Nunca tuve un cuarto propio

Fernanda Meza

©La Antorcha Magacín # 5

I

al animal que habito

La habitación es un mapa repleto de papel apilado en monton­citos de distinto grosor y tamaño. La ventana en portal de luz entrega haces, columnas cobran vida al posarse sobre objetos organizados en ese espacio levemente abandonado. El parlan­te suena y las máquinas imprimen en extensión de la papelería revuelta, concluyen en su propia expansión, la de mi brazo.

El pliegue se siente como una cueva, ya lo es mi cuerpo rocoso, delineado a base de fluidos se mantiene en pie, apare­cen las paredes y es la casa una fortaleza ilusa. Sentarme en el estancamiento a pensar en nada, la impresora interrumpe, se abre y cierra suavemente. Dispuesta espera ser usada, sin cul­pa las hojas nacen tibias, nuestros objetos y su orden develan secretos, nos expone como un espacio vacío.

Peluda la alfombra abraza los pies descalzos, entremedio de sus pelos encuentro tesoros: migas de pan, pelusas, bolitas de papel, pelotas que la gata mueve por la casa. Saco la basura, lavo la loza del día anterior, retiro el polvo, guardo los platos, cocino. Actos acumulativos, explotadores, no soy capaz de controlar mi huella de carbono y es por esto, entre otras cosas, que me odio.

Encontré un pequeño conejo tirado en la pieza, era una cría, gris y blanco, con los dientes saliendo a modo de extremi­dad, la gata se lava la pata a su lado. Tomo una pala de la casa de un vecino y procedo a hacer un hoyo bajo un geranio, una vez alcanzada la profundidad lanzo flores arriba de la mortaja. Observo las habas y las espinacas, suculentas sobre la arena, distingo las voces de algunos pájaros; cachuditos y zorzales, chercanes y jilgueros.

Los bichos entran en el inventario: tijeretas, pulgas, moscas, escarabajos y arañas. Ayer una pulga se paseó por mi cuer­po, pensé es una hormiga y solo atiné a rascarme. Al rato la sentí caminando por la espalda. Palpar en su búsqueda, quise dejarla vivir, sin embargo, la asfixié con mis torpes dedos. Des­tripada asoman sus huevos, se alimentan los parásitos, yo mis­ma, es mi sangre la que sale de su cuerpo ¿lograré entender la muerte como un regalo?

Dibujo ritos en silencio, flores yacen en un altar, marchitas emulan a las vírgenes. Grutas adornadas con estampitas, en­redaderas chinas cubren parte de una roca, es mi cuerpo. Las velas no duran prendidas, las vigilo durante el rezo, mentalizo con ahínco deseos egoístas. El viento intenta entrar en la casa, truena su cuerpo y afuera es dueño de mover a su antojo el pai­saje. Remolinos levantan plantas al pasar, papeles de helados, envoltorios de carne y botellas plásticas dan choques al alzarse entre la brisa.

Recurro a la misma pesadilla, las vueltas interrumpidas re­cogen las sábanas, un enorme chincol se quedó mirándome, justo en ese instante nos cruzamos, nuestros ojos. Transportada al interior del ave me veo frente a ella, ambas totalmente inmó­viles. Aferrada dentro de ella mantenemos el ensueño, en pacto accedo al espacio entre quien visita y quien es visitado, a la metamorfosis. Un fantasma en el espejo muestra escenas de mi vida, de lo que escapo, la habitación me protege, se transforma en mi cuerpo, lo abrazo y me repito mi interior es mi hogar y mi carne también.

II

a mis tías

Hermanas, la sangre siente la infancia sin mamá, no entendie­ron el amor como génesis: entre cada una camina el silencio, desprenderse del destino es en verdad tan incorrecto. Las mon­tañas de la precordillera construyen un Santiago a finales de los 60, peñalolén más campo que ciudad recibe una enorme mi­gración de familias, alberga niños y niñas corriendo en calles de tierra entre algunas casuchas de madera que comienzan a crecer como hongos. En la calle valle hermoso se alza un co­legio y un consultorio, una precaria cancha, variadas yerbas se asoman de las casas. Por la puerta sale el cajón con la madre, los adultos se van con ella.

La primera hermana, la Miriam, a sus 15 carga con la crian­za de sus hermanos menores, convive con la epilepsia como emblema. La vida no le sonríe, apenas puede se casa con el taxista. Nace una niña mientras cuida a toda su nueva familia, una anciana y sus hijos con daños neuronales doblegan su há­bito de maternar, la sentencia está dada y el hombre por el que cambió su vida la violenta en boca y golpes, con Dios de su lado te enseña el camino, y tras romperte un palo en la cabeza dijo estaba loco de amor. Se desprende de la sentencia deja todo, vuelve al inicio: mamámater.

La segunda, la Rosa y no por eso menos violáceo el rela­to, a los 14 sustentar un hogar quebrado, salir a la fábrica de calcetas donde luego se incorpora la primera y la tercera y la cuarta, llevar el pan, los zapatos, las caricias. La vecina que le consiguió la pega, le repetía despacito ustedes son chicos que no sepan que están solos. Al crecer los niños logra irse del nido y formar el suyo propio. Tras más de veinte años en una casita pareada intenta olvidar cuando dijo hasta que la muerte nos separe. El miedo a salir de ahí, verse sola y llena de críos, mejor los llevas a jugar basketball y te armas una vida en la cancha, rebotas fuerte la pelota, así los moretones no se notan. Te dice tres hijos no es nada, exiliada a la pieza de tus hijos solo queda el menor, junto a él la memoria pierde su uso al igual que la tiroides. Encuentras la desigualdad y a cuotas aguantas las deu­das, el cansancio, al pequeño pasaje enrejado lo pierdes en tu cabeza como los poquitos recuerdos de infancia conservados.

La tercera, la mona, de niña criada por niñas se para ante el aliento a alcohol del hombre que construyó una casa y engen­dró su vientre, su vida porfía en estruendo le dice no al desig­nio, al decir no es lo que quiero no da el brazo a torcer. Luchó individua ante la vida y tu hija, más el marido no fue necesa­rio. Solterona preferiste risas ante la evidencia de los golpes de esa bestia, no fue capaz de contener. Inquieta criaste sobrinos e hijos de tus jefes como nana puertas adentro contándonos cuentos para ser libres.

La cuarta, mi madre, Cecilia no recuerda el rostro de su madre, la más pequeña se aferra a la niñez. Tu mente de aire te une al amor, rompe el legado y la violencia. Aliada de nosotros, los niños, juega al ritmo de los gritos y payasadas. El cáncer casi la vence pero no pudo, el calanchoe y la dieta nueva le recordaron volver a vivir, la piscina ayuda a la evasión de estar enferma y ayudar a los sobrinos a cuidar a su hermana. Todas las tardes se sientan en el patio a la sombra a dibujar letras y escribir listas.

Pequeños se cruzan los recuerdos del mal amor y la niñez sin adultos. Las encuentro a las mayores y las pequeñas en una mesa llena de relatos. Despojado el nido fue de pichones sin idea de cómo amarse ni como amar, sin saber lo que querían se apiñaron entre plumas jóvenes y evitaron el Sename en res­puesta al abandono. Tres crías y las dos adolescentes se sientan frente al brasero a comer ciruelas, los regalos son calcetines y gallinas que el vecino hijo del pastor entregaba por la pande­reta cuando su padre el pastor se descuida. Y así en mamatriar­cado se acurrucan las pobrezas y los llantos, el patio lleno de plantas, lo secan al alcanzar algún recuerdo perdido en la et­nografía familiar. Cuatro niñas y un niño que en plenos setentas caminan a la escuela en la parroquia San Judas Tadeo en busca del desayuno, con la ilusión de que al volver aún haya casa.

III

a la mariela

Cuando te veo de lejos saludas con la mano, en tu rostro ido se dibuja una sonrisa, la nariz arrugada y los ojos chiquitos, siempre arregladita me dices mientras hablas de la tintura roja sobre tu pelo, ¿te cortaí el pelo sola? preguntas y no escuchas la respuesta. Me confundes con la vecina de más arriba, estabas contenta porque fuiste a la peluquería. Al irte rapidito dices es­tán bravos hablas de lejos pero despacio así no escucha nadie más. Los habitantes de la higuera cortada buscan espacio en los peldaños a plena pasada, cada estación el árbol se transfor­ma. Las brevas y los higos ofician de albergue, prenden la pipa, tiran el humo, es más constante su techo de hojas al ejército de salvación donde solo piden pilchas para capear la noche. La escalera cambia siempre, hace un tiempo que una animita es lo central, un narco murió y su familia empleó a los pasteros para su construcción, estos levantaron una banca y unas repisas a los costados del monumento. Cubierta de recuerdos y velas, fotografías e insignias del Wanderers son bañadas en dorada por favor concedido. Normalmente la familia está asomada por un balcón en control de esa vía comen completos asomados por la angosta propiedad. Sobre un trozo de quebrada la casa agarrada a la calle Villagrán, en frente de ella la plaza Echau­rren y el vacío de un gran incendio que quemó gran parte del centro histórico.

El ascensor cordillera está maldito, se va a caer dicen, mu­chos vecinos decidieron no volver a ir al plan hasta que lo arreglen, las piernas no les dan y el olor a pasta los deja per­didos, agarrados a la bolsa del pan se pierden camino a sus casas, a nadie le gusta subir por ahí. A la Mariela le gustan las escaleras, se asoma a todas las que hay repartidas por el barrio, la del cerro toro, hasta a la del cerro artillería aunque prefiere ser una plantita. Agarrada de raíz juega a la maleza entre clave y Villagrán, nutre sus bracitos, se mueve al ritmo de las micros. Tararea y sonríe mostrando los espacios entre sus dientes a las vecinas, te ríes a carcajadas diciéndoles a todas no hay futuro y entras en todas las cabezas que te conforman. Terminas bailan­do a cada hora del día diciéndoles a las viejas, no hay mañana, ni hoy, ni nunca.

Acaba la noche con la mano congelada y a lo mejor piensas en tus hijos e hijas. Peinarles mientras dibujan en una mesa limpia, salir a pasear por clave con la carita levantada, bailan­do juntas. Sola te encontraste con esta luna creciente en pleno junio, traficante de ideas apareces jugando a la vida en un paso de cebra, y te reí nomás. No hay nada más que hacer cuando a las cinco de la mañana solo luces y otras y otros como tú, cruzan la calle con roja. No miran atrás porque como tú, no se recuerdan a ellos mismos, ni a sus madres, ni a sus padres.

Se mueven con lo puesto en un loop de calles, sin memoria te miras en parca fucsia.

Caminas a la luz perfecta al cosechar el frío, levantas tro­zos de las calles al gritar los voy a matar a todos y vuelves a tu mirada ida. Todos los días son igual de diminutos para ti, se mezclan en tu carita avejentada, cantas fuerte, llena de rabia, los boleros te despiertan entre heridas hechas de madrugadas. Juegas a cruzar la calle, te escurres en la esquina de la pla­za, doblas por Blanco, mocheas en la puerta de una tokata. Te agarras fuerte a las vigas de contención de un viejo edificio en ruinas, resuenan baterías al ritmo de tu hazaña, das giros sobre tus piernas heridas de tanto colgarte en andamios.

Pódcast: Daniella Lillo Traverso


Fernanda Meza (Santiago, 1988). Escritora, editora. En Santiago, entre los años 2014 y 2017, participa en el Colectivo Poético Agua Maldita y el colectivo interdisciplinario Bloke Simbiótico. En Valparaíso cola­bora con diversas revistas locales de poesía, arte y filosofía; también desde la crónica en el medio virtual Plataforma Crítica. Actualmente es parte de Histeria Editorial, espacio enfocado en la selección y re­cuperación de escritura de mujeres y disidencias. Ha sido publica­da en la antología Parias, poetas y borrachos (Editorial Anagénesis, 2016) y en Verosímiles (Centex, 2020), libro final del taller Formas de la Prosa. Además, publicó un adelanto homónimo del presente libro en 2019, con Histeria Editorial.

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