La Caracas suicida de Ricardo Azuaje

Ricardo Azuaje –sin duda uno de los más talentosos y destacables escritores venezolanos de las últimas décadas– con la novela corta Ella está próxima y viene con pie callado nos proporciona la verdadera experiencia deleitosa del acto de leer, al igual que lo hicieron, a su manera, maestrxs del relato breve tales como Schwob, Chéjov o Lispector, quienes elaboraron sus sugerentes universos ficcionales con irrevocable vocación de estilo. A continuación, publicamos como adelanto el prólogo a esta portentosa e impecable pieza literaria de Azuaje, la cual acaba de salir bajo el sello de Schwob Ediciones.

Fotografía © Anwar Hasmy.

Eduardo Cobos

        En el otro costado

       supuran las llagas arcaicas

       de nuestras sombras movedizas.

       Luis Enrique Belmonte

Los recursos narrativos de Ella está próxima y viene con pie callado (publicada en Islas Canarias por primera vez en 2003 junto a otros relatos), se hilvanan en una casi absoluta linealidad temporal –desde donde se nos acerca progresivamente a los hallazgos en torno al Club de los Suicidas–, lo cual permite que esta nouvelle adquiera un tono trepidante muy en sintonía con la novela negra, utilizando, a su vez, la pulsión obsesiva del personaje-narrador: ser desolado por una realidad aplastante no asumida, que lo conduce con perplejidad hacia el vacío existencial. Y es, por otra parte, la punzante estampa sobre el poder y sus simulacros en un periodo de especial desencanto y tensiones sociales de la Caracas de inicios de los noventa del siglo pasado.

Recordemos la trama: ha habido hace poco dos intentos seguidos de golpes de Estado en Venezuela y para el presente del relato, agosto del año 93, el presidente Carlos Andrés Pérez es destituido por corrupción. También se estrena una forma de violencia política que consiste en atentados con sobres bomba. De eso se trata, ya que el narrador, David, es un periodista que ha cubierto como fuente el palacio de gobierno para un importante medio de prensa; alguien que conoce los sótanos del poder. No obstante, para David, sumergido en un cenagoso y alcoholizado despecho por el reciente abandono de su esposa, la vida pierde sentido; esto quiere decir que adquiere muchos otros sentidos, aparte del oficio laboral, los cuales han sido vislumbrados en algún destello de lucidez, pero estaban postergados o al acecho.

En todo caso, la desesperación en la que está involucrado David por el abandono, lo lleva a observar su entorno con nuevos ojos y lo hace, cree en un inicio, desde toda casualidad. La cotidianeidad descoyuntada y la crisis perenne eludida, por decirlo así, se ha corporizado en Caracas. Observa, entonces, las aglomeraciones en el metro, los rostros desorientados o el lento tránsito hacia ninguna parte; y de improviso, en su apartamento, asiste como voyeur –en un claro homenaje al Hitchcock de la Ventana indiscreta– a un simulacro de suicidio: en el edificio del frente una mujer se desnuda, luego toma un revólver y lo lleva a su sien; un apagón, el estruendo de un estampido y el mirón aficionado se queda en la incertidumbre. Es cuando aparece el suicidio. El individual y el colectivo. Este último se hace visible en el Club de los Suicidas, al cual David entra sin querer pero ineludiblemente. Todo lo conduce hacia allá: el desamparo y la persistencia del oficio, porque se propone escribir un reportaje sobre la muerte voluntaria en Caracas como intento de ocupar horas de tedio por unas vacaciones no solicitadas. Y también hay enigmas que cautivan su curiosidad: descubrir las filiaciones con el club de la mujer que había realizado la puesta en escena del simulacro –Mariana, que comienza a ser su amante–, e internarse en el centro mismo de la cofradía para saber de sus ramificaciones, de su modus operandi, con la finalidad de obtener las notas para su escrito. A la manera de los peculiares clubes de Thomas de Quincey o R. L. Stevenson, los integrantes del Club de los Suicidas, la mayoría con vidas desarticuladas pero comunes, son especuladores teóricos que recogen sus preceptos de la literatura y la filosofía (Sócrates, Pavese, Ramos Sucre, Nietzsche) y son en esencia simuladores de suicidios, aunque algunos hayan llevado, al parecer, las cosas demasiado lejos. En estas relaciones hay un peligro inminente que involucra a toda la acción de la nouvelle proporcionándole un elaborado clima de suspenso.

Las notas de David para su investigación, o más bien la búsqueda de estas, se transfiguran en la única manera de descifrar el sinsentido en el que se ha convertido su vida y la ciudad. Como sucede en cualquier megalópolis, Caracas puede proteger y dejar al descampado a sus habitantes al mismo tiempo. La privacidad es deseada y a la vez temida, nos dice David; y en este aspecto la urbe se ha convertido en una paradoja, en la cual más que nunca muestra sus características caóticas: es la pérdida de la ilusión del orden o del sueño americano clase media y el país se desmorona sin escapatoria. Y David pierde toda certeza existencial, la que aparentemente lo había salvado de los desatinos, de los excesos de whisky y de continuas infidelidades (¿alusión a los tiempos de la Venezuela saudita de las décadas anteriores?). Desde cierta perspectiva, todo se resume allí.

Hay fatalidad en esto. Y además un hondo escepticismo, ya que al establecerse la posibilidad del suicidio como solución, David señala, con la ayuda de Albert Camus: Puede ser una buena razón para vivir el hecho de saber que en cualquier momento puedes matarte. Esta certeza evidencia el vínculo con los otros y el horror en el que puede llegar a materializarse una existencia, cualquiera sea, en un espacio claustrofóbico. Y para esto también el personaje elucubra: el espejismo de la modernidad; invención mal hecha y peor asimilada. Prueba de ello es Caracas en raídas capas de arquitecturas yuxtapuestas. Urbe que, como fiera herida, está dispuesta a vengarse de sus habitantes por haber intentado extirparle la memoria.

Playa Ancha, abril de 2022.

©Schwob Ediciones
Colección: Vidas Imaginarias
Diseño Gráfico y Portada: Camilo Pardow
Prólogo y Edición: Eduardo Cobos
Fotografías: Anwar Hasmy
schwobediciones@gmail.com
@schwobediciones
Otoño de 2022
Valparaíso, Chile

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