CATALEJO: 30 AÑOS, EN SU PROPIA TINTA…

Portada de Ariel Pereira Peña, Catalejo, n° 1, 1989.

«Catalejo, el pulmón de Valparaíso»; o «Catalejo, publicación rigurosamente esporádica» o más, «Edición para coleccionistas», querían dar cuenta de un trabajo hecho a mano, rabiosamente antisistema, pero internacionalista en sus búsquedas libertarias. Durante años se le obvió o desconoció o ignoró –que para el caso es casi lo mismo– en los nuevos círculos artistoides.

Marcelo Novoa

Nadie me lo pide, pero igual agujereo mi cabeza para ponerme a soltar recuerdos: fines de los 80tas, Ariel Pereira Peña (dibujo, pintura y animación) vuelve a Valparaíso, desde su exilio alemán, y reúne en su casa de Los Boldos, a la mitad del Cerro Esperanza, a un semillero de jóvenes talentos locales: Jucca, Bonaparte, Sorfa, Vitró, Nelson, Robles, Richie, Ve Jota, Freddy Zeballos y el mismo Pereira, además de la presencia tutelar del gran Pato González, que nos regaló sus “monos” geniales para portadas. Con Ariel nos conocimos en la Facultad de Arte de la UPLA, donde podías ubicar a casi cualquier pintor y/o músico en actividad, y claro, nos hicimos amigos altiro. Por esos mismos años (1983 a 1993) participé activando en el avance, fortalecimiento y visibilización de una escena poética emergente en la zona. A través de la editorial Trombo Azul, pero muy luego como docente-tallerista en aulas de UCV, UPLA, UTFSM y DUOC de Viña del Mar. Mi interés y curiosidad por toda manifestación de cultura underground de aquella época (música, teatro, cine, cómics y literatura) me llevó a conocer a este grupo variopinto de dibujantes e integrarme felizmente a sus autoimpuestas tareas de difusión del cómic en Valparaíso.

Pereira dirigía con sabiduría piola (propia de sus sólidos conocimientos técnicos/estéticos, sobre todo animación y cómics europeos) y un enorme talento educativo para guiar –sin intervenir– en los intereses y personalidades, muchas veces, divergentes y disruptivos, de aquellos jóvenes artistas en formación. Por mi lado, realicé las labores de edición, corrección de textos, apoyo en difusión y organización de eventos que nos visibilizaran e integraran a otros colectivos locales. Así, desde un inicio, nos planteamos ser un referente regional más que local, despreocupados de la escena santiaguina (siempre tan centrípeta y centralista), sino más bien, como contraparte indie y sano contrapeso de los intereses/intenciones que se estilaban por allá: Trauko, Ácido y Matucana, y más under si se puede: El cuete o Beso Negro.

Equipo de Catalejo. Desde arriba a la izquierda: Jucca, Ve Jota y Novoa. Medio: Richie y Pereira. Calle: Bonaparte. Abajo: Pobladora e hijo anónimos. Cerro Valparaíso, 1988.

¿Cuero duro o carne de perro? Ni idea, porque la consigna era resistir a toda costa. Si la Dictadura clausuró las escenas, nosotros las reabríamos sin permiso; si no existían incentivos del Estado para el cultivo y desarrollo de las Artes, nosotros autogestionábamos nuestras ediciones, dando la cara hasta poner el ojo en tinta. Además, que las temáticas ambientalistas, indígenas, de género, existenciales y metafísicas que permearon toda nuestra producción, no las encontrábamos expuestas en el cómic de corte industrial que se estilaba por esa década. Entonces, crear bajo esas condiciones fue pista de despegue y aterrizaje forzoso de nuestra aventura editorial. Aquí extraigo del recuerdo esos paseos por callejones y miradores porteños, que servirían como verdaderas travesías de arte o academias peripatéticas, siempre en íntima conexión con la geografía urbana y los contextos socio-culturales en que se realizó CATALEJO. Lo mismo, las onces reponedoras que nos brindaba la esposa alemana de Pereira, compartiendo con sus hijos y otros artistas del exilio interno junto a permanentes visitas del extranjero a su casa-taller.

En ese contexto de reflexión y práctica aunados, pronto apareció el Centro de Investigación y Artes Visuales (un proyecto socio-cultural que venía Ariel rumiándolo desde antes: crear una academia libre de academicismos y abierta a la experimentación) y que sólo cuajó, años más tarde, cuando pudo instalarla en la carrera de Artes Plásticas con mención en Animación de la UPLA (y que finalmente se llamó Anima), durando más de 20 años de experiencia formativa artística, aun inédita, en nuestra región.

Los contenidos siempre fueron consensuados y democráticos, apoyados en ese mesón de trabajo intuíamos que nuestro aporte al debate de ideas libertarias (pues algo del anarquismo clásico corría por nuestras venas) sería el aportillar las monsergas conservadoras o moralinas edulcorantes de los “monitos” infanto-juveniles en que se había transformado la nación de cómic por ese entonces. Así fue como los trabajos se realizaban, corregían, autoevaluaban y editaban según fluían nuestras experimentaciones. Y todos traían aportes, ideas, lecturas y/o propuestas que se acumulaban en la casa-taller. Yo proponía nuevas voces y/o autores de literatura regional (por ejemplo, el ahora mítico Víctor Rojas Farías). Por su parte, Pereira nos compartía artistas poco conocidos del cómic europeo y americano que pirateábamos; Jucca (Juan Carlos Cabezas) a través de sus talleres y revistas, con su prestancia de artista emergente (el heredero natural de Lukas, Themo Lobos y Pato González) siempre atraía nuevos talentos que hacían sus primeras armas en la historieta local; y Bonaparte (Radye Silva) aportaba con sus propuestas performativas propias de cierta escena pictórica de época (brutalismo, arte pobre, neo-vanguardia e instalaciones) que se mezclaban en su mente, como un puzle lisérgico y divertido para armar y desarmar.

El primer número, se imprimió el interior en papel roneo y las portadas (dibujo original y logo de Ariel Pereira) fueron serigrafías realizadas por los mismos integrantes. Así, cada revista fue una obra gráfica valiosa per se. Sólo se realizaron 200 ejemplares, que hoy son de colección. Luego la imprenta varió cada vez según accesos o contactos. El segundo número tuvo más páginas, porque fue en b/n desde portada a interiores, incluyendo fotos en couche (igual se tiraron 300 ejemplares nomás). Y la tercera, con portada a color, cuasi cuatricromía (en realidad es duotono muy bien dosificado) en base a un original de Pato González, constaba de 500 ejemplares numerados. Allí participaron directamente Pereira y Bonaparte, realizando los controles de calidad respectivos. Y yo aproveché de despedirme con poemas en prosa y un inclaudicable amor por las cambiantes formas de esos sueños entintados.

Portada de Pato González, Catalejo, n° 2, 1990.

Con distribución mano a mano, venta directa en eventos públicos y/o espacios de intercambio y trueque, ya sea en bares o ferias poblaciones y cualquier evento popular donde participáramos activamente. Anteriores a internet y las redes sociales, sólo hacia el tercer número pudimos recibir retroalimentación de otras regiones y mercados. Por ejemplo, en ese número final de 1991, se publicaron trabajos de Figueroa y Alegría desde Concepción. Y desde la editorial se discute esta falta de conexión: «Mientras los aspirantes al poder y administradores de éste se debatían en extraños diálogos y monólogos, muchas veces inútiles, surgían en el país publicaciones que de alguna manera asumían con consecuencia y valentía la gestación del necesario espacio para mucha gente joven donde la censura no tenía lugar. La lista es innumerable: Beso Negro, El cuete, Ácido, Trauko, Matucana, Cloaca, y el Cómic made in Valparaíso: Catalejo, Trashcomic, Kagasiki, Pueblo sin Ley (desde el interior de la V Región) y varios cientos de publicaciones locales a lo largo del país configuran esta larga lista…» (página 3). Los eslóganes divertidos y transgresores, propositivos y autogestionados acompañaron toda nuestra labor: «Catalejo, el pulmón de Valparaíso»; o «Catalejo, publicación rigurosamente esporádica» o más, «Edición para coleccionistas», querían dar cuenta de un trabajo hecho a mano, rabiosamente antisistema, pero internacionalista en sus búsquedas libertarias. Durante años se le obvió o desconoció o ignoró –que para el caso es casi lo mismo– en los nuevos círculos artistoides. Y solo en Comics en Chile. Catálogo de revistas (1908-2000)”, publicado por Nautacolecciones, el 2014, Moisés Hasson, estudioso y coleccionista, le dedica una página completa a nuestro CATALEJO, acertando al decir: “fruto individual de un grupo de jóvenes entusiasmados con la idea de disponer una vitrina para su arte” Y así tal cual fue, o así es como lo recordó esta agujereada cabeza parlante que ya se calla. ¿Y saben qué fue lo mejor? Que no solo quedó impreso en la (des)memoria de un puerto que olvida, pero no perdona; sino que ahora podrá ser repasado una y otra vez, por esos fisgones de la Historia que ya no quieren que les metan el p… en el ojo –en tinta, aclaro– sino contemplar por sí mismos ese final de fiesta que fueron los 80tas porteños.

Ariel Pereira Peña, «Tatuajes», Catalejo, n° 3, 1991.

Marcelo Novoa (Viña del Mar, 1964). Poeta, editor, crítico, promotor cultural, docente. Doctorando en Literatura por la Universidad Católica de Valparaíso. Fundó la editorial Trombo Azul de Valparaíso y participó en Catalejo. Cómic made in Valparaíso, ambas publicaciones de culto de fines de los ’80. Trabajó por más de una década como editor de la Universidad de Valparaíso. Ha publicado libros de poesía, narrativa, crítica y antologías, entre estos destacan: LP (1987 y 2017), Álbum de flora y fauna: notas literarias alrededor de libros y autores porteños del siglo XX (2002), Años Luz. Mapa estelar de la ciencia ficción en Chile (2006), arte cortante 1988-2018 (poemas reunidos, 2019). Ha impartido numerosos talleres y cursos literarios. Su editorial Puerto de Escape, con más de ochenta títulos publicados, le ha convertido en referente obligado en la escena latinoamericana de los géneros de la ciencia ficción y la fantasía.

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