El feminismo se hizo palabra y sentido común

En este texto Claudia Montero revisita, desde lo político y lo sociohistórico, aspectos fundamentales relacionados con la Revuelta de octubre de 2019 y el proceso constituyente que abrió, proponiendo además claves en torno al feminismo: «¿cómo llenar de contenido al sentido común para que este recoja la crítica feminista? ¿Cómo navegar la contradicción de sostener la crítica cuando el feminismo se hace sentido común? ¿Cómo advertir que mucho del feminismo que parece sentido común en realidad no es feminismo?», son algunas de las interrogantes a las que da respuesta la autora.

Movimiento feminista frente a la Biblioteca Nacional de Santiago, 1983. Fotografía ©Memoria Chilena.

Claudia Montero

El 8 de marzo de 2020, a un poco más de cuatro meses del inicio de la Revuelta, se conmemoró una vez más el Día Internacional de la Mujer en Chile. Sin embargo, esta ocasión fue distinta, ya que fue la más masiva de la historia en nuestro país. Más de dos millones de mujeres llenaron las calles en las distintas ciudades del país. La fuerza, la decisión, la convicción y la alegría que se veía en las calles ese día era eco del Mayo Feminista de 2018 y del “Chile despertó” del 18 de octubre de 2019. El Mayo Feminista de 2018 fue un movimiento de carácter global que en Chile tuvo una dimensión que nadie pudo prever. Surgió desde las estudiantes que comenzaron a hacer denuncias públicas de acoso tanto de profesores como de compañeros y que obligó a las instituciones a repensarse. Fue una nueva ola feminista que recuperó la memoria de un movimiento de mujeres activo constantemente desde el inicio del siglo XX, y que la historia se ha preocupado de borrar sus huellas para que cada nueva generación de feministas crea que es la primera en organizarse y se deba esforzar por encontrar su genealogía. Un año después vivimos el 18 de Octubre, la Revuelta que marcó el cambio del país que desde el fin de la dictadura cívico-militar (1989) había sido el ejemplo “exitoso” del neoliberalismo, y con ello, todas las desigualdades que este genera y que se había aguantado anestesiados por un exitismo que terminó por hartar.

Ese 8 de marzo de 2020, el Grupo de Investigación y Lecturas Feministas de Valparaíso, un colectivo heterogéneo de feministas y académicas conformado con el objetivo de hacer activismo desde el lugar donde creemos que podemos aportar, salimos a la calle con una pancarta que citaba a Julieta Kirkwood: “El feminismo se hizo palabra y sentido común”. Con ella, reconocíamos la genealogía de feministas que nos constituyen, al recoger las palabras de una de las pensadoras fundamentales de fin del siglo XX. Por otra parte, queríamos dar cuenta del momento, ya que en el contexto de la Revuelta, el movimiento feminista condenó al patriarcado neoliberal. Ese que carga a las mujeres con la tarea de sostener ese supuesto éxito con el trabajo feminizado. Trabajo que no importa el nivel en el que se desarrolle, no es reconocido o desigualmente pagado. También queríamos expresar un deseo: el de una sociedad feminista, es decir donde la diferencia sexual no sea transformada en una estructurante de jerarquías excluyentes, discriminatorias y de violencia.

El 8 de marzo de 2020, definió a las feministas como “Históricas” en una instalación performática que lo escribió en el medio de la calle a los pies de la estatua del general Baquedano en la Plaza Dignidad, mientras la principal avenida de Santiago se repletaba de mujeres. Esta imagen se ha fijado en el inconsciente colectivo ya que reconoce la existencia del movimiento de mujeres feministas. Lo hace en un lugar emblemático, un espacio que hasta ese momento había sido recuperado por la ciudadanía para resignificarlo como el lugar de resistencia y desobediencia. El “Históricas” podría ser la encarnación de lo que Julieta Kirkwood había definido cuatro décadas antes y en contexto de dictadura, que el feminismo se había hecho sentido común.

En este texto, quisiera repasar algunas cuestiones sobre la Revuelta y el proceso constituyente que esta abrió, teniendo como foco la idea del feminismo como sentido común. ¿Cómo llenar de contenido al sentido común para que este recoja la crítica feminista? ¿Cómo navegar la contradicción de sostener la crítica cuando el feminismo se hace sentido común? ¿Cómo advertir que mucho del feminismo que parece sentido común en realidad no es feminismo?

Algunos antecedentes de la Revuelta del 18 de Octubre

La Revuelta del 18-O fue iniciada por estudiantes que lograron movilizar a diversos sectores sociales que develaron la cronicidad de injusticias sociales, de más de setenta años de instalación del neoliberalismo en Chile. Fue en la década de 1950 cuando se realizaron los primeros ensayos con la contratación de la Misión Klein Saks y la formación de los “Chicago Boys”, y que la dictadura cívico-militar terminó por consagrar en la Constitución de 1980. La subsidiaridad fue la clave que quedó en el texto constitucional que permitió implementar las políticas económicas neoliberales, aplicando las herramientas maestras de reducción del Estado a través del recorte del gasto fiscal y consagrar al mercado como regulador de las decisiones sociales a través de una política de privatizaciones. Respaldado por la represión política de la dictadura, no hubo contrapeso social al despojo de los servicios que consagraban derechos sociales: sistema de previsión social, salud y educación. Y de paso se instaló el miedo en la ciudadanía que se convirtió en inmovilidad frente a las decisiones del Estado que se traducían en injusticia, desigualdad, segregación. La subsidiaridad creaba la ilusión de ejercer de libertad a través de un poder individual de elegir la empresa proveedora del servicio adecuado para cada persona. Así, se hizo sentido común creer que todo servicio entregado por lo privado era de calidad. Sin embargo, ese poder y esa elección eran falsos, ya que enmascaraba una segregación con empresas proveedoras de salud, educación u otro servicio para pobres y otras para ricos. En contraposición el sentido común comenzó a decir que todo servicio provisto por el Estado era malo y el endeudamiento terminó siendo la herramienta de acceso a eso que debía ser un derecho garantizado. Era de sentido común endeudarse en un país donde el acceso al crédito es prácticamente universal y entrega la ilusión de calidad de vida. El modelo lo continuaron los gobiernos democráticos que se ganaron el respeto del empresariado ya que no alteraron la base de acumulación. La misma que generaba indicadores de desigualdad entre los peores del mundo y que pese a que una frase común postestallido entre los políticos fue que no lo vieron venir, la verdad es que desde las ciencias sociales se describió la situación como un caldo de cultivo para un estallido con mucho tiempo de antelación, y los movimientos sociales no cesaron de alertar durante todas las décadas de la postdictadura.

En el país de las maravillas no era de sentido común la protesta. Sin embargo, desde la década del ‘90 los movimientos sociales la mantuvieron de forma constante levantando las banderas rojas frente al exitismo de la vida en el Chile neoliberal. El movimiento estudiantil desde el año 2001 demandó educación pública, de calidad, gratuita y no sexista. Le acompañaron otros movimientos como No Más AFP (sistema de pensiones), y por supuesto, el movimiento feminista que pese a cualquier calificación de “silencio” ejerció una constante crítica y denuncia de las condiciones de vida desiguales. En la larga década de los ‘90 en Chile frente a la supuesta abulia de la respuesta social, el feminismo no era sentido común.

Hacia un sentido común feminista

No formaba parte del sentido común la denuncia feminista contra la violencia de género, los pactos de silencio de la dictadura, el saqueo de recursos naturales haciendo causa común con el pueblo mapuche. Tan lejos del sentido común que se pensaba que el movimiento feminista vivía un nuevo silencio y se invisibilizó la acción colectiva de grupos como Las Clorindas, Mujeres contra la Globalización, Ayquelén, entre otros. En la década de 2000, el feminismo hizo evidente su constancia en la articulación lograda por la demanda de despenalización del aborto, que se logró en 2017, aunque solo en tres causales. Se hizo evidente el efecto de más de veinte años de feministas ejerciendo en diversos ámbitos del espacio público: academia, servicios públicos, ONGs y organizaciones políticas y sociales. Una nueva generación de jóvenes tuvo la fuerza y la convicción para denunciar la violencia estructural basada en el género sexual, que salió con fuerza desestabilizadora en el Mayo Feminista de 2018.

A partir de ese momento, las evidencias hacían imposible negar la cultura machista y el feminismo se hizo sentido común. Y así, en medio de la Revuelta de 2019, la performance de LasTesis “Un violador en tu camino” fue un himno de denuncia y de la potencia feminista que se hacía visible en todas sus dimensiones. La masividad de la demanda hizo que todo el mundo se asumiera feminista: desde la derecha más reaccionaria a la izquierda tradicional. El espacio público se llenó de banderas moradas, pañuelos verdes y símbolos de la mujer. Las redes sociales se repletaron de eslóganes por la igualdad y el mundo académico cosechó bestsellers con libros que tenían como tema “la mujer”.

La respuesta a la Revuelta fue la violencia de Estado en contra del movimiento social que dejó muertos, detenciones ilegales, desapariciones, tortura y violencia sexual. El movimiento feminista condenó el particular ensañamiento contra las mujeres y disidencias por el solo hecho de ser quienes son. Esta violencia institucional y de Estado confirmaba que el sentido común seguía siendo fuertemente patriarcal y que todos los eslóganes tenían mucho de aprovechamiento político. A casi un mes de protestas incesantes, la política tradicional firmó el 15 de noviembre de 2019, el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución. Un texto que buscó acallar la demanda social comprometiendo la redacción de una Constitución. Sin embargo, casi inmediatamente, se evidenciaron los vacíos de un acuerdo que buscaba el reacomodo de la clase política en descrédito. La protesta no cesó a pesar de la promesa de un referéndum donde “el apruebo” se teñía de promesa de cambio total y sepultura del neoliberalismo en Chile.

Así se nos vino 2020 y nos llegó la pandemia que sirvió al gobierno para reforzar el control ciudadano y acallar la protesta. Sin embargo, esta hizo aún más evidente el porqué del alzamiento, develando las injusticias que cobraban nombres y apellidos de personas muertas, enfermas sin acceso a tratamiento digno, empleo precarizado, cesantía, hambre. En confinamiento, no es lo mismo ser varón o mujer o disidencia sexual, ya que el sistema patriarcal siguió funcionando, estableciendo jerarquías, exclusiones y violencias. La situación de excepción mostró que el rol de reproductoras de la vida asignado por el patriarcado no estaba ni cerca de ser revisado y que el sentido común dictaba que las mujeres no solo reproducen a través del parir hijos, sino que en la realización de las actividades necesarias para que la vida siga su curso como las tareas de cuidado, el lavado, el aseo, la comida, etcétera. Unas tareas rutinarias, alienantes y que significan una carga adicional que son tanto físicas como intelectuales. La crisis no pudo seguir escondiendo lo que el feminismo ha criticado desde hace décadas sobre el capitalismo: que este basa su acumulación en el trabajo no pagado de la reproducción. Que ese trabajo tiene un valor económico, que debe ser reconocido y que en su mayoría, es un trabajo ejercido por mujeres y disidencias sociales.

Pandemia, referéndum y las preguntas de los feminismos

En medio de la pandemia de 2020, se desarrolló la discusión por la nueva constitución a la vista del referéndum que se realizó el 26 de octubre de 2020. En esa discusión, los feminismos tomaron diversos posicionamientos, ya que urgía llenar de sentido crítico al sentido común. Ese que decía que las mujeres eran sujetos de derecho, que tenían el poder en las manos, que podían acusar al “violador en tu camino”. Que el feminismo se hiciera sentido común, pero ¿cómo construir una constitución feminista en el contexto actual? ¿Cuál sería una institucionalidad pensada desde los diversos feminismos? ¿Cómo podría escribirse una constitución que delinee una sociedad que no tiene las respuestas sobre todas las áreas de experiencia ni sobre las posibilidades del futuro? ¿Cómo escribir una constitución, que es crear un cuerpo legal, bajo ese pensamiento que se basa en la crítica constante? ¿Cómo concebir un cuerpo legal que va a fijar, con una perspectiva que implica la revisión constante del feminismo?

Estas últimas preguntas representan una paradoja porque el feminismo ha demostrado que cuando se define una identidad determinada, se genera inmediatamente una exclusión, es decir se genera una acción o una práctica antifeminista. Un ejemplo de ello lo tenemos en las leyes contra la violencia de género, o en los protocolos sobre el acoso sexual en las universidades. Si recogemos el concepto de género desarrollado por la teoría feminista y que implica entenderlo como constitutivo de las relaciones de poder, llevarlo a que forme parte de un cuerpo legal, es complejo, porque cómo hacer para que lo que quede fijo no se transforme en una trampa en el futuro ejercicio del poder.

Una cuestión fundamental que hemos demandado las mujeres históricamente es la autonomía, y esa es una de las cuestiones que debería estar garantizada en una constitución. Esto significa la capacidad de las personas de tomar decisiones libres e informadas sobre sus vidas, que les permitan actuar según sus propias convicciones, aspiraciones y deseos en un contexto histórico dado. Para las mujeres y disidencias implica por lo menos tres cosas: autonomía física que es la libertad de tomar decisiones acerca de su sexualidad, reproducción y el derecho a vivir una vida libre de violencia; autonomía económica: derecho a trabajar y ganar su propio ingreso, a su patrimonio y a la distribución del trabajo remunerado y no remunerado entre mujeres y hombres, y autonomía en la adopción de decisiones que es la participación de las mujeres en los procesos de toma decisiones que las afectan a ellas y al entorno, tanto en el ámbito político como en el económico, social y cultural; en el sector público y en el privado.

Si se revisan las demandas feministas en Chile de los años 30, se verá que estos temas forman parte fundamental de organizaciones como el MEMCH (Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile). Pero, además, estaban presentes en todas las iniciativas legales que desarrollaron estas antepasadas feministas, incluyendo el proyecto para el reconocimiento del voto para las mujeres.

Recogiendo la diversidad de feminismos de la actualidad, se han planteado varias ideas, preguntas y propuestas para una constitución feminista. Por ejemplo, que se incorporen las mujeres en el proceso de su elaboración. Para algunas feministas esto se refiere a la paridad. El punto de esta incorporación necesaria de las mujeres es contribuir a superar las desigualdades de género que existen en la sociedad. Ello se logró en las negociaciones posteriores entre los políticos sobre el acuerdo; sin embargo se consagró la desigualdad frente a los pueblos originarios y la inscripción de candidaturas independientes de constituyentes.

La igualdad sustantiva, algunas respuestas

Hay un concepto que es el de la igualdad sustantiva: esta significa que el Estado tome medidas afirmativas necesarias para que las personas superen las desigualdades estructurales. Es decir que no basta con una declaración formal de igualdad.

Un tema fundamental para el feminismo es proponer un modelo económico que ponga en el centro de su actividad la sostenibilidad de la vida. Esto implica reconocer el aporte que realizan las mujeres a la economía del país, de las labores feminizadas como el cuidado. Aquí está en juego la reproducción de la vida que no implica parir, implica todas las labores que permiten que la vida se desarrolle y que son la base de las actividades productivas, ¿quién hace la comida mientras otros están en la construcción, o enseñando, o escribiendo, o repartiendo?

Relacionado con esto, está el tema de la necesidad de una maternidad social: mientras las mujeres tengamos el peso cultural de la crianza, debemos pagar los “costos” de la maternidad, paradójicamente necesaria para la continuidad de la vida. Y somos solo nosotras las que por ser madres seamos “más caras” para el sistema, “más problemáticas” para contratar en el trabajo, etcétera.

El tema económico en la constitución implica superar el efecto de una constitución centrada en el esfuerzo individual, que afecta a las mujeres particularmente: si las mujeres son las encargadas de mantener a la familia, los programas sociales se centran en el apoyo a las mujeres, pero desde una responsabilidad individual (si no cumple, si no le alcanza el subsidio, si no postuló al subsidio porque no tiene acceso… es una mala madre), en vez de ser una responsabilidad colectiva y social, que garantice el derecho de una crianza y cuidado social.

Para los feminismos se hace necesario consagrar un catálogo de derechos específicos para niñas, mujeres y disidencias, ya que el reconocimiento no debe ser solo simbólico, sino real. Se debería incorporar otros “nuevos” como el derecho a una vida libre de violencia machista, derechos sexuales y reproductivos y el derecho al trabajo de mujeres y hombres en igualdad de condiciones, dignificando el trabajo de todas, todos y todes.

Por otra parte, haciendo eco de las alianzas históricas del feminismo, se plantea la cuestión de la plurinacionalidad, esto es el reconocimiento de la existencia de diversas naciones en el territorio y su derecho a la autodeterminación, así como la definición colectiva de la forma de relación entre los pueblos y el Estado de Chile. Haciendo una mirada panorámica de las propuestas feministas para una nueva constitución, esta debería contener la paridad, la igualdad sustantiva, la laicidad, la inclusión, la pluralidad, la sostenibilidad, la justicia, la libertad, la interseccionalidad, los derechos humanos y la participación social.

Que el feminismo se haga palabra y sentido común es la aspiración tanto de les feministas que apoyan el nuevo proceso constituyente desde una mirada crítica y alerta, como de quienes no. Un sentido común que incluye el examen constante a las instituciones y a la institucionalidad. Un sentido común que es capaz de revisar y revisarse constantemente en las violencias cotidianas que sufre más de la mitad de la población. Un sentido común que no está relacionado con oportunismos políticos, sino con la profunda convicción de que el mundo siempre puede ser de otra forma.

Grupo de Investigación y Lecturas Feministas de Valparaíso. Calle Cochrane, Valparaíso, 8 de marzo de 2020.
Claudia Montero. Docente, investigadora, historiadora, teórica feminista. Lic. en Historia, U. de Santiago de Chile. Mg. en Estudios Latinoamericanos, U. de Chile y por  la U. de Salamanca. Doctora en Estudios Latinoamericanos, U. de Chile. Ha sido profesora visitante en la U. de Essex, Inglaterra, y la U. Central de Michigan, EE UU. Es profesora Titular del Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la U. de Valparaíso. Directora del proyecto Prensa de Mujeres Chilenas (prensademujeres.cl). Ha publicado: “Feminism in the Southern Cone in women’s periodical press 1900-1930” (2018), “Tres elementos para entender la educación no sexista” (2019), “Mujer, maternidad y familia: Las editoras de prensa y su influencia en la construcción del discursos en Chile a fin del siglo XIX” (2020), "La prensa política de mujeres en el Cono Sur 1900-1950" (2020), entre otros muchos artículos. Autora del libro: Y también hicieron periódicos. Cien años de prensa de mujeres en Chile 1850-1950 (Santiago, Hueders, 2018). Una versión del presente trabajo, que publicamos en La Antorcha Magacín, apareció en Postdictum. La emergencia Constituyente. Ediciones A89, Valdivia 2021, pp. 59-68.

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