Mariátegui y Valcárcel. Rebelión indígena y estética

Mariátegui quería construir la efigie del ser indio con el occidental contemporáneo, no cayendo en un tradicionalismo reaccionario, sino que, por el contrario, en la creación de una nueva visión de cultura, que adquiera esta fuerza creadora indígena y que la utilice como herramientas de combate de occidente frente al usurpador, el cual, es visualizado en el imperialismo, el gamonalismo y el capitalismo.

Gonzalo Jara Townsend

José Sabogal. India Colla, 1928, xilografia.

Mariátegui y Valcárcel tuvieron una interesante relación epistolar en el ámbito editorial, político e intelectual. En el primer punto, el interés se puede presentar en la publicación del libro Tempestad en los andes (1927) y en la circulación de la revista Amauta. El texto de Valcárcel era de sumo interés para Mariátegui, por este motivo, fue uno de los autores que publica y que fomenta con más fuerza por medio de la Editorial Minerva. En una carta del 21 de septiembre de 1925 Valcárcel demuestra su admiración a Mariátegui y, a la vez, le deja claro su proyecto intelectual. Escribe Valcárcel:

No quisiera reproducir aquí lo que he dicho muchas veces: Mariátegui salva el honor de la intelectualidad peruana en el desierto de la inteligencia que es la actual prensa del Perú […] Estoy en el empeño de demostrar dos cosas: primero; el altísimo valor de la cultura inkaika junto a las grandes culturas del globo. Segundo: la supervivencia de El inkario sin el inka (Melis, 1984:98)  

Ya en el año 1926, Valcárcel entregaba los borradores de Tempestad en los Andes (1927) a Mariátegui, ofreciéndole el 11 de julio del mismo año “el capítulo que le parezca” del libro para el primer número de Amauta. Desde ese momento hacia delante, Valcárcel está siempre pendiente de la circulación de la revista en su región. Este último era de alguna forma parte del movimiento vanguardista que Mariátegui estaba impulsando. Esto lo manifiesta en una carta de 19 de octubre de 1928 cuando pone al tanto a Valcárcel con las diferencias que se estaban dando con los apristas, informándole para que no se encuentre “desorientado”, adjuntándole una carta colectiva en donde Mariátegui se opone a ellos de acuerdo con su filiación doctrinal.

En otra epístola escrita en 1929, el amauta le comenta a Valcárcel que el escritor chileno Ernesto Montenegro (1885-1967) escribe sobre su texto en el New York Herald Tribune. A la vez, le comenta que envió a un crítico del New York Times su libro, este último, acusándole recibo, diciéndole que hablaría de Tempestad en los Andes en su sección de libros. También le informa que su texto saldrá comentado en el diario Monde, el cual era dirigido por Barbusse, al mismo tiempo que en The Nation dejo algunos nombres de colaboradores peruanos, entre ellos el de Valcárcel. Estos dos intelectuales tenían lecturas en común. El antropólogo le pide en una de sus cartas textos de Keyserling y libros en buena traducción de Marx y Sorel, los cuales Valcárcel ya había leído. 

En el año 1926, en el primer número de la revista Amauta, después de la famosa presentación hecha por Mariátegui en donde anunciaba que la revista era representante de una corriente, y que esta no es: “una tribuna abierta a todos los movimientos del espíritu […] No le hacemos ninguna concesión generalmente falaz de la tolerancia de ideas. Para nosotros hay ideas buenas e ideas malas” (Mariátegui, 1926: 1). Ya con esta afirmación podemos deducir que por los menos lo que aparecerá en el primer número no está puesto casualmente, sino por una necesidad de definir ciertas ideas “buenas” y descartar las “malas”. En la misma introducción de Amauta, se informa también que se verán los problemas del país de manera “doctrinaria y científica”y se aclara el nombre de la revista como aun homenaje a la raza incaica. Inmediatamente después de la presentación, Se adhiere el texto de ValcárcelTempestad en los Andes. Este da comienzo a la revista, y como ya pudimos observar antes, no está en ese sitio de manera inocente, muestra el ánimo de esta en relación con el indigenismo, no especificando las maneras en que será tratado, sino el arrojo o el espíritu con el cual Mariátegui quería que fuera enunciado.

José Sabogal, portada de Amauta. Lima n° 26, septiembre-octubre, 1929.

 Observemos Tempestad en los Andes en la revista Amauta[1]. El texto comienza con el subtítulo Como un ladrón en la noche. Valcárcel aquí notifica la nueva conciencia que se encuentra en “un silencio anunciador, en las tinieblas predecesoras” (Valcárcel, 1926: 2), esta conciencia ha despertado y es imperceptible para el occidente, es por eso qué el indio debe despertar a través de ella, pues es el único que la siente, ya que nace de él mismo, de su raza, y debe hacerse cargo de esta. Valcárcel nos entrega un texto de características vitalistas.  El antropólogo peruano nos habla de cómo lo que se creía muerto vuelve a tomar vida, las ideas y la cultura de los indios comienza a revivir de manera milagrosa “hay un milagro primaveral de las razas” (Valcárcel, 1926: 2). Valcárcel está llamando a la insurgencia indígena de manera poética, la cual no es ajena para él, ni para su generación. Él afirma que llegó el momento en que “la cultura debe bajar otra vez de los Andes” (Valcárcel, 1926:2), el “impulso vital” de los fundadores de una nueva civilización viene siempre desde las alturas. Los Andes y su cultura se convierten en imágenes redentoras de los pueblos oprimidos de todo América. El “avatar”, el mañana personificado, viene apareciendo rápidamente y este se encuentra según el intelectual indianista en la imagen del sol de las alturas de los Andes. Las razas nunca mueren, es el principio que hay que mantener, después de cinco siglos Valcárcel guarda su fe en el levantamiento. La insurrección indígena no es una propuesta solo material, es mítica, viene del culto a la tierra y pide la redención. La Pacha mama (también Valcárcel la comprende como tiempo y espacio) es un principio movilizador para los indios que se revela en el Perú y en América.

El antropólogo iguala al campesinado ruso con el pueblo indio de la sierra. Estaba consciente de los acontecimientos revolucionarios de Rusia, e igual que Mariátegui, creía que esta revolución más que ser un proceso era una necesidad vital de los pueblos oprimidos. Los indios en este momento crucial no tenían que dejarse cautivar por los movimientos que los veían paternalmente, como lo era la Pro-indígena de los Zulem. Valcárcel llama a la independencia total ante el blanco, reivindica un indianismo contrario al indigenismo en todas sus formas. Sus antiguos mitos agrarios son la base de su creencia.

Valcárcel entrega una fuerza mítica a los indios del Perú y América. Utiliza como imagen la tierra, la cordillera de los Andes, este espacio territorial guarda una mística-material para el pueblo indígena, pues de esta saca todo lo que entrega vida. El antirracionalismo en la visión de Valcárcel es evidente, las fuerzas mesiánicas y míticas se superponen a las fuerzas racionales. Su llamado de la tierra, que es la vitalidad misma del indio, se convierte en su élan vital.

Valcárcel le da un tinte poético de suma pureza a las reivindicaciones indígenas que, a la vez, se mezclan con las imágenes revolucionarias de oriente, en especial las que vienen de Rusia, haciéndole afirmar que: “el proletariado indígena espera por su Lenin”. Esta afirmación guarda la imagen de un levantamiento mesiánico, es la espera por un salvador que guiará a las masas, pero uno distinto, no occidental, ni oriental, sino que indoamericano. Lenin pasará a ser la imagen de un movilizador de masas, no la de un caudillo, como algunos lo quieren ver, es la imagen redentora del cual todavía no se presentaba algo asimilable en la realidad peruana.

El pensamiento mítico en Valcárcel es evidente, pero a la vez confuso, las estructuras vitalistas abundan y la recolección de imágenes movilizadores son muchas. Estas características propias de su filosofía confunden al occidental que se introduce en sus textos. Pero Valcárcel reivindica una imagen con fuerza, esta es la tierra de los indios, la cual, se presentará como la que lanza el llamado a la raza para su protección a través de su levantamiento. La tierra es la que entrega la vida al indio, dado que es su medio de subsistencia y esto se desarrolla en el trabajo comunitario producido en el ayllu. Valcárcel es padre del indianismo, a pesar de que él observa con esmero a un Lenin bajar de la sierra, para el antropólogo, este Lenin peruano no será un representante del comunismo occidental sino del comunismo indio.

Comprendiendo el pensamiento antropológico-poético-vitalista de Valcárcel, plasmado en Tempestad en los Andes. Podríamos afirmar que Mariátegui no lo acepta a cabalidad, ya que es una idea que no concuerda en muchos puntos con su proyecto político. Afirma que las ideas de Valcárcel dejan rienda suelta a la imaginación. Ni la civilización occidental está tan agotada y putrefacta como Valcárcel supone. Ni una vez adquiridas su experiencia, su técnica y sus ideas, el Perú puede renunciar místicamente a tan válidos y preciosos instrumentos para volver, con áspera intransigencia, a sus antiguos mitos agrarios… «La obra que ha escrito no es una obra teórica y crítica. Tiene algo de evangelio y hasta algo de apocalipsis. Es la obra de un creyente» (Mariátegui, 1972: 15).

Según la afirmación anterior no habría mucho que pedirle a Valcárcel. Pero hay algo que Mariátegui si reivindica del autor, y esto es su pensamiento mítico que estaba acorde con el que él proponía:

Aquí no están precisamente los principios de la revolución que restituirá a la raza indígena su sitio en la historia nacional; pero aquí están sus mitos. Y desde que el alto espíritu de Jorge Sorel, reaccionando contra el mediocre positivismo de que estaban contagiados los socialistas de su tiempo, descubrió el valor perenne del Mito en la formación de los grandes movimientos populares, sabemos muy bien que éste es un aspecto de la lucha que, dentro del más perfecto realismo, no debemos negligir ni subestimar (Mariátegui, 1972: 15).

José Sabogal. Cholita, 1925, xilograía.

Entonces podemos concluir que en Valcárcel está el “mito”, la imagen de un resurgimiento y de la rebelión indígena, eso lo acepta Mariátegui de manera cabal. Esta es una efigie que se debe elevar, construir y en el texto del antropólogo están estas características. Pero no solo eso, también este último le permite a Mariátegui erigir un impulso de rebelión junto a una estética, una imagen de rebelión no puede avanzar por si sola, debe tener una nueva forma de interpretar y leer al mundo, con las características movilizadoras que tienen las imágenes inkaikas. Esta estética estará en las imágenes que se representarán con fuerza en el arte, en la ortografía y la nueva forma de la construcción de un nuevo ser que tiene fragmentos milenarios. Todo esto se puede resumir en un sentido histórico-social de creación de una nueva potencia humana, que está a pasos de construir una nueva concepción de mundo, en donde las tradiciones se transformarán en el presente, no como una compleja abstracción, perpetuando un eterno devenir de formas que tienen como base el mundo indígena. Esto lo expresó muy bien en la estética de la revista Amauta y, también, en la idea de mezclar características occidentales con los inkaikas, tanto en el arte como en sus pretensiones políticas.

Valcárcel tenía preocupación por la reivindicación desde un punto de vista político insurreccional, pero también en lo estético, ya que sin esta no se podía dar la primera. Nos comenta en un texto llamado los indios artistas que aparece en Tempestad en los Andes que la estética del indio era “intuitiva” e “insustituible” y que durante la colonia esta decayó porque al indio convirtió simplemente en un “sirviente”, deteniendo con esto su intuición creativa y su fuerza creadora. Al final del texto Valcárcel recita lo siguiente “Renazcan las milenarias aptitudes. Vuelvan a florecer las artes populares: otra vez el indio artista produzca la belleza e indianice cuanto a sus manos tocan” (Valcárcel, 1972: 99). Mariátegui, quería peruanizar el Perú y para esto era necesario que la estética india lo acompañara, que volviera a tocar la construcción de la nueva generación, así como lo hacía Vallejo en su poesía, en lo nuevo había que tener algo de la clase oprimida y olvidada, para que lograra observarse un acontecimiento que llevaría al acto de la reconstrucción de la región sobre Bases nunca vistas.

Valcárcel escribe otro texto que se llama Rebeldía ortográfica, en donde nos comenta que existe una guerra en el ámbito estético-lingüístico que dará sentido al “nombrar”, reconstruir las palabras con el español de la colonia y los sonidos inkas, esto tenía que ser una forma de resistencia. Escribe Valcárcel:

Si, la guerra a la letra opresora: a la b y a la v, a la d y a la z, que no se usaron jamás; afuera la c bastarda y la x exótica y la g decadente y femenina, y la q equivoca, ambigua. Venga la K varonil y la W de las selvas germánicas y los desiertos egipcios y las llanuras tártaras. Usemos la J de los árabes […] escribamos inka y no inca: la nueva grafía será el símbolo de la emancipación (Valcárcel, 1972: 100).

Este es un interesante punto de Valcárcel, el que a grandes rasgos se nota poco importante y hasta inocente. Pero verdaderamente estaba sellando una pauta para la creación de lo nuevo, estaba dando el primer paso para lo que pretendía hacer posteriormente Mariátegui, es decir observar lo ancestral y poder mezclarlo con el mundo actual, no en su totalidad, sino que, en su forma, para que lograra tomar luego un contenido nuevo. El editor de Amauta utiliza esta rebelión ortográfica en algunas de las páginas Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928) y en el «Prólogo» a Tempestad en los Andes (1927), Mariátegui tiende a escribir inkas con k y no con c, de alguna manera siguiendo lo que había propuesto Valcárcel. Aquí mostraba su afinidad con esta idea de crear una nueva resistencia, había que cambiar los discursos, los actos, las formas y todo lo que podía llegar a construir una nueva visión de mundo. Una nueva estetización, creación de grafías que desarrollen nuevos enunciados y que construyan al hombre nuevo en América.

A manera de conclusión, podríamos afirmar que Mariátegui no acepta cabalmente a Valcárcel, lo reconoce en relación a sus representaciones, no en su contenido político, sino que en uno estético. Sus ideas no las compartía en general, pero acepta sus imágenes movilizadoras que en los textos de Valcárcel se manifestaba de manera explícita. Al no aceptar Mariátegui el ánimo mesiánico de uno de los padres del indianismo, prefiere manejarlo en su contenido estético constructivo, en la manera que él incitaba al indio a hacer suyo lo que le fue arrebatado. Mariátegui quería construir la efigie del ser indio con el occidental contemporáneo, no cayendo en un tradicionalismo reaccionario, sino que, por el contrario, en la creación de una nueva visión de cultura, que adquiera esta fuerza creadora indígena y que la utilice como herramientas de combate de occidente frente al usurpador, el cual, es visualizado en el imperialismo, el gamonalismo y el capitalismo. La idea de Valcárcel de reivindicar al “inkari sin el inka” es de sumo interés en estos últimos puntos. Al parecer Mariátegui es lo que pretende hacer, parte de la idea que el inka, ya no está, pero que puede volver a manifestarse nuevamente como impulso de rebelión y representación. Hay un interés en que emane una trasferencia que pueda reconstruir lo importante del pasado y unirlo con las herramientas del presente. En fin, crear la estética de una nueva cosmología, una nueva visión de mundo, una nueva praxis humana, la cual llevara a la insurrección y con ello a una indeterminación de lo que se es y finalmente instaurando una verdadera situación creativa de insurrección peruanizando al Perú.     

David Alfaro Siqueiros.José Carlos Mariátegui. Reproducida en Grito, México, abril de 1932.

Bibliografía

Mariátegui, José Carlos (1926) presentación de Amauta, en Revista Amauta, n°1, Lima, p 1.

Mariátegui, José Carlos (1972) Prologo a Tempestad en los Andes, en: Valcárcel, Luis (1972) Tempestad en los Andes, Lima: Editorial Universo

Melis, Antonio (1984) Correspondencia t. I,Lima: Biblioteca Amauta.

Valcárcel, Luis (1972) Tempestad en los Andes, Lima: Editorial Universo.

Valcárcel, Luis (1926) Tempestad en los Andes, en: Revista Amauta, n° 1, Lima, pp. 2-3.

NOTA

[1] Para tener un mayor conocimiento sobre lo que escribió Valcárcel en la Revista Amauta se invita a revisar la excelente investigación de Claudio Berríos Cavieres. Hacia una modernidad arcaica. Amauta, Mariátegui y la querella entorno al indigenismo, Valparaíso, Ediciones Inubicalistas: 2020.


Gonzalo Jara Townsend (Villa Alemana, 1984). Docente, investigador. Magíster en Filosofía, Universidad de Valparaíso. Doctorando en Filosofía, Universidad de Chile. Miembro del Centro de Estudios de Pensamiento Iberoamericano de la Universidad de Valparaíso y del Comité Consultivo de la Cátedra Mariátegui. Ha publicado en diversas revistas y participado en simposios y coloquios nacionales e internacionales. Publicó el libro Buceando en el abismo: una lectura de Pueblo-continente de Antenor Orrego (2020). El texto que incluimos fue leído el año 2020 en el "Simposio internacional José Carlos Mariátegui: 90 años de su paso a la historia", organizado por el Archivo José Carlos Mariátegui, Museo José Carlos Mariátegui y la Asociación Amigos de Mariátegui. [Lee otro artículo de Jara Townsend en La Antorcha Magacín aquí]

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