denuncia que da inicio al sumario.

Veo en el archivo una sucesión de marcas. Allí está la inconfundible tipografía de la máquina de escribir y su uniforme letra. Los membretes de la Universidad de Chile y un encabezado que dice Fiscalía Interna. Los diferentes tipos de papeles: roneo, mantequilla, notarial. Más gruesos, más delgados, algunos transparentes. Firmas, estampillas, timbres. 140 páginas con acusaciones, declaraciones, defensas, careos y todo el lenguaje jurídico de vistos, otrosí, notifíqueses, llamados a declarar, materias y consideraciones, que dificulta o entrampa la lectura, que impide clarear todo lo que hay detrás del caso, despejar las motivaciones para una acusación y un juicio. Lo no dicho. Me detengo en la apelación de mi padre. Un extenso texto de cinco páginas. Ya ha recibido los cargos y su sanción. Esta es su última palabra. Y reconozco en el texto el grano de la voz de mi padre, ya fallecido hace veinticinco años producto de un cáncer al pulmón. Y su vocabulario. Su habla. El diccionario de su lengua. Anoto en mi libreta la palabra irredargüible que surge de un texto con su inconfundible firma. Jamás la había escuchado ni leído. Tan así que el Word donde ahora escribo tampoco la reconoce como parte del idioma español. Percibo el lenguaje letrado y libresco de su declaración y solo se me escapa una sonrisa. Es como si de pronto el archivo me hubiese devuelto su gruesa voz de fumador empedernido, su rostro, el fino humor que sostenía aún en los momentos más penosos y me estuviese hablando a mí, como cuando discutíamos y me trababa de convencer de que no estudiara Literatura, que me veía para otra cosa, una carrera diplomática o algo así, y que no fuera tan obstinado, siempre haciendo lo que me diera la gana. 

Leo en su declaración: “y el punto está demostrado hasta la saciedad”. Sí, papá, el punto está demostrado hasta la saciedad. Ha quedado claro que alguien te hizo una mala pasada, quiso manchar tus papeles por su ambición, ha sido una mala persona y es una maquinaria que te tiene dos años en entredicho, juzgando tu probidad. Más adelante dices: “No puedo menos de referirme a la actitud del señor Tike, la cual aparece, con este sumario, por lo menos hasta que él concluya, en cierto modo cohonestada, a pesar de tratarse de una aviesa arremetida en contra de un docente de interrégima trayectoria universitaria”. ¿Qué palabras son esas, Renato? ¿Aviesa? ¿Cohonestada? ¿Interrégima? Son las mismas con las que te dirigías a nosotros en tu vida cotidiana cuando volvías de la Facultad, te sentabas a tomar once y luego a leer el diario o preparar las clases del día siguiente. Palabras que ya nadie usa. Palabras que parecieran de otra época para finalizar, con contundencia y convicción, que todo esto no ha sido más que “un interesado y malévolo volador de luces”. Sí, un volador de luces. Un volador de luces, vaya, vaya. Si supieras, padre, que justo a eso me dedico, a volar luces, todo el tiempo. Busco en la RAE la palabra “irredargüible” y efectivamente no aparece consignada por la Real Academia de la Lengua Española, pero sí aparece otra definición de un diccionario etimológico que desconozco y que dice: “Lo que no se puede argüir, que carece de argumento en contra, irrefutable. No es objeto de discusión”. Definitivamente, un volador de luces que no tiene discusión.

……

Otra de las herencias de la dictadura fue la sospecha. No saber muy bien quién es el otro que está allí al lado. No poder hablar mucho ni extenderse demasiado sobre la contingencia. Temer a perder el trabajo, a que alguien te delate por cualquier cosa, aprender a desconfiar de todos. Solo es posible imaginar días oscuros, escasa alegría, más bien la necesidad de recluirse en el espacio afectivo familiar. Algo de esa atmósfera pesada del tiempo dictatorial aparece revelada de manera finamente ambigua en el relato 1985, de Soledad Fariña. Un viaje en Metro, gente sentada con gestos nerviosos, movimientos, miradas, bajar la voz, bajar la vista. Mejor no preguntar. Mejor no saber. Mejor no ver.

El expediente del hermano de mi padre, en ese sentido, resulta revelador. Es curioso que el caso de mi tío se haya dado cinco meses después que el de mi padre. Su expediente es el 1547/75. No hay orden correlativo: el sumario es posterior, pero el número es anterior. Por entonces, mi tío era Jefe del Laboratorio de Bioquímica, cuyas dependencias funcionaban al alero del Hospital José Joaquín Aguirre, uno de los espacios universitarios más fuertemente intervenidos por la dictadura. En este caso, la denuncia la hace el propio acusado. Una calculadora científica, por entonces, no debe haber sido algo barato. Me imagino algo equivalente a un computador de hoy. Por lo tanto, algo que no pasaría desapercibido, toda vez que se trataba de uso frecuente. Lo increíble es la maquinaria que se monta para este sumario de unas setenta fojas. A diferencia del anterior, no están numeradas las páginas de este archivo. Se llama a declarar a cerca de 25 personas: profesores, estudiantes, ayudantes, secretarias, guardias, porteros, hasta el rondín del lugar. El exceso de celo solo puede entenderse como una manera de manifestar control, presencia, explicitar la manifiesta vigilancia de todos. El fiscal a cargo de la investigación está presente en cada uno de los comparendos, como corresponde. Su presencia uniformada deja en claro que el asunto es relevante y al final de algunos interrogatorios se deja entrever que se ha preguntado por posibles sospechosos. Se repite varias veces la frase: “No podría hablar mal de nadie”. Está naturalizada la delación, la posibilidad de hablar mal de otro, de acusarlo, de sindicarlo como posible persona capaz de transgredir la norma impuesta. El sumario, en este caso, resulta palpable que funciona como acto de coerción y amedrentamiento no solo para el caso del acusado, sino que para todos los llamados a declarar y, por extensión, a toda la comunidad universitaria. Que la bota militar estaba puesta en todos lados, por lo que es mejor no andar hablando demasiado, ni hacer mucho ruido, ni menos manifestarse en contra de las autoridades de turno. La sanción por escrito que recibe mi tío, irrisoria, absurda, resulta un poderoso llamado de atención no solo dentro de su hoja de vida como funcionario público, sino que en cierto modo un visible escarmiento para los demás que habitan el mismo espacio universitario intervenido.  

Poco tiempo después de este caso -al año o a los dos años- mi tío partió a Suecia a trabajar a una empresa química multinacional. Nunca se habló en mi casa de exilio ni nada por el estilo, pero resulta significativo el destino, uno de los países europeos que más chilenos acogió en dictadura. ¿Habrá tenido mi tío algún tipo de militancia? ¿Se habrá hecho difícil su permanencia en la universidad después del sumario? ¿Habrá recibido algún tipo de hostigamiento? ¿O simplemente recibió una buena oferta laboral? Difícil saberlo, mi tío murió de un ataque al corazón a mediados de los noventa. Es otra de las tramas que quedan abiertas en un espacio familiar habituado al silencio. En el caso de mi padre, mi papá siguió siendo profesor de la universidad hasta su muerte, a fines de esa década. Cómo habrá sido su vida laboral cotidiana es una pregunta recurrente: ¿qué tipo de apoyos recibió? ¿Con quién se hablaba y con quién no? ¿Cómo se consiguió la cabaña de Villarrica? ¿Cómo habrá sido hacer clases en medio del miedo generalizado? Y peor: ¿cómo habrá sido ocupar el mismo espacio de trabajo con gente siniestra como el químico Eugenio Berríos, que después se sabría era un agente de la DINA y fue quien produjo la fórmula alemana del gas Sarín en laboratorios clandestinos? Por cierto, Berríos aparecería muerto una mañana de 1992 en una playa de Montevideo.

A partir de estos dos casos familiares podemos reflexionar sobre la existencia de este archivo y sobre el excelente libro de Póo para pensar -entre otras cosas- sobre una de las formas de socavamiento de la principal universidad pública del país por parte del régimen militar. Una forma estipulada desde la burocracia, desde el control y ejercicio del poder, como trabajo añadido al cierre de carreras, a la destrucción de bibliotecas, a la falta de insumos para la docencia e investigación y a la persecución política de académicos, funcionarios y estudiantes, a muchos de los cuales se les aplicó la vigente Ley de Seguridad Interior del Estado. Solo cabe imaginar lo difícil que debió haber sido trabajar en medio de la vigilancia, la delación, el miedo, la sospecha hacia un otro; en medio de la desaparición de personas; en medio de personajes oscuros que deben haber habitado el día a día de una universidad a la que poco a poco se la fue desangrando.

……

Como si mi padre hubiese estado consciente de su mutismo, como una forma de compensación o hacer contrapeso al silencio, crecimos en un espacio de hiperinformación mediática. Lo suyo no era la elocuencia verbal, sino simbólica. En los años ochenta, mi padre estaba suscrito al diario La Época y El Mercurio. Como si fuera poco, cada tarde volvía del trabajo con La Segunda bajo el brazo. Los fines de semana, complementaba sus lecturas con La Tercera. Y una vez por semana la mesa del living se llenaba con revistas como Ercilla, Hoy, Cauce, Análisis. De manera obsesiva, escuchaba en la mañana y al almuerzo las noticias de Radio Cooperativa. Y a la noche, junto a la cena, era el turno de los noticieros de los canales abiertos de televisión. Estábamos al tanto de todo, o casi todo. Al menos, de lo que emanaba de estos medios de comunicación. Fuimos armando nuestros propios puzles. Cruzando información, guardando archivos, memorizando nombres, historias, lugares. De esa manera aprendimos a llenar los vacíos de la historia, la falta de relato, y a conocer la ciudad antes de recorrerla. 

Cada vez que le preguntábamos a mi padre por una palabra que desconocíamos recibíamos como única respuesta, otra palabra: “Diccionario”. Y es así como nos veíamos conminados a consultar uno de los cincos tomos verdes del Diccionario Ilustrado Sopena del librero sostenido sobre la pared del comedor. De ese modo, fuimos armando nuestra propia lengua. Y la época que nos tocó vivir venía teñida de palabras cruentas. Los que fuimos niños en dictadura aprendimos a manejar un vocabulario asociado al horror. Armando Uribe escribía en su ensayo El fantasma de la sinrazón & El secreto de la poesía (2000) que todos llevamos dentro un fantasma: el del dictador. Nuestra tarea ha sido sacudirse de esa pesadilla. Una de las primeras palabras que deberían formar parte de este glosario de infancia es la palabra degollado, la que situamos junto a la palabra quemados, a desaparecidos, ejecutados. Otras palabras serían gorila, ceneta, punto, humanoide, y tantas otras que dan para un diccionario completo. De ese conjunto, la palabra golpe quizás deba ser la primera, la palabra fundante. De cada una podríamos contar una historia entera. Algo sobre eso escribió Alejandra González en el libro El diario de Francisca. 11 de septiembre de 1973, acerca del diario de vida que por entonces llevaba Francisca Márquez, una niña de 14 años cuando aconteció el golpe. Cómo, poco a poco, la lengua de la infancia comenzó a modificarse, ahora llena de palabras como bandos, estado de sitio o toque de queda. Nuestro vocabulario también se fue ampliando, a medida que crecíamos en la violencia de la represión. Y allí confluimos en torno al mismo vocablo de la palabra muerte envuelta en múltiples sinónimos. 

Escuchamos la palabra degollados por primera vez en Radio Cooperativa. Lo primero que hacía mi papá en la mañana era encender la radio y fumar un cigarro. Se encontró de golpe con la noticia del hallazgo de los tres cadáveres. Es probable que haya pronunciado alguna palabra de estremecimiento y automáticamente haya desayunado el segundo cigarro Bond azul, largo. En medio de duchas, tazas y mochilas, apurados por la hora, supimos inmediatamente que algo horrible había pasado. Poco después, íbamos mi papá y los cinco hermanos adentro del Suzuki azul, pan de molde, rumbo al colegio. Sonaba la voz de Sergio Campos. Habrá sido mi papá o mi hermano mayor el que nos explicó lo que significaba la palabra. Por entonces contaba con nueve años. La palabra venía junto a otra, que sonaba aún peor: corvo. Me costaba imaginar la utilidad de un cuchillo de esas características. Los criminales de los tres dirigentes la habían resignificado. Ambos términos pasaron automáticamente al diccionario de la dictadura para tener una existencia únicamente en ese contexto. Desde entonces, es imposible pensar otro uso. Habían quedado fijadas para siempre en ese espacio sombrío de la memoria que nunca queremos volver a alumbrar junto a la voz de la viuda de Parada gritando, consternada, “¿Hasta cuándo?” y la de una niña y un niño un poco mayores que yo que daban discursos en su colegio y respondían a los requerimientos de la prensa: los hijos de las víctimas. 

En lo sucesivo, uno de los tres cuerpos sería velado en la Parroquia Italiana, que quedaba a dos cuadras de donde vivíamos. (La iglesia la visitábamos cada domingo por la mañana para la misa del padre Giulio, un sacerdote italiano de los misioneros scalabrinianos que andaba en una Vespa celeste que había traído de Roma y que me parecía lo más cercano al concepto de santidad tipo Jesucristo Superstar. ¿Curiosidad? Él y mi padre fueron muy cercanos. Tenían la misma edad. Habían nacido exactamente el mismo día. Uno en Punta Arenas, el otro en Loreggia, Padua. También murieron exactamente el mismo día, con 25 años de diferencia, en Santiago. Ambos se despidieron de la vida en la misma Parroquia Italiana). La noticia se desparramó rápidamente por el barrio. Una tía que vivía a dos casas de la nuestra, junto a algunas de sus hijas -mis primas-, pasó invitando a ir a velar el cuerpo. Es probable que algunos de casa hayan partido junto a la comitiva. Yo recuerdo haber decidido no ir. Haber decidido quedarse en casa. Preferir no ver lo que imaginaba sería una imagen cruenta. Tenía nueve años, mis hermanos poco más, poco menos, y ya estábamos todos acostumbrados a la muerte. No queríamos seguir padeciéndola, queríamos espantarla de casa. Mi madre había fallecido de un cáncer al páncreas cuando yo tenía seis. La muerte familiar se cruzaba con la muerte de un país. Nos había visitado demasiado temprano. Queríamos sacar de nuestros glosarios esos términos que la historia nos había impuesto. Pero, al mismo tiempo, sería inevitable que nos acompañaran, que nos tocaran de cerca las tragedias de otros, que sintiéramos próximos los sucesos que iban tiñendo nuestras vidas.  

……

En la Variación 20 del Podcast Poesía & Capitalismo, Jaime Pinos, Jorge Polanco y Jonathan Opazo entrevistan al poeta Bruno Serrano. Allí, el exGap cuenta un episodio revelador en cuanto a pensar en la insistencia del rescate de la memoria y en la necesidad de no acallar las voces silenciadas de la historia. En el contexto de entrega de títulos póstumos a jóvenes detenidos desaparecidos en dictadura, en un acto en la Pontificia Universidad Católica de Chile, hace algunos años, un “destacado académico de la Católica” emite en voz baja, como para sí, una frase que ya se ha escuchado muchas veces: eso tan repetido de para qué seguir hablando de esto que ya pasó hace tanto tiempo, para qué seguir escarbando en el pasado, mejor pensar en el futuro. No contaba con que su frase impertinente fuera escuchada por otros y tuviera una inmediata réplica. La respuesta que recibió por parte de una familiar de los jóvenes estudiantes desaparecidos, a micrófono abierto, resulta contundente: vamos a seguir hablando de esto hasta que ya no haya más que decir. 

En un bello texto publicado hace muchísimos años, “Tiempos desesperados”, el ensayista chileno Martín Cerda señalaba: “Alguna vez, cuando la historia deje de ser la crónica de las instituciones, de los gestos públicos o de las ideas, dispondremos, posiblemente, de una obra que nos permita seguir, mediante una rigurosa síntesis dialéctica, las sucesivas metamorfosis de la esperanza. Esta historia será particularmente importante para los miembros de las generaciones que, como la mía, parecen haber sido echadas a la vida en un mal momento, hasta el punto de haber perdido parte de ella en recusarla, condenarla o calumniarla”. El libro donde se halla se titula, significativamente, Escombros (2009). No todos tienen la capacidad de sobrellevar los escombros de una época, los individuales y los colectivos. Es una tarea histórica que se nos impone.

Tal vez de eso se trate todo esto. De cambiar el brillo de los ojos, a pesar de todos los golpes. De seguir pensando la lengua heredada. El diccionario que configuramos en nuestra infancia y juventud; el diccionario que movilizamos hoy. De volver sobre los archivos. De restituir el derecho a hablar hasta que ya no haya nada más que decir. De sostener la práctica pedagógica de la memoria como dialéctica, en especial cuando somos reclamados por las palabras. De darle una vuelta de tuerca al tiempo de la desesperación para hallar, removida, en el habla, un tiempo de esperanza. Contra el mutismo o el silencio. Por la exigencia de la palabra.

Agua Santa, junio 2023.

Claudio Guerrero (Santiago de Chile, 1975). Es autor de los poemarios Las corrientes luminosas (Casa de Barro, Valparaíso, 2020), Código menor (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017), Pequeños migratorios (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2014), El libro de las cosas que se ignoran (Ediciones del Temple, Santiago, 2002) y El silencio de esta casa (Ediciones Casa de Barro, Santiago, 2000). Es coeditor de los libros El ABC del Neoliberalismo 3 (Communes, Viña del Mar, 2021 junto a Hiam Ayllach y Hugo Herrera) y de Figuras de lo común. Formas y disensos en los estudios literarios (Dársena, Valparaíso, 2021 junto a Mónica González, Hugo Herrera y Raúl Rodríguez); y autor del libro de ensayos Qué será de los niños que fuimos. Imaginarios de infancia en la poesía chilena (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017). Ha publicado diversos ensayos, entrevistas, reseñas y artículos sobre poesía chilena y literatura latinoamericana. Lee una entrevista a Claudio Guerrero en La Antorcha Magacín n° 3.

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