Contra el áspero tiempo presente. Sobre «La ruta de la seda» de Rosabetty Muñoz

Rosabetty Muñoz leyendo La ruta de la seda en la Universidad de los Lagos (Chiloé) © Marianne Fuentealba, 2025.

La poesía de Rosabetty Muñoz acostumbra asediar los bordes, desechos y residuos de la realidad, el polvo de los huesos. También, los deseos y excesos que expresan los cuerpos desbordados. Lo suyo ha sido un intento permanente por construir y sostener una memoria colectiva.

Claudio Guerrero Valenzuela

Se podría decir que la poesía de Rosabetty Muñoz ha construido su propio linaje. Uno de hermandades, de fraternidades, donde lo colectivo se superpone a cualquier idea de individualidad. Es por eso que siempre hallamos en sus libros galerías de personajes que son convocados o invocados, celebrados o interpelados. Se trata de un yo/tú/él/ella=nosotros, que construye las trayectorias vitales de una voz multiplicada, resonante, posicionada en función de otras identidades. Algo así también ocurre en La ruta de la seda (Ediciones Casa de Barro, 2025), la última entrega de la poeta nacida en Chiloé: pese a que la propia autora lo considera su libro más personal, aun así en él quien escribe nunca está sola ni volcada sobre sí. Al contrario, parece siempre acompañada de una compañera de ruta, con quien alimenta la visión de “la enorme explanada del mundo”. Porque todo viaje, todo desplazamiento, toda huella dejada en la naturaleza, siempre ocurre con otros o para otros o deja consecuencias sobre otros. Incluso para quien ya no quiere ver el mismo reflejo en el espejo. Incluso para quien el viaje es abrir, también, los muros interiores en un continuo “traquetear de vagones”.

Si hubiese un lar en la poesía de Rosabetty Muñoz, este sería móvil. Nunca es el mismo. Los espacios, como la hablante, también se desplazan. En ese proceso, el mundo habitado se hace diverso. Enraíza, pero al mismo tiempo brota hacia varias direcciones. Si en su anterior poesía hallábamos muñecas de trapo que se han vueltas cenicientas; ovejas descarriadas; bolsas de basura dispersas afuera de las casas; hordas de ratones comiéndose las quilas; misiones circulares, relicarios y santuarios que a simple vista pueden parecer demasiado enclaustrados, en La ruta de la seda la poeta renueva esos espacios y acuden ahora a un lar inestable los señores de la guerra, las ciudades derrumbadas o desaparecidas, las estaciones y los trenes que atraviesan lugares que parecen lejanos o exóticos, y, que terminan desvaneciéndose frente al verdadero viaje interior que todo poeta debe emprender: los códigos secretos que solo pueden hallarse en la palabra escondida, la única capaz de hacernos comprender los “recados enroscados en la arena”, en este lado de las cosas. Esa palabra de “ritmos encrespados” es la que permite que se tenga el cuidado de que “no entren más que cosas buenas”. Una poesía con anticuerpos, despojada de las vanidades del mundanal ruido.

Es quizás por todo esto que las zonas de derrumbe no alcanzan a ensombrecer del todo la experiencia del mundo. Siempre hay una luz que emerge, a veces de la nada, y que hace mascullar. Tal vez esa luminosidad sea el lar que Rosabetty Muñoz ha construido a lo largo de su poesía. Una luz interior, pero no privada. Una luz nómade, de tierras lejanas, que enlaza con el difícil e incierto mundo exterior, que se revela cruento y demasiado antipoético. En ese “puente férreo” que es la poesía y que conecta con el aquí y ahora, tal vez radique gran parte del valor de actualidad de su poesía. Una poesía que siempre busca espantar todo mal.

En definitiva, la poesía de Rosabetty Muñoz acostumbra asediar los bordes, desechos y residuos de la realidad, el polvo de los huesos. También, los deseos y excesos que expresan los cuerpos desbordados. Lo suyo ha sido un intento permanente por construir y sostener una memoria colectiva. Podríamos leer La ruta de la seda como la crónica de un viaje que, como todo desplazamiento, propone un desvío hacia una forma de la esperanza, al tiempo que la voz inscribe su mantra: “El mar está lejos / El mar está dentro de mí”. La poeta navega como un ángel apátrida en busca de tesoros, reliquias, trenes o cámaras secretas para renovar las sílabas antiguas de la poesía en medio “del áspero tiempo presente”. Pero tal vez nunca ha salido de ningún lugar. Tal vez siempre ha estado ahí, junto a sus raíces, elaborando el entorno inmediato. De este modo, los férreos puentes que tiende la escritura hacen frente al crítico momento actual de un mundo amenazado por la incertidumbre o la muerte, sin haber soltado nunca de las manos la brújula que marca la ruta fabulosa que todo ser debiera trazar alguna vez.

Agua Santa, noviembre 2025


Claudio Guerrero Valenzuela (Santiago de Chile, 1975). Poeta, docente, investigador. Ha publicado diversos ensayos, entrevistas, reseñas y artículos sobre poesía chilena y literatura latinoamericana. Es autor de los poemarios Las corrientes luminosas (Casa de Barro, Valparaíso, 2020), Código menor (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017), Pequeños migratorios (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2014), El libro de las cosas que se ignoran (Ediciones del Temple, Santiago, 2002) y El silencio de esta casa (Ediciones Casa de Barro, Santiago, 2000). Es coeditor de los libros Felices escrituras. Poetas chilenos y chilenas pensando una provincia (Ediciones Casa de Barro, San Felipe, 2022 junto a Cristian Cruz), El ABC del Neoliberalismo 3 (Communes, Viña del Mar, 2021 junto a Hiam Ayllach y Hugo Herrera) y de Figuras de lo común. Formas y disensos en los estudios literarios (Dársena, Valparaíso, 2021 junto a Mónica González, Hugo Herrera y Raúl Rodríguez); y autor del libro de ensayos Qué será de los niños que fuimos. Imaginarios de infancia en la poesía chilena (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017). También puedes revisar de Claudio Guerrero Valenzuela en La Antorcha Magacín3, 15 y 17.

Deja un comentario