
Baldomero Lillo percibe un extractivismo común en la mina, con la tierra y los vivos. Pero distingue lo que le ocurre al subsuelo respecto de los seres biológicos. Hermana el destino de los mineros con el caballo, porque en ambos se ha erosionado y desgastado la espontaneidad, potencialidad e inteligencia animal. Se los ha vuelto inválidos.
Yuri Carvajal Bañados
Entre tantas cuestiones que Baldomero Lillo supo ver y escribir, la milimétrica precisión de su acoplamiento espacial con la profunda raíz minera de Chile, es de una actualidad estremecedora. Con ese padre aventurero de California y del carbón, la minería era su marca de infancia. Es su epigenoma. Exploró esa alma subterránea con sus frases rítmicas, cuidadas. Nos suenan sin embargo a la distancia. Hemos leído más que él y más de un siglo de literatura entre tanto. Y ¡vaya qué literatura!
Un rasgo distante y a la vez próximo y actual de esta alma de Chile, lo veo descender oscilando, como una araña en su tela dice él, debajo de la jaula minera, hacia este subsole.
Diamante es retirado de la mina tras diez años de trabajo. Nictálope escribe Lillo. El caballo de pequeña alzada, vuelve a la superficie marcado de cicatrices, supuraciones, deforme y anquilosado. Los mineros viejos que realizan faenas auxiliares lo reciben. El cuento se llama “Los inválidos”, un colectivo en que se hermanan humanos y animales, disueltas las barreras especistas.

Lillo describe eso que von-Uexküll llamó mundo circundante. El espectro perceptivo (y cognitivo) del caballo no es el mismo que el de los humanos. Lillo de algún modo lo sabe e imagina ese espacio que el biólogo lituano estudió con tanta vehemencia a partir de los años veinte del siglo pasado. Aunque no escribe desde la subjetividad del caballo, logra mostrarnos su estar-ahí, su posición de sujeto.
También nos lleva a pensar en la energía animada de los animales. Carbón y caballos enlazan en el industrialismo minero del siglo XIX, recomponiendo la vida colectiva. La historia natural del caballo ‒ese animal originado en América, que regresó tras su extinción, casi 55 millones de años después en carabelas imperiales‒ fue usado como arma de guerra y su figura bélica y jerárquica, sobrevive monumental y elevada en los plintos de las plazas pueblerinas. Ya a principios del siglo XX, los tanques sustituyeron su potencia bélica y hoy el caballo es un animal de alta gama, para equitadores y polistas.
En el caso que nos narra Lillo, Diamante es arrebatado de su energía vital, de su inteligencia biológica por la mineralidad del carbón. Los objetos tecnificados tienen agencia y nos deslumbran con potencias desconocidas: el grisú mismo o el calentamiento global. Pero la energía animada de los seres vivos exige un esfuerzo cognitivo, afectivo, etológico. Lillo percibe un extractivismo común en la mina, con la tierra y los vivos. Pero distingue lo que le ocurre al subsuelo respecto de los seres biológicos. Hermana el destino de los mineros con el caballo, porque en ambos se ha erosionado y desgastado la espontaneidad, potencialidad e inteligencia animal. Se los ha vuelto inválidos.
La aventura del texto tiene algo de Virgina Woolf en Flush. Ambas son biografías, la individualización del animal, que ya no es un ejemplar de la especie sino una personalidad, una historia, un mundo sociopolítico. La minería del carbón del golfo de arauco de fines del siglo XIX en Lillo aquí, el hogar de una escritora inglesa en Londres del mismo período, allá.
Su esfuerzo es aún más notable porque Lillo era un cazador, con remordimientos, pero de buena puntería. Disfrutaba disparar a los pájaros y sabía el daño que hacía. Era otra marca en su epigenoma.
Si sólo existiera este cuento como herencia de Lillo, sabríamos de un notable y bravo cronista del antropoceno chileno. Para encontrar una sensibilidad animal próxima en el siglo XX, habrá que esperar a Francisco Coloane, que no puede renunciar al horror de la masacre de los popitos en la búsqueda de pieles. Ambos escriben desde las fronteras extractivistas, donde se anuda la cuestión social, la destrucción ambiental, el acoso a los pueblos originarios. Lillo cierra su cuento breve con la noche. Para Diamante y para todos los inválidos. La noche minera.
No sólo nos faltan Lillo y Coloane como animales literarios con sensibilidades afines. Nos faltan para el amanecer de esta prolongada noche minera.

Yuri Carvajal Bañados. Médico Cirujano (1986), Salubrista (2010) y Doctor en Salud Pública (2011). Ha trabajado desde La Victoria hasta Puerto Montt, en variadas ocupaciones médicas de la salud pública: atención primaria, salud ocupacional y ambiental, profesor universitario, directivo, epidemiólogo, editor. Sus intereses son las humanidades y la medicina al sur del Antropoceno.

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