
Leer Pinocho es parte de la tarea de crianza. Y de criarnos a nosotros mismos en el terreno de las transformaciones y metamorfosis. Seres míticos que se vuelven cotidianos, que simulan estar muertos para darnos lecciones, animales que son más ilustrados que nuestra conciencia, cáscaras de pera que derrochan humildad, libros de lectura que se venden para poder vagar.
Yuri Carvajal Bañados
Si preguntas a un adulto por Pinocho, te dirá que lo ha leído. De acuerdo con mi olfato estadístico, es poco probable que siquiera haya ojeado el texto de Carlo Collodi. Seguramente considera que leer es haber pasado por una versión abreviada o incluso sólo haber visto la versión Disney.
Lamentable. El texto original es breve y se lee de un solo tirón. Pero además porque lo que Collodi escribe para niños, revestido de una pedagogía medio moralista e irónica, es una cuestión bien problemática: las metamorfosis de los seres.
Italia parece ser un terreno particular tanto para las transformaciones promiscuas de los seres como para sus cronistas y analistas. Sobre eso han escrito: Emanuelle Coccia, Ovidio y Carlo Collodi.
La historia –nos dirán los lectores– trata de un muñeco de madera, que se transforma en niño gracias a sus buenas acciones. Es algo más: trata de un leño que tiene psykhé, movimiento, conciencia y vida. Que es transformado en muñeco y luego se vuelve burro, recupera su condición de muñeco, vive en el intestino de un tiburón, se vuelve fuerza motriz de una noria, tejedor de canastos y niño.
Más allá de Pinocho, hay otros tantos protagonistas en el libro: un grillo que habla y una luciérnaga, conejos, muchos perros, otros niños, uno de ellos que también se vuelve asno y muere. También hay cuervos y mirlos, un halcón, muchos pájaros carpinteros, un caracol que demora horas en llegar con la comida y un tiburón que hace de Leviatán o ballena. Hay humanos carabineros, padres solitarios, titiriteros. Una zorra y un gato sacados de Esopo o La Fontaine. Un hada y marionetas. Arlequín y Polichinela. Y una nariz con una honestidad a toda prueba, que desmiente, creciendo.
Muchos seres que no entran en clasificación alguna. Cada uno de ellos, una metamorfosis.

Leer Pinocho es parte de la tarea de crianza. Y de criarnos a nosotros mismos en el terreno de las transformaciones y metamorfosis. Seres míticos que se vuelven cotidianos, que simulan estar muertos para darnos lecciones, animales que son más ilustrados que nuestra conciencia, cáscaras de pera que derrochan humildad, libros de lectura que se venden para poder vagar.
Pinocho debía terminar en el capítulo XV en un final bastante oscuro, colgando de un árbol. Tras unas semanas sin entregas, presionado por el editor, Collodi desciende al muñeco de las ramas, lo pone en movimiento. lo hace viajar, perder al padre, recuperarlo, trabajar.
Disloca al texto como escritura lineal previsible y el desorden lo vuelve más rico y vivo. El texto mismo ha vivido una metamorfosis prodigiosa y los niños cuando escuchan este relato con atención auscultan el ruido de las transformaciones. Son ellos, con mayor urgencia y velocidad, sujetos conscientes de metamorfosis que preguntan: ¿Eres un niño o un muñeco de madera? En Pinocho todos somos sujetos, agentes y objetos de metamorfosis. Como la escritura misma.

Yuri Carvajal Bañados. Médico Cirujano (1986), Salubrista (2010) y Doctor en Salud Pública (2011). Ha trabajado desde La Victoria hasta Puerto Montt, en variadas ocupaciones médicas de la salud pública: atención primaria, salud ocupacional y ambiental, profesor universitario, directivo, epidemiólogo, editor. Sus intereses son las humanidades y la medicina al sur del Antropoceno.

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