Séptima. Encantadora

Séptima, Germán Araya. Xilografía, 2022.

Marcel Schwob

[Traducción de Eduardo Cobos]

Séptima fue esclava bajo el sol africano, en la ciudad de Hadrumeto. Y su madre Amoena fue esclava, y la madre de esta fue esclava, y todas fueron bellas y oscuras, y los dioses infernales les revelaron las pócimas del amor y de la muerte. La ciudad de Hadrumeto era blanca y las piedras de la casa donde vivía Séptima eran de un rosa trémulo. Y la arena de la playa estaba sembrada de conchitas, que ruedan el mar tibio desde la tierra de Egipto al lugar en el cual las siete bocas del Nilo expanden siete limos de múltiples colores. En la casa marítima donde vivía Séptima, se escuchaba morir la franja de plata del Mediterráneo y, a sus pies, un abanico de refulgentes líneas azules se desplegaba hasta el ras del cielo. Las palmas de las manos de Séptima estaban enrojecidas por el oro, y la extremidad de sus dedos pintada; sus labios olían a mirra y sus párpados ungidos se estremecían dulcemente. Así caminaba por los suburbios, llevando a la casa de los sirvientes una canasta de panes blandos.

Séptima se enamoró de un joven libre, Sextilio, hijo de Dionisia. Pero no les está permitido ser amadas a aquellas que conocen los misterios subterráneos: porque ellas están sometidas por el adversario del amor, que se llama Anteros. Y así como Eros dirige el resplandor de los ojos y aguza la punta de las flechas, Anteros desvía las miradas y atenúa la acritud de las facciones. Es un dios benéfico que habita en medio de los muertos. No es cruel como el otro. Posee los nepentes que dan el olvido. Y sabiendo que el amor es el peor de los dolores terrenales, odia y cura el amor. No obstante, es incapaz de expulsar a Eros de un corazón ocupado. Entonces aprisiona el otro corazón. Así Anteros lucha contra Eros. Por eso Sextilio no podía amar a Séptima. Tan pronto como Eros hubo llevado su antorcha al seno de la iniciada, Anteros, irritado, se apoderó del que ella quería amar.

Séptima supo del poder de Anteros por los ojos cabizbajos de Sextilio. Y cuando el estremecimiento del aire púrpura se adueñó de la tarde, salió por el camino que va de Hadrumeto al mar. Es un camino apacible donde los enamorados beben vino de dátiles recostados contra los pulidos muros de las tumbas. La brisa oriental sopla su perfume sobre la necrópolis. La joven luna, todavía velada, viene por allí a vagabundear, insegura. Muchos muertos embalsamados rodean Hadrumeto con sus sepulturas. Y allá dormía Foinisa, hermana de Séptima, esclava como ella, que murió a los dieciséis años, antes de que ningún hombre hubiese respirado su olor. La tumba de Foinisa era tan estrecha como su cuerpo. La piedra ceñía sus senos tensados por vendas. Muy cerca de su frente baja una extensa losa detenía su vacía mirada. De sus labios ennegrecidos aún se elevaban los vapores aromáticos en que la habían empapado. Sobre su mano sabia brillaba un anillo de oro verde incrustado por dos rubíes pálidos y turbios. Eternamente soñaba, en su sueño estéril, con las cosas que no había conocido.

Bajo la blancura virgen de la luna nueva, Séptima se tendió cerca de la estrecha tumba de su hermana, contra la buena tierra. Lloró y restregó su rostro en la guirnalda esculpida. Y aproximó su boca al conducto donde se depositan las libaciones, y su pasión se exhaló:

–Oh, hermana mía, dijo, vuelve de tu sueño a escucharme. La pequeña lámpara que ilumina las primeras horas de los muertos se ha extinguido. Has dejado deslizar de tus dedos la bombilla de cristal rojo que te habíamos dado. El hilo de tu collar se ha roto y las cuencas de oro están esparcidas alrededor de tu cuello. Nada de nosotros está más contigo, y ahora el que tiene un halcón sobre la cabeza te posee. Escúchame, pues tienes el poder de llevar mis palabras. Ve hacia la celda que conoces y suplícale a Anteros. Suplícale a la diosa Hathor. Suplícale a aquel cuyo cadáver despedazado fue llevado por el mar en un cofre a Biblos. Hermana mía, ten piedad del dolor desconocido. Por las siete estrellas de los magos de Caldea, yo te conjuro. Por los poderes infernales que se invocan en Cartago, Iaô, Abriaô, Salbâal, Bathbâal, recibe mi encantamiento. Haz que Sextilio, hijo de Dionisia, se consuma de amor por mí, Séptima, hija de nuestra madre Amoena. ¡Oh, Foinisa! Que arda en la noche; que me busque junto a tu tumba. O llévanos, poderosa, a los dos a la morada de las tinieblas. Ruega a Anteros enfriar nuestro aliento si le niega a Eros que lo encienda. Muerta perfumada, acoge la libación de mi voz. ¡Achrammachalala!

En seguida la virgen vendada se levantó y penetró bajo la tierra, los dientes descubiertos.

Y Séptima, avergonzada, corrió entre medio de los sarcófagos. Hasta la segunda noche permaneció en compañía de los muertos. Vigiló la luna fugitiva. Ofreció su garganta a la mordedura salobre de los vientos marinos. Fue acariciada por los primeros dorados del día. Luego regresó a Hadrumeto, y su larga túnica azul flotaba tras su espalda.

Mientras tanto Foinisa, rígida, erraba por los circuitos infernales. Y el que tiene un halcón sobre la cabeza no recibió su lamento. Y la diosa Hathor permaneció recostada en su funda pintada. Y Foinisa no pudo encontrar a Anteros, porque no conocía el deseo. Pero en su corazón marchito experimentó la piedad que los muertos tienen por los vivos. Entonces, en la segunda noche, a la hora en que los cadáveres se liberan para oficiar los encantamientos, hizo que sus pies atados se desplazaran por las calles de Hadrumeto.

Sextilio se estremecía constantemente por los suspiros del sueño, el rostro vuelto hacia el techo de su cuarto surcado por rombos. Y Foinisa, muerta, enrollada en vendas perfumadas, se sentó a su lado. Y ella no tenía cerebro ni vísceras; pero su corazón disecado había vuelto a su pecho. Y en ese momento Eros luchó en contra de Anteros, y Eros se apoderó del corazón embalsamado de Foinisa. En seguida deseó el cuerpo de Sextilio, a fin de que estuviera acostado entre ella y su hermana Séptima en la mansión de las tinieblas.

Foinisa posó sus labios tintados en la boca viva de Sextilio, y la vida escapó de él como una burbuja. Luego ella partió a la celda de la esclava Séptima, y la tomó de la mano. Y Séptima, dormida, cedió a la mano de su hermana. Y el beso de Foinisa y el abrazo de Foinisa hicieron morir, casi a la misma hora de la noche, a Séptima y a Sextilio. Ese fue el desenlace fúnebre de la lucha entre Eros y Anteros; y los poderes infernales recibieron a la vez una esclava y un hombre libre.

Sextilio está acostado en la necrópolis de Hadrumeto, entre la encantadora Séptima y su hermana virgen Foinisa. El texto del encantamiento está grabado en la placa de plomo, enrollado y atravesado por un clavo, que la encantadora deslizó por el conducto de las libaciones de la tumba de su hermana.

Marcel Schwob (Chaville, 1867-París, 1905). Escritor, traductor, ensayista, erudito. En el siglo XX, Schwob tuvo admiradores y traductores entusiastas en América Latina, entre los cuales estuvieron Pablo Neruda, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Juan José Arreola, J. Rodolfo Wilcock y Roberto Bolaño. Publicó sus ficciones breves en corto tiempo: Corazón doble, 1891; El rey de la máscara de oro, 1892; Mimes, 1893; El libro de Monelle, 1894; La cruzada de los niños, 1896; y Vidas imaginarias, 1896. Es de este último libro, que proviene “Séptima. Encantadora” y que hemos incluido en Marcel Schwob, Vidas imaginarias (selección). Valparaíso, Schwob Ediciones, 2022, el cual tiene ilustraciones en xilografía de Germán Araya. [Revisa en nuestra revista los cuentos de Schwob: “Cyril Tourneur. Poeta trágico” y “Empédocles. Dios supuesto”]

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