Feliz cumpleaños vecino artista

Fernand Léger, Constructores. Litografía en colores sobre vitela, 1951.

Manuel Rojo Zúñiga

Josefino Ezequiel, son sus nombres, Atalanta Lirón, sus apellidos, el equilibrio su destreza, don y profesión, la mala caza, su maldición. Hace sesenta y seis años nació de un tirón a duras penas pesando cerca de dos kilos. Fue limpiado por su madre y su padre, que al fin encontraban la armonía con la llegada de su primer y único hijo. Aprendió a caminar a temprana edad, fue un martes a las cinco de la mañana en completa oscuridad. Dio aviso de su aprendizaje sorprendiendo a su madre, a eso de las nueve y media de la mañana, al dirigirse a la cocina, tieso como vela, solicitando comida. A los cinco años de edad la inteligencia de su cuerpo sobresalía lo establecido. Memorizaba sus primeras volteretas, se ampliaba la elasticidad de su cuerpo y decidía si avanzar con las plantas o las palmas. Entró a la educación básica ya siendo famoso, todos le decían mono aunque actuaba de forma prudente. Josefino nunca corrió mucho, ni aceleró bruscamente sus movimientos, siempre fue lento y seguro anticipando toda caída. Sus vecinos lo utilizaban para ingresar a las casas cuando estos se quedaban sin llaves. No existía construcción humana imposible de burlar, el joven de diez años ya conocía los recovecos de toda su cuadra y, ganando unos pesos extras, hacía las solicitudes a ojos vendados. Al poner un pie en primero medio fue perseguido, de forma inmediata, por personajes que querían hacer de Josefino Atalanta L. un deportista. Sin embargo el adolecente no necesitaba la carga de otros sobre sus hombros, ni estrellas deslumbrantes, menos ahora, que pasaba la mayor parte del día suspendido entre árboles y edificios, donde se quedaba por un buen tiempo pensando, durmiendo la siesta, haciendo sus tareas, devorando sus almuerzos, escuchando música, observando el girar del mundo desde su cuerda. Por lo menos hasta sus dieciocho años se le veía en puntos fijos, hasta que equilibró un par de cosas en su espalda y se fue a viajar por el mundo en busca de nuevos desafíos. Josefino Ezequiel Atalanta Lirón fue conocido en todo el mundo como un artista único. Llenó los circos más populares, los estadios más grandes, los barrios más deshabitados, siempre repartiendo igualdad en cada una de sus presentaciones. Durante treinta años recorrió el mundo sobre una soga, feliz de construir una vida en libertad y en completo equilibrio, hasta que decidió, sin perder la sensatez, retirarse de forma gloriosa.

Para su magnífico cumpleaños número cincuenta recibió de regalo un choque hereditario, cargado de enfermedades imposibles de percibir a simple vista. Solo algunos han logrado ver pastillitas en una caja perfectamente equilibrada entre los dientes de Josefino. Problemas menores para un Atalanta, se excusaba. Constantemente es rodeado por personas de todas las edades que lo admiran y lo respetan, porque más de una vez ha sido capaz de hacer que esas personas puedan llegar a su cuerda, aunque nunca una mujer logró mantener el equilibrio el tiempo suficiente. Aún así, sin familia propia, Josefino Ezequiel es feliz siendo lo que es. Su vida es humilde, sus ganancias las carga el espíritu, su cuerpo ya no es el mismo, recibe constantes sonrisas y saludos amigables, sus pasos ya no van por las nubes y el don primate aún lo conserva. Desde los cincuenta y uno hace equilibrar todo lo que toca, dándole al jubilado cuerpo ganancias que le permitan obtener lo poco que necesita. Se presenta en colegios, festivales comunales, ferias libres y donde sea que lo inviten. Por supuesto que debe mantener la práctica, al punto de ser su vida. Su hogar es un circo único, donde las sillas no tienen más de una pata, cada plato gira sobre los servicios tengan o no comida, los adornos con puntas se posan en una de ellas, los esféricos no dejan de girar sobre los bordes de las pantallas de las lámparas, los lápices hacen guardia de pie y las libretas sirven de casco, en su patio tiene la torre más grande de botellas retornables sin ser un problema la necesidad de retirar una de ellas, el sillón son tres cuerdas a distintos niveles que cuelgan de muralla a muralla luciendo los respectivos cojines y, como si fuera poco, cada prenda de ropa cuelga de percheros ordenados en un closet.  

Dieciséis años más tardes sopla las velas encendidas por sus vecinos. La torta tiene un largo considerable, sostiene las velas en fila, adheridas a una cuerda que cuelga de dos barras polares sobre la leyenda glaseada: Feliz Cumpleaños Vecino Artista. Son incontables los trozos de torta repartidos, nadie se quedó sin probarla aunque fuera solo un bocado. Algunos se animaron con el baile y no faltaba la que animaba a Don Josefino a bailar una que otra cumbia, cuando prefería estar sentado esquivando las historias de sus peripecias. A este viejo equilibrista se le vio animado, resulta que siempre le ha gustado la fiesta, sobre todo si hay motivo de celebración. Cerca de las diez de la noche se cantó el último bolero guitarreado por un joven vecino y se cerró la puerta con la última nota. Unos pocos siguieron a Josefino Atalanta a su morada, donde saltaron las últimas risas y abrazos con una televisión mostrando el noticiero ignorado por el momento. ¿Quién lo hubiera imaginado? Tal evento marcó el fin de una era.

Durante la semana siguiente se normalizaron una serie de palabras como: enfermedad mundial, paciente cero, pandemia, camas críticas, salvoconducto, distancia social, cierre de fronteras, toque de queda, mascarilla, alcohol gel y cuarentena. Todo el mundo estaba encerrado estudiando sus significados de forma inconsciente. Josefino E. Atalanta L. no fue la excepción. Las Dos primeras semanas se las pasó desempolvando documentos que lo llenaban de nostalgia, la tercera semana reorganizó los documentos y los guardó en un estante que le tomó un par de días armar con cajones de tomate. La cuarta semana fue aburrida, se la pasaba asomado por la ventana, cansado de preguntas sin respuestas, esperando a ese alguien que agreda las normas en busca de una plática o un simple saludo. Lamentablemente, en muchos hogares, la televisión ya se había convertido en un cancerbero de pie frente a las puertas bloqueadas. Para el segundo mes decidió renovar su rutina, estar preparado para el primero de sus espectáculos. Se  imaginaba a sí mismo en un espacio repleto, rodeado de un público fácil de cautivar por ser una celebración el simple hecho de salir, pero que no deja de merecer lo mejor. Atalanta Lirón comenzó a equilibrar nuevos objetos, más pesados y deformes, ya sea sobre su cuerpo o sobre varas fijadas al suelo. También reparó viejos trucos y coloreo desgastados instrumentos. Ese mismo mes, sin enterarse aún que sus provisiones de comida estaban bajas, recibió la noticia de que una caja de alimentos le sería entregada, acción que lo ayudaba económicamente y le quitaba un peso de encima para poder seguir la práctica en paz. Toda su concentración estaba en los ensayos, donde comenzaba a equilibrar un objeto sobre el otro con él incluido en la punta de la torre. El viejo, feliz como niño, recordando los aplausos de su abuela materna que lo llamaba Josefito, estaba listo para volver a las alturas. Vistiendo sus viejas mallas plateadas parecía la brillante estrella en la punta de un árbol de navidad. El sol hacía juego con su pose, que tambaleaba de cabeza sobre la punta de un paraguas sujetado por su mano derecha. Al mismo tiempo, el paraguas dirigía el peso hacia una cañita de vino que reposaba sobre una tabla de madera que, por debajo, se contactaba con dos tarros de pintura, un suave verde oliva en el extremo sur y un reconfortante beige en la punta norte. Ambos tarros de pintura se equilibraban sobre una pieza de madera cilíndrica que iba y venía sobre un piso sentado sobre una silla de mimbre que, a su vez, se sentaba en una silla de tan solo dos patas escondidas en el cajón abierto de un hermoso velador violeta, plagado de calcomanías animadas. Sosteniendo toda la torre, bien puesta en el suelo del patio, una sencilla mesa picada por innumerables cuchillos hambrientos. Un pequeño vecino logró ver la proeza, el retorno a las pistas, desde su ventana. El equilibrista se percató de su público y saludo al pequeño, logrando que saliera corriendo en busca de testigos. El ensayo avanzaba a la perfección, Ezequiel Lirón sentía el control de su cuerpo y de la extensión inerte que lo acompañaba. Respiró queriendo sentir su pecho inflado, sintió por separado cada uno de sus dedos, giró los pies probando los tobillos para darse confianza, mandó a flexionar la rodilla derecha y queriendo descender comenzó a bajar la pierna izquierda. Un agudo dolor atravesó la muñeca que afirmaba el cuerpo, sus dedos se doblegaron resbalando unos centímetros, pero la experiencia los hizo retomar el control. Todo estaba bien. De reojo miró la ventana del pequeño vecino para ver si alguien sufrió junto a él, como en los viejos tiempos, pero estaba vacía. Entonces, ya convencido del descenso, respiró para calmar los nervios y, de viejo y oxidado, se abrió de golpe el paraguas, resbalando sobre la caña vacía, dejando al artista a su suerte. El niño volvió a la ventana acompañado, después de insistirle a su hermana, que se negaba a separarse del computador, y a su padre que no terminaba de lavar los platos, para encontrar un cielo despegado y silencioso.    

Casi medio año, ciento setenta y un días, han pasado desde el accidente. El reposo envejece los dones, las piernas se acostumbraron a la hinchazón, las rodillas le castañean al clima que se presente, la cadera le retumba a pasos, las manos le fallan y los objetos de la casa abandonan ese pedacito de Atalanta. Ha recibido toda la asistencia médica en su casa y sus vecinos se turnan para dejarle bandejas de comida en algunas ocasiones. La limpieza ha sido descuidada, los grises nacieron durante estos días a persianas cerradas, atemorizando a toda araña que solía bailar entre coloridas corrientes de viento. Los ingresos han decaído, la comida prestada y los ahorros no durarán mucho. Josefino, ha pensado en vender la casa dejada por su madre, consciente de que hay rincones donde no se posa la mirada como antaño. Parece lo más obvio a esta altura, sin lugar a dudas lo más fácil, pero es una acción extraña para Josefino Ezequiel Atalanta Lirón, que de peculiar algo le queda. Decide bajar de su cuerda. Toma un par de muletas prestadas, calza lustrados zapatos, cuelga bien su pantalón a la cintura y ata con elegante gesto el saco a los dos hombros.

Caminando llega al paradero, hace frenar la micro y le abren la puerta trasera para mayor comodidad. Carga una lista mal escrita bajo su boina, que nunca ha sido más larga que su nariz. La falta de entrenamiento lo obliga a aceptar un asiento nunca antes usado en su vida. A la hora del descenso giró su cuerpo afirmado de la puerta, con la muleta colgada de su antebrazo, hasta plantar con seguridad un pie sobre la calzada. Acompañado de su instrumento favorito que solicita dinero a cambio de finas piezas musicales, el clarinete, avanza hasta el primer lugar de su lista, conocido por sus míticos bonos. El músico se atora desgarrando las notas y el lugar está cerrado, muestra una cortina plagada de grafitis incompletos. La falta de pintura le hace temblar la mano. Se aferra a un inacabado, a esa falta de tiempo, hasta que una corriente de aire lo arrastra, con muleta y todo, dejándolo en el mismo paradero. Un nuevo viaje en micro lo lleva a una segunda oficina estatal. Se planta más corcovado y de orejas más crecidas, entiende que los números están tomados por el día y lo despiden con el boleto 172 para ser atendido dentro de dos días. Al girar choca inmediatamente con la última persona de una fila, y por ella se entera que se extiende por dos cuadras hasta llegar al tercer lugar en su lista. El papelito parece querer escapar, baila apenas aferrado a la boina dejando dentro de ella el último lugar que podría hacer más simple el retiro del artista. Decide caminar. Arrastra los pies jadeando, las personas se le cruzan, lo empujan sin notar su presencia y algunas se tropiezan con sus muletas. Las sombras disminuyen el tamaño de su cuerpo, los fuertes ruidos silencian su pecho, las pupilas se agigantan y el polvo tuerce sus dedos dejando caer las muletas. Lirón avanza únicamente ayudado por su instinto, observando los cables de luz, los muros y las rejas, los techos y sus vacios. Sus pasos avanzan en línea por sobre una cuerda imaginaria, olfatean un refugio, un hueco en el tocón de un árbol. Lirón se acurruca en busca del letargo voluntario, reduce su temperatura, baja las pulsaciones y disminuye sus funcione vitales. Se quita un poquito la vida a la espera de un nuevo día.

Manuel Rojo Zúñiga (Puente Alto, Santiago, 1992). Estudiante y trabajador.

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