El mudo

Silvana González Vásquez

©La Antorcha Magacín # 5

Nos encontramos en el mismo parque. Me lo pidió con pocas palabras. Tenía el mensaje garabateado en una boleta de super­mercado. Lo escribí mostrando letra por letra. Pero no parecía interesado en resolver el origen de las palabras. Conectas así la C con la O. La “Y” es griega, “y” se dibuja como una flecha.

Ante nuestros cuerpos se alzaba un jardín como un manto reflejando grullas metálicas. Estuvimos cerca de una hora en la micro sin vernos, viajando al mismo velorio. Atravesamos varios arcos de puente, que cruzó gente aún en vida. Afuera del cementerio vendían ciertamente arreglos mucho más baratos, que los que traíamos entre las piernas, con el brazo duro de apalear los cuerpos que amenazaban rozar las flores.

Ellas vienen de Bogotá, Colombia, viajando en macetas, in­tactas, rociadas frecuentemente. Se trasladan desde el puerto, en un camión que planta una imagen de mujer sonriente en su frontis. No pisan Santiago, se vienen directamente a los pues­tos en Valparaíso. Se abre el camión y un joven las va descar­gando. Toca firmar una factura que se esfuma en segundos. El camión parte. Las flores se remecen, se limpian un poco. Y una vez dispuestas en los tarros, son seleccionadas por un pedido hacia un velorio. Las engarzamos en sus nuevas posiciones en las esponjas de los arreglos. Traslado hasta el cementerio.

Jardín iluminado con sol propio, pagado para asombrar a todos quienes despiden como manadas de pingüinos lejanos una urna. Manadas acarreando una caja, silueta negra entre un pasto realmente verde, mojado por el constante riegue au­tomático. Una construcción de terminaciones encementadas, de ángulos siempre redondos. Poca escalera, sin pomos en las puertas, en el baño un espejo del porte de la muralla, fijado con demasiados pernos. Ornamentación basada en algunas le­tras con significados entendidos bajo algún contexto. Variadas señaléticas de peligro, de EXIT, y de salida de emergencia. Al­fombras claras en el piso, en las escalas, debajo de las mesas, en las mesas, alfombras hasta en la entrada al wáter; como método de cerciorarse quizás, que ojalá nadie se muera ahí, en el cementerio de Concón.

Sobre una mesita repleta de arreglos chorreantes pedí al mudo que me dictara primero el remitente.

Veníamos en la micro y con la experiencia de los años el hombre mudo del puesto de al lado sujetaba con una sola pal­ma una corona blanca y con la otra un pequeño ramo, la mi­rada sobre alguna otra cosa que se escondiera al parecer entre los reflejos del vidrio que recubre la espalda del chofer. Tal vez, asientos más atrás, mi reconocible y básico arreglo.

Miró con los ojos apretados el techo tratando de recordar algo. ¿Qué te tocó a ti?, yo tengo a la hermana. Tengo un fami­liar también pero lejano. No pidió nada especial.

–Ah.

Usaba un polerón de huinchas rayadas. Apretó el papel y sin mirar a nadie quiso devolverse a tomar la micro de vuelta. No me esperó, sino que apuró el paso para alcanzarla antes que yo.

En una sala que se miraba en sí misma por la brillante cera repartida en todos lados, un grupo de personas guardaba un si­lencio oscilante acabado a ratos por murmullos. En la grandeza del cajón se sumaba la extinción simultánea de unos quince arreglos distintos. Amurallando el suceso. Casi tapándolo.

Lo pidió sin decírmelo, con gestos de mano gruesa me en­tregó un lápiz de mina que tenía en el bolsillo. Se acordaba clarito del mensaje, que recitó al fin con los ojos centrados en el cielo nuevamente, esta vez con Dios expectante en el techo de la iglesia. Venía reteniéndolo. Con mucha pasión de mi do­lor, siempre te recordaremos hermano, hijo y padre nombre completo del remitente, dirección y nombre del fallecido. Todo mencionado con intervalos que amontonaban frases para un lado y luego para el otro.

Entendí por qué siempre la matriarca lo tenía pelando hojas. El mudo siempre llega a las siete y media.

Con esos mismos ojos clavados en el cielo sostuvo una hoja contra su pecho un día en que el gato del bar-restaurant pasó corriendo con un pájaro en el hocico. Yo dibujaba en ese momento las siluetas de la plaza. El gato dio un salto arriba del mesón interrumpiéndome y ahí mismo se esparcieron un montón de plumas. El mudo se acercó gimiendo, con sus ojos ahora muy pequeños, casi llorando. Con agilidad tomó al gato del cuello, que abrió su hocico por acción rebote. El pájaro, resultó ser un pequeño chincol; saltó, miró con ojitos también redondos y alzó rápidamente el vuelo. El mudo se me acercó con lágrimas en los ojos y me dijo que para él los chincoles siempre han sido su madre, transformada y emplumada que viene a visitarlo. Así le dijo ella que volvería algún día a este mundo para verlo.

El mudo es el mejor repartidor de toda la pérgola, no podría intervenir jamás los mensajes. No puede ni le interesa hacerlo. Tampoco sacar conclusiones falsas. Solo dirigirse al cemente­rio, disfrutar del viaje; tomar el sol en las calles que rodean el lugar, mirar los rostros dolidos y por dentro sentirse parte de un ciclo superior, casi una redención para la otra vida.

Nos encontramos igual en la micro de vuelta, él mirando siempre la ventana, con los brazos cruzados, ahora relajado y dispuesto a hablar. Le tiene pudor a la muerte. Con los panta­lones arrugados sobre los zapatos, pareciera que no le interesa nada. Pero sí me dijo durante el viaje, muy entrecortado y a la vez, respetuoso de no mirarme directo a los ojos, que algún día cuando él se muriera le gustaría que alguien escribiera algo en un arreglo. Algo como: Siempre cumplió su labor antes que sus deseos. Eso imagino yo, porque el mudo no habla casi nada. El mudo no es mudo, sino que el no saber leer lo ha sumido en la mudeza. Tampoco sabe escribir. Por eso desde ahora siempre me pide con una seña que le escriba los mensajes, ojalá sin faltas para que no lo reten más. Ha intentado hacerlo algu­nas veces él solo, copiando los difusos símbolos. Imitando los anuncios de la tele. Repitiendo las formas de las letras que ve garabateados en las boletas.

Pódcast: Daniella Lillo Traverso


Fotografía © Kika Francisca González.
Silvana González Vásquez (Limache, 1995). Licenciada en Arte de la Universidad de Playa Ancha. Cursó el diplomado de escritura de la Universidad Católica de Valparaíso. En 2019, es admitida en el Taller de La Sebastiana, taller LET de Balmaceda Arte Joven y TIP de librería Concreto Azul. Durante ese año es invitada a participar en Maraña: Festival de Poesía Joven, y su posterior publicación por Alquimia Edi­ciones. Desde 2020, escribe textos en Plataforma Crítica de Balmace­da Arte Joven Valparaíso. Ganadora del premio Roberto Bolaño 2021 con su obra Humedad.

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