
Marcel Schwob
[Traducción de Jorge Luis Borges]
Nació en los días en que hombres vestidos de verde hacían pasar puercos jóvenes a través de círculos de fuego, en que porteros barbudos, de túnica cereza, cocían arvejas en fuentes de plata, delante de los mosaicos galantes, a la entrada de las ciudades, en que los libertos, llenos de sestercios, desempeñaban en las ciudades de provincia las funciones municipales, en que recitadores cantaban en el desierto poemas épicos, en que el lenguaje estaba repleto de palabras de ergástula y de infladas redundancias llegadas del Asia.
Su infancia pasó entre tales elegancias. No se ponía dos veces una lana de Tiro. Era la costumbre hacer barrer la platería caída en el atrio junto con la basura. Las comidas se componían de cosas delicadas e inesperadas, y los cocineros variaban sin cesar la arquitectura de los alimentos. No hacía falta asombrarse, al abrir un huevo de encontrar cosas de forma extraña, ni temer el cortar una estatuita imitada de Praxíteles y esculpida en grasa de hígado. La tapa que cerraba las ánforas era diligentemente dorada. Pequeñas cajas de marfil hindú encerraban perfumes ardientes destinados a los comensales. Las fuentes estaban perforadas de distintas maneras y llenas de aguas de colores que sorprendían al fluir. Toda la cristalería figuraba monstruosidades irisadas. Al tomar ciertas urnas las asas se rompían bajo los dedos y los flancos se abrían para dejar caer flores artificialmente pintadas. Pájaros de África, de mejillas escarlatas, parloteaban dentro de jaulas de oro. Detrás de rejas incrustadas en las ricas murallas, daban alaridos muchos monos de Egipto, que tenían caras de perro. En receptáculos preciosos se arrastraban bestias delgadas, que tenían flexibles escamas rutilantes y ojos que irradiaban azul.
Así, Petronio vivió descuidadamente, pensando que el aire mismo que respiraba estaba perfumado para su uso particular. Cuando llegó a la adolescencia, después de haber encerrado su primera barba en un cofre de oro, comenzó a mirar a su alrededor. Un esclavo, de nombre Syrus, que había servido en la arena, le mostró las cosas desconocidas. Petronio era pequeño, negro y malo de un ojo. No era tampoco de raza noble. Tenía manos de artesano y un espíritu cultivado. De allí vino que tomara placer en ordenar las palabras e inscribirlas. Ellas no se parecían en nada a aquello que los antiguos poetas habían Imaginado. Porque ellas se esforzaban en imitar todo lo que rodeaba a Petronio. Y no fue sino más tarde que él tuvo la molesta ambición de componer versos.
Conoció gladiadores bárbaros, hombres de mirada oblicua, muchachos rizados que paseaban los senadores, viejos que discutían los asuntos de la ciudad, mercaderes de fruta y patrones de fonda, poetas y sirvientas, sacerdotisas interdictas y soldados errantes. Mantenía sobre todos ellos su ojo mezquino y tomaba exactamente sus maneras y sus intrigas. Syrus le conducía a los baños de esclavos, las celdas de las hetairas y los reductos subterráneos donde los figurantes de circo se ejercitaban con espadas de palo. A las puertas de la ciudad, entre las tumbas, Syrus le contó las historias de los hombres que cambian de piel, que los negros, los sirios y los soldados guardianes de las cruces supliciantes, se pasaban de boca en boca.
Hacia su trigésimo año, Petronio, ávido de esta libertad diversa, comenzó a escribir la historia de los esclavos errantes y juerguistas. Reconoció sus costumbres en medio de la trasformación del lujo: reconoció sus ideas y su lenguaje en medio de las educadas conversaciones de los festines. Solo, delante de su pergamino, apoyado sobre una mesa perfumada hecha de madera de cedro, dibujó con la punta de su «calamus» las aventuras de un populacho ignorado. A la luz de sus altas ventanas, se imaginó las antorchas humosas de las fondas, y ridículos combates nocturnos, y cerraduras forzadas a golpes de hacha y objurgaciones de procuradores de flota, en medio de rebaños de pobres gentes, vestidas de cortinas desgarradas y géneros sucios.
Se dice que cuando hubo acabado los diez y seis libros de su invención, hizo venir a Syrus para leérselos, y que el esclavo reía y gritaba en alta voz, golpeándose las manos. En este momento ellos concibieron el proyecto de poner en ejecución las aventuras imaginadas por Petronio. Tácito nos dice falsamente que Petronio era árbitro de elegancias en la corte de Nerón, y que Tigelino, celoso, le hizo enviar una orden de muerte. Petronio no se desvaneció delicadamente en una bañadera, mientras murmuraba pequeños versos lascivos. Se fugó con Syrus y terminó su vida recorriendo los caminos.
La apariencia que tenía le hizo fácil el disimularse. Syrus v Petronio llevaron por turno el pequeño saco de cuero que contenía sus efectos y los denarios para gastar. Durmieron al aire libre. Vieron brillar tristemente en la noche las pequeñas lámparas de los monumentos fúnebres. Comieron pan agrio y aceitunas ablandadas. No se sabe si robaron. Fueron magos ambulantes, charlatanes de campaña y compañeros de los soldados vagabundos. Petronio desaprendió enteramente el arte de escribir, en cuanto pudo vivir la vida que había imaginado. Tuvieron jóvenes amigos traidores, que quisieron mucho, y que los abandonaron a las puertas de los municipios, después de haberles sacado hasta el último as. Hicieron todas sus juergas con gladiadores evadidos. Fueron barberos y muchachos de estufa. Durante varios meses, vivieron de las ofrendas funerarias de alimentos, que sacaban de los sepulcros. Petronio aterrorizaba a los viajeros por su ojo descolorido y su negrura que parecía maliciosa. Desapareció una tarde. Syrus pensó volverlo a encontrar en una celda grasienta, donde ambos habían conocido una muchacha de cabellera enredada. Pero un engrasador ebrio le había hundido un largo cuchillo en el cuello, mientras ambos descansaban a campo raso, sobre la escalinata de una bodega abandonada.

Marcel Schwob (Chaville,1867-París, 1905). Fue una figura central, vanguardista, en la más activa belle époque de entre siglos. Políglota, erudito, escritor poliédrico, se dedicó a la crítica literaria (ensayos, reseñas, prólogos), al periodismo de actualidad (crónica, opinión), los estudios filológicos (el argot medieval de los tiempos de Villon), la traducción (Catulo, De Quincey, Stevenson, Richter, Wilde, Defoe, Shakespeare); y dejó prodigiosas colecciones de cuentos inspiradas en su deslumbrante imaginación y sus indagaciones en fuentes librescas y de archivo. Libros suyos son: Corazón doble (1891), El rey de la máscara de oro (1892), Mimes (1893), El libro de Monelle (1894), La cruzada de los niños (1896), Vidas imaginarias (1896), Espicilegio (1896), Viaje a Samoa (1930), entre otros.

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