
Si La contracorriente se hubiese escrito hoy o pocos años atrás, podríamos suponer que se trata de una novela histórica, pero al ser un agente directo de la urdimbre que anudó en su relato, entonces estaríamos en presencia de una experiencia directa y no transmitida, que se elaboró en el juego de la intersubjetividad de los agentes, de una especie de novela testimonial, de una memoria política.
Mario Andrés González Inostroza
“Llegaba a la conclusión que los libros constituyen un material penosamente perecible y las pretensiones de los autores dejaban ese rastro inconfundible de la página muerta.”
La contracorriente
Cuando Rodrigo, el editor del libro, se comunicó conmigo a principios de este mes, en primera instancia descarté la idea por el escaso tiempo con el que contaba. ¿Sería capaz de componer algo interesante o que realmente le valiera la pena escuchar al público? Sin embargo, bastaron unos pocos minutos para que la figura de Guillermo Atías, como uno de mis muertos, volviera a recordarme la pasión que, hace ya más de ocho años, había depositado en indagar sobre una lista de suscriptores, con nombre y apellido, que en 1953 se sumaron en apoyo del joven historiador Marcelo Segall, tras la publicación de su ensayo Desarrollo del capitalismo en Chile. En efecto, me había fascinado un descubrimiento que hasta esos momentos y, hasta ahora, no había visto en ningún libro.
El libro de Segall en sus últimas páginas contaba con una lista de alrededor de 160 suscriptores. Entre ellos destacaban integrantes del grupo La Mandrágora, como Braulio Arenas y Enrique Gómez-Correa; la escritora y gestora cultural Esther Matte; y autores como Julio Moncada, Nicanor Parra, Jorge Onfray, José Miguel Vicuña, Hugo Goldsack, Mariano Latorre. También aparecían integrantes del clan de Rokha —los hermanos Carlos y José, junto a su cuñado Julio Tagle—, así como un grupo de jóvenes historiadores, entre los que se contaban Hernán Ramírez Necochea, Álvaro Jara Hantke y Jorge Barría Serón. A la nómina se sumaban además Tato Quintana, esposa de ese gran fotógrafo que fue Antonio Quintana; el artista visual Gregorio de la Fuente; arquitectos como Enrique Behm y Domingo Edwards Matte; y un muy joven Guillermo Ravest, quien años más tarde, en calidad de director de Radio Magallanes —emisora que mantenía línea directa con La Moneda— sería el encargado de transmitir el último discurso de Salvador Allende, mientras el palacio de gobierno era bombardeado aquel 11 de septiembre.
Podría continuar con la lista, pero si he comenzado con este rodeo, es para señalar que, en ella, también apareció Guillermo Atías. Era la primera vez que debía prestarle atención a nuestro autor, del que prácticamente no sabía nada, salvo que había escrito su novela El tiempo banal (1955), porque fue reseñada favorablemente en 1956 por la revista Aurora vinculada al Partido Comunista de Chile.
Gran parte del conjunto de escritores, poetas, historiadores, artistas identificados, pertenecían a lo que se ha denominado la Generación del 38, vale decir, habían nacido más o menos entre 1915 y 1923. Guillermo Atías nació en 1917.
Quienes experimentaron los años treinta, como gran parte de este selecto grupo, conocieron las consecuencias de la crisis económica, el ascenso del fascismo y el desencadenamiento de la Guerra Civil Española. Nadie ignoró que lo que se jugaba en España, por ejemplo, era la suerte que le costaría al mundo entero. Por lo mismo, fue un momento histórico apasionante, sobre todo, cuando se advierte el compromiso de partidos políticos, movimientos sociales, intelectuales, artistas, escritores, poetas, profesionales que se involucraron a favor de la República. Mientras que, en Chile, además de la solidaridad con la España republicana, ese mismo conjunto puso grandes voluntades por la formación del Frente Popular y su triunfo en 1938 con Pedro Aguirre Cerda. En fin, Guillermo Atías, no fue ajeno en lo absoluto a ese ambiente, en el cual se abrió un ciclo que se cerró con el Golpe de Estado de 1973, ciclo que aun no estando exento de zigzagueos y también de decepciones y frustraciones, propio de la lucha política, no amilanó los arrojos por transformar las estructuras centenarias sobre la que se asentaba la sociedad chilena. Toda esa trayectoria, sin duda, ayudó a prefigurar su narrativa posterior.
Si La contracorriente se hubiese escrito hoy o pocos años atrás, podríamos suponer que se trata de una novela histórica, pero al ser un agente directo de la urdimbre que anudó en su relato, entonces estaríamos en presencia de una experiencia directa y no transmitida, que se elaboró en el juego de la intersubjetividad de los agentes, de una especie de novela testimonial, de una memoria política.
Me parece que, en una lógica representacional, Atías buscó un eje que atravesara el tiempo de la Unidad Popular. Ciertamente fueron varios los ámbitos que surcan la trama de la novela y de los que uno podría valerse para una presentación de este tipo: el despliegue de los agentes por las zonas urbanas; la concurrencia en los espacios de sociabilidad tan característicos de la época; la presencia de la cultura y el arte impregnando los recovecos sociales; el movimiento de masas; la estrategia y la táctica política de la izquierda durante la Unidad Popular; así como las relaciones humanas y el amor contenida en sus páginas. Pero, aun así, me quedaría con uno de estos ámbitos que, me parece, traspasan la novela de cabo a rabo: la violencia política. Es la violencia que se impone como una niebla expansiva, que va desgarrando todo lo que atraviesa. Y no hablamos de la violencia que “aparentemente” se inauguró con el 11 de septiembre de 1973 —fecha con la que concluye el libro—, sino a la violencia estructural, soterrada, que cruza la historia toda del país y que irrumpe sostenidamente cuando las clases dominantes y sus aliados extranjeros, advierten el fantasma que amenaza sus intereses.
Porque Atías, a través de su relato intentó dar cuenta de las claves que anunciarían la emergencia del acontecimiento suprasignificativo, aquel momento que marca un antes y un después en la historia.
No sabemos, particularmente por qué razón Atías se tomó el tiempo que se tomó para la redacción de su libro ni los pormenores de dicha tarea llevada a cabo en el exilio temprano. Pero es muy probable que la mirada que tenía en 1974 haya sido modificada cuando inició su relato con el transcurrir de los días, al observar las denuncias sobre un aparato estatal completamente desatado.
Aun cuando durante la UP la denuncia de la violencia del “Estado Burgués” era un discurso habitualmente evocado por algunos sectores de las izquierdas, me parece que Atías no podía representarse el tipo de violencia, sin la nueva marca registrada que —“aparentemente”, insisto—, se inauguró aquel día martes 11 de septiembre. Su novela no va más allá de ese día, porque lo que buscaba era rastrear las huellas que permitieran explicar cómo se llegó hasta ese desenlace. A diferencia de la novela … Y corría el billete (1972), que expresaba un momento contemporáneo a nuestro autor y en el cual la violencia no ocupaba un lugar tan central, La contracorriente instaló la violencia como núcleo constitutivo de su representación.
Ahora bien, supongo que hasta el momento en que concluyó su novela, lo más claro que Atías podía tener era el entramado conspirativo y la violencia asociada para esos efectos, pero no el resultado final de ese tornado de barbarie, por más que se haya evaluado como un momento fascista. Volodia Teitelboim, que reseñó en 1980 el libro de Atías en la revista Araucaria, hablaba de “los años del fascismo”, para referirse a los años posteriores a la dictadura, lo mismo que Atías dejó entrever en su novela sobre este fascismo como una fuerza en marcha ya en tiempos de la Unidad Popular.
Sin embargo, otro tipo de conspiradores, los conspiradores más silenciosos, más sutiles en los procedimientos, pero no por eso menos eficaces, no son advertidos en la narración de Atías, porque poco se sabía de las pretensiones que estos abrigaban, cuya consecuencia, sabemos, fue la transformación total del país y la sociedad chilena, lo que descartaría referirse al nuevo régimen como fascista, por más que algunos sectores lo hayan intentado arrastrar a esa orilla. La violencia debía servir también a otros fines, neutralizar cualquier tipo de oposición, sin la cual, digamos con énfasis, el neoliberalismo no se hubiese abierto camino tan fácilmente.
Atías da a conocer tres fechas al final de su novela que, sospechamos, fueron los momentos en que dejó correr su pluma entre 1974 y 1976. Y solo a modo de ejemplo, fue justamente en ese lapso cuando agentes de la DINA lanzaron el cuerpo de la joven estudiante Lumi Videla en la embajada italiana como si fuera un saco con papas, para que inmediatamente el diario El Mercurio se mofara a través de la caricatura de lo ocurrido, confesando abiertamente su apoyo a la bestialidad desenfrenada; mientras que un mes antes, el vehículo en el que viajaban el ex general Carlos Prats y Sofía Cuthbert, explotó en las calles de Buenos Aires, hecho también perpetrado por agentes de la DINA. Marta, una de las protagonistas de La Contracorriente, hablando en 1972, luego de un episodio de violencia por sectores opositores a la UP, afirmó: “Es que ese tipo de brutalidades no se conocían en Chile”. Un indicio importante de lo que quiero sostener.
Un agente de la DINA le afirmó lo siguiente a quien lo entrevistó: «Usted cree que habría habido el ‘milagro económico’ chileno si no hubiera sido por nosotros, los de la DINA, que estábamos con la metralleta en la mano… ¿Qué país resiste el 20% de cesantía en esas condiciones?»[1]. Aquí vemos una clara alusión respecto a que los nuevos modos de relación, neoliberales y no fascistas, eran imposibles sin una cuota de violencia bastante considerable.
Con un poco más de tiempo, pues lamentablemente Atías murió en un accidente en 1979, es muy factible que hubiese considerado este aspecto del nuevo patrón de acumulación capitalista. A pesar de, y por ninguna razón, deja de asombrar la lucidez tan temprana del relato de nuestro autor, quien logró narrar los mil días desde la mirada de un periodista uruguayo que, enviado desde Buenos Aires, debía retratar el proceso chileno, novelarlo, para luego, involucrarse directamente en las luchas del momento.
Pero del mismo modo, resulta llamativo —y aquí me permito otra conjetura— preguntarse si La contracorriente no fue, en cierto sentido, una respuesta a otra novela publicada en octubre de 1973 por la Editorial del Pacífico, vinculada a la Democracia Cristiana. Su autor, Alejandro Magnet, también democratacristiano y férreo opositor a la Unidad Popular, había escrito Operación primavera, obra que, según se decía, estaba prácticamente terminada antes del golpe. Aunque no hacía referencia directa a Chile, narraba la conspiración de grupos ultras de ambos bandos, complot que solo logró ser contenido gracias a la acción patriótica y a la neutralidad de las Fuerzas Armadas.
La revista Qué Pasa, que entrevistó a Magnet en noviembre de 1973, a días de la publicación de Operación primavera, reproducía sus palabras. Decía así Magnet sobre su libro: “Es muy de actualidad: el primero que sale después del 11 de septiembre y que habla de la caída de un gobierno… a pesar de que en agosto ya había entregado diez de los once capítulos.” Qué Pasa, le responde, “Es como para pensar que usted algo sabía…”.
Según Qué Pasa, Magnet, rio, y afirmó lo siguiente: “No sabía nada. Por un lado todos estábamos convencidos de que esto no podía durar, pero muy pocos conocían lo que iba realmente a pasar. Escribí: ´Operación primavera´ como una especie de transacción entre el ensayo y la novela. Como tantos chilenos, estaba desesperado y furioso con el Gobierno de Allende, y me pareció que una novela podía ser mejor instrumento que un ensayo para que los chilenos tomaran conciencia de lo que era ese Gobierno.”[2]
Sin temor, afirmo acá que Operación primavera, fue el primero en asentar indirectamente el mito sobre el denominado Plan Z que condujo a los militares a un encarnizamiento destemplado durante los primeros meses del golpe, como lo fue la Caravana de la muerte, y la novela de Magnet contribuyó a ello.
Guillermo Atías, en el exilio, por supuesto, frente al horror, difícilmente haya podido reír. Por el contrario, como advertirán al leer su libro, retrató esa violencia de la oposición que se fue apoderando del país, a través de la voz del protagonista de La contracorriente. Aun así, nuestro autor quedó esperanzado que la muerte de Allende no fuese en vano y constituyera el germen de una nueva semilla, que es tal como puso fin a su libro.
Ya ha transcurrido más de medio siglo de aquella experiencia y nos encontramos con un Chile y un mundo muy distinto al de la Unidad Popular y al de las décadas que le antecedieron. Sin embargo, y aunque la historia no se repite, los tiempos actuales comienzan a ensombrecerse con la emergencia de una derecha con tintes neofascistas, de modo parecido a como ocurrió en los años treinta del siglo XX, cuando un joven Anuar Atías, se comprometía con el Frente Popular y su programa de gobierno. ¿Qué hacer?, se preguntaban siempre todos esos espíritus inquietos, haciendo referencia al famoso libro de Lenin.
Me parece que podemos advertir que uno de esos frutos de aquella semilla, la germinación en el árido suelo entre tanta performance y monserga apabullante y delirante, se refleja en el esfuerzo que ha puesto la Editorial Malamadre, rompiendo la sólida cascara del silencio y del olvido, de lo denunciado con tanta inteligencia hace cincuenta años por Guillermo Atías, para convocar a pensar con más seriedad este país y lo que queremos construir a futuro.

Notas
[1] Gonzalo Vial Correa, Pinochet. La biografía, tomo I, Santiago, Editorial El Mercurio- Aguilar, 2002, p. 237
[2] Qué Pasa, “La ‘Operación Primavera’ de Alejandro Magnet”, no. 132, 2 de noviembre de 1973, p. 61.
Mario Andrés González Inostroza (San Felipe, 1982). Magíster en Historia por la Universidad de Valparaíso. Profesor de Historia y Ciencias Sociales en el Instituto de Historia y Ciencias Sociales, Universidad de Valparaíso. Ha publicado: “Revista Estudios de Historia de las Instituciones políticas y sociales: la última querella de Jaime Eyzaguirre contra Hernán Ramírez Necochea” (2022), “Disputas intelectuales permanentes en la izquierda marxista de los años sesenta y setenta. Fuego cruzado entre Marcelo Segall, Julio César Jobet y Hernán Ramírez Necochea” (2021), “En torno a la suscripción de un libro polémico: Desarrollo del capitalismo en Chile, de Marcelo Segall” (2021), “Transitar por las revistas conservadoras en la década de los cincuenta y sesenta del siglo XX: Álvaro Jara, Rolando Mellafe y Sergio Villalobos en el Boletín de la Academia Chilena de la Historia y la revista Historia de la Universidad Católica” (2020), “Reseñando a la historiografía marxista. El caso de la revista Historia de la Universidad Católica, 1961-1970” (2020), “Los estudios historiográficos en la Universidad Católica de Chile. Aproximación histórica a la fundación del Instituto de Investigaciones Histórica y de la revista Historia, 1954-1970” (2019), “Revista Finis Terrae: la última cruzada de Jaime Eyzaguirre, 1954-1967. Notas de un desenlace trágico” (2018), Gonzalo Vial Correa. Las sinuosidades de una trayectoria intelectual, Santiago, Ril Editores, 2017.

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