Dos hermanas

©La Antorcha Magacín # 5.

Mauricio Tapia Rojo

El padre las abandonó sin mentiras de por medio. No se fue a trabajar a otra ciudad. No fue a comprar cigarros. No tenía otra familia. Simplemente se fue. Dejó un té servido en la mesa de centro, se paró y se fue. Ellas, las hijas, ni lo notaron. La mayor estaba en el segundo piso, en su pieza, preparando un informe para la universidad. La menor estaba en el living jugando Brawl Stars en su celular. La mayor pensó que el padre había ido a comprar, porque siempre salía de la casa sin avisar y llegaba con cositas ricas. La menor pensó que fue a fumarse un pucho a escondidas a la esquina. Eran los primeros días de junio del famoso dos mil veinte. El invierno se sentía más frío que nunca. Las plantas se estaban comportando de una forma extraña.

La mayor tenía veinticuatro. Estaba terminando su tesis. En ese momento se sentía media arrepentida del tema que eligió. También lo estaba de trabajar con la Sandra. Cuando estaba en los primeros años pensaba que su tesis debía ser algo impor­tante, pero después fue cachando que todas terminaban en la parte más oscura de la biblioteca de la U. Sin mucho ánimo revisaba la bibliografía, corroboraba datos, y cuando se aburría se ponía a jugar Pokémon Rojo Fuego. Su pokémon inicial fue Squirtle. La menor tenía diecinueve. Salió de cuarto medio hace dos años. No perdió su tiempo. En su primer año “libre” hizo un pre y trabajó de empaque en un Tottus cerca de la casa. Su segundo año era este. El dos mil veinte, el famoso dos mil veinte. La menor no pudo dar la PSU porque ese día estaban haciendo barricadas afuera del colegio. Eso a la menor le dio lo mismo. Ella pensaba que la educación en Chile valía callampa. Pensaba que ninguna prueba podía medir que tan bacán era. Pensaba que la universidad debería ser gratis para todos. Pero en el fondo pensaba “para qué estudiar si el mundo se está cayendo a pedazos”.

–¿Qué onda el papá? Todavía no ha llegado, pregunta la mayor.

–No sé, raro igual. Cuando sale siempre llega como a esta hora, responde la menor.

–Dejó un té servido, dice la mayor.

–¿Te fijaste si se llevó la mascarilla? pregunta la menor.

–Sí, se la llevó. ¿Qué onda mi papá?, pregunta la mayor asustada, casi susurrando.

El dos mil veinte. El famoso dos mil veinte. Tanto el padre como las hermanas ya no sabían cuántos días de cuarentena llevaban. Afuera todo seguía casi normal, pero con grandes manchones de desesperanza. Cada semana era como un gran domingo de invierno.

La cuarentena para muchos debía ser voluntaria. En la casa del padre y las hermanas ninguno salía a menos que fueran a comprar pan o a hacer la compra mensual de mercadería. Por eso era extraño que el padre se haya ido, así como así, y más extraño aún era que se haya llevado la mascarilla. La mayor fue a preguntarles a los vecinos si lo habían visto por ahí cerca. Todos le dijeron que no. Todos menos el Donatello. El Donate­llo era uno de los amigos de la infancia de su papá. Le decían así porque tenía cara de tortuga. Donatello, con su voz grave, le dijo a la mayor que estuviese tranquila, que estuviesen tran­quilas las dos. “Tu papá está bien”. “Me dijo que yo estuviera atento por si ustedes necesitan algo”. ¿Te dijo algo más? Le pre­guntó un tanto molesta la mayor. “Dijo que las iba a llamar”, mintió Donatello.

La mayor volvió la casa con un dolor naciendo en su pecho. Recibió un mensaje de Sandra por whatsapp. El mensaje decía que se le había olvidado contarle que en una hora tenían una reunión por Zoom con su profe de tesis. “Me estai hueviando” le escribió la mayor. Sandra le escribió mil mensajes tratando de explicarle la situación, acompañados con stickers de gatitos tristes. La mayor se molestó. Se irritó. Sintió los jugos gástricos en la garganta. La puteó, pero no se lo escribió, solo le respon­dió con un frío “ok”. “Qué onda el papá” pensó nuevamente en voz alta. Entró rápidamente a la casa y se metió al baño. Comenzó a maquillarse mientras la menor la rodeaba de pre­guntas. La mayor se miró al espejo, pero en verdad no se es­taba mirando. Su cabeza estaba poblada solo por las palabras “Papá”, “tesis” y “Sandra culiá”.

–El Donatello dijo que el papá nos va a llamar, que está bien. El hueón no me dijo mucho. Andaba medio raro. Bueno, ese hueón siempre ha sido raro. Cacha que la Sandra culiá recién me viene a avisar que tenemos reunión de tesis. Estoy odiando a esa hueona.

La menor, que conoce muy bien a su hermana, prefirió de­jarla sola. Bajó al primer piso y prendió la tele solo para que­brar el silencio. Tomó su celular y se puso a revisar historias de Instagram. Todos sus amigos compartieron imágenes y videos de las protestas en Estados Unidos, del space X saliendo de la tierra, de los violentos allanamientos a las comunidades mapu­che y memes sobre el ministro de salud. Estaba chata. Pensó en su padre. Fue a la cocina, encendió el hervidor de agua y se preparó un té. Le echó una ramita de canela y una cucharada de azúcar. Sintió el vapor en su frente. Le gustó la sensación. Tomó un sorbo, pero se quemó la lengua. Puso su teléfono a cargar. Pensó en su padre. En el segundo piso la mayor ya le contaba a su profesor los avances de la tesis. Volvió a pensar en su padre. Volvió al living. La menor dejó su taza de té en la mesa de centro, al lado de la de él, y salió de la casa. Se dirigió a la casa de Donatello. Eran las seis de la tarde, pero ya estaba oscuro. Hacía frío. La menor salió desabrigada. Perdió la costumbre de salir a esa hora de la casa. Al llegar a la casa de Donatello golpeó la reja con una piedra. Llamó seis veces al amigo de su padre y no contestó. Llamó seis veces más y el resultado fue el mismo. “¿Qué hueá mi papá?” pensó en voz alta. Desde la ventana del segundo piso de la casa conjunta se asomó una mujer mayor.

–Don Donatello salió. Lo vi salir hace un par de horas, al ratito que vino tu hermana.

La menor se sintió confundida. No le respondió nada a la vecina y caminó por el barrio. Olvidó ponerse la mascarilla. Pocos días después de comenzada la pandemia el municipio comenzó a hacer trabajos de alcantarillado. La calle principal que cortaba su barrio estaba destruida. Hoyos por todas par­tes. Máquinas retroexcavadoras estacionadas fuera de su pa­saje. Montañas de tierra. Trozos gigantes de cemento. Tubos de plástico enormes. Los gatos del barrio jugaban entre todo ese caos. Hace poco había llovido. Barriales y pozas de agua también adornaban el paisaje. Quiso tomar una foto con su celular, pero se dio cuenta que se le había quedado en la casa. En todo caso la oscuridad se hubiese comido toda la imagen, pensó. Caminó con la esperanza de encontrarse al padre en las afueras de la botillería, o comiéndose un completo en el carrito de los vecinos. Nada. Pudo ver como de algunas casas brotaba el humo de las “Boscas”. Odiaba las “Boscas”. Pensó en su madre. Hace unos diez años atrás, en septiembre, se fue de la misma manera que lo hizo el padre. Ese día su padre las fue a buscar al colegio en el colectivo que manejaba. Al llegar a la casa todo rastro de la madre había desaparecido. Ropas. Cosméticos. Libros. Plantas. Nunca supieron qué había pasa­do. Nunca más supieron de ella. Pensó que quizás en diez años más sería su hermana quien se iría sin despedirse. Esa imagen mental le dio risa y pánico al mismo tiempo.

Mientras la menor vagaba por las frías calles de El Belloto, la mayor se enfrascaba en una eterna e inerte discusión por telé­fono con Sandra. “Me tení chata” “Siempre supe que tenía que hacer la tesis sola” “Pero hueona cómo se te ocurre mentirle al profe si ni siquiera hemos hecho esas encuestas” “¡Cómo querí que me relaje!” “La media perso” “Sabí que mejor ¡ándate a la chucha!”. La mayor cortó la conversación y lanzó su celular de pura rabia. Se tomó con ambas manos la cabeza. Llamó a viva voz a la menor, pero esta no respondió. Bajó al primer piso y encontró las luces apagadas y el televisor encendido. Su hermana no estaba. Se dio cuenta que ahora había dos té fríos servidos sobre la mesa de centro. La mayor se asustó. Sonó su celular en el segundo piso. Subió con la esperanza de que fue­ra su padre o su hermana quien llamaba. Era Sandra. La mayor se irritó y bajó molesta al primer piso. Notó que la mascarilla de la menor estaba sobre uno de los sillones. La mascarilla era negra y tenía un estampado que imitaba la boca de un osito de pelu­che. Hacía frío. Fue a la cocina, encendió el hervidor de agua y se preparó un té. No le echó azúcar. Sintió el vapor en su frente. Siempre le molestó esa sensación. Tomó un sorbo, pero se quemó la lengua. Pensó en su padre. Pensó en su hermana. Tomó su celular. Ignoró las doce llamadas perdidas de Sandra. “Sandra culiá” pensó en voz alta. Llamó a su hermana. Desde la cocina escuchó “Triumph of a Heart” de Björk, el ringtone de la menor. La menor la descubrió hace poco y está media obse­sionada. “Cresta” pensó en voz alta. Dejó su celular en la mesa sin colgar. No lo notó. Hacía frío. La canción siguió sonando mientras torpemente se ponía una chaqueta, una bufanda y la mascarilla. Algo la aterró. Tomó las llaves y salió de la casa. Estaba todo muy oscuro. Vio a los gatos jugar entre el caos, las montañas de tierra mojada, las pozas y las máquinas retroexca­vadoras. La canción de Björk aún sonaba en su cabeza. Todo lo que le cupo en la mirada formaba un laberinto. Quizás su padre y su hermana se perdieron en él.

Pódcast: Daniella Lillo Traverso


Mauricio Tapia Rojo (Quilpué, 1988). Escritor, docente, editor. Licen­ciado en Pedagogía en Castellano por la Universidad de Playa Ancha. Ha sido finalista de los siguientes concursos de cuentos: “Luna Ne­gra” de relatos policiales, convocado por la editorial española Lengua de Trapo (2010); y “Letras Sub 30”, auspiciado por la Fundación Cul­tural de Providencia, que integra Chambelán Superstar y otros cuen­tos (Ediciones B, 2016). Publicó los libros Semiótica de la torpeza (poesía, 2017) y Zapping (cuento, 2019). Fue seleccionado para el fanzine Nuestro Fuego editado en Chile y Estados Unidos por la Edi­torial Negra. A su vez, fue coeditor de Bathory Ediciones de Quilpué. Cuando niño quería ser un Power Ranger.

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