
Si hay algo que ocurre en esta poesía es la tentativa de construir un lugar poéticamente habitable. Se trata de un lugar afectivo donde concurren familia, amistades, lecturas. Es un lugar imaginado, deseable, seguro, que se intenta capturar para eternizarlo, contra la lenta cancelación del futuro. Es, por tanto, un movimiento hacia atrás: un pasado más conectado con la memoria que con la historia; más con el acontecimiento que con la cronología; más como hecho estético-filial que como hito, fecha o data.
Claudio Guerrero Valenzuela
En La agonía de las imágenes (Valdivia, Komorebi, 2024), Rodrigo Arroyo reafirma y consolida con madurez las preguntas, inquietudes y búsquedas escriturales que ha venido sosteniendo a lo largo de toda su trayectoria literaria, la que no puede entenderse separadamente de un trabajo colectivo como editor de Ediciones Inubicalistas, además de ejercer como profesor de Arte en escuelas secundarias, y desarrollar un trabajo creativo como artista visual. Poesía, gestión cultural, pedagogía y creación artística son los principales ámbitos de acción de una estética fuertemente cohesionada dentro de una trama vital, cuya base -diría- es la visualidad en conjunción con la palabra poética. La portada misma del libro, sin ir más lejos, está tomado de una obra pictórica del propio autor. Y otros cuadros suyos han potenciado la imagen visual de muchísimos otros libros dentro de la trama amistosa que propicia el ejercicio poético.
La pregunta por las formas de ver, por la sostenibilidad de las perspectivas, por determinar un lugar en el mundo, por cierta filosofía del lenguaje, así como por el destino de las imágenes en una sociedad saturada de ellas, son algunas de las interrogantes que atraviesan esta búsqueda estética incesante desde los primeros intentos escriturales presentes en Chilean Poetry (2008) y continuada en otros textos como Incomunicaciones (2013). Luego de un silencio de más de una década, sigue siendo lo visual uno de los lugares de enunciación de esta poesía a partir del cual es posible articular otros ejes: la melancolía, la ternura, la memoria, la historia, el silencio, la infancia, el duelo.
Dada la profundidad de las materias que conforman su objeto de creación, imposible de acotar acá, es decir, materia que merece un examen igual de profundo, me detengo en unos pocos puntos, apenas delineados, que -estimo- permiten aproximarse como claves de lectura para esta poética, la cual entiendo desde la noción de variación: como puntos de fuga. O sea: reiteraciones, insistencias, ademanes.
Formas de habitar el mundo
Si hay algo que ocurre en esta poesía es la tentativa de construir un lugar poéticamente habitable. Se trata de un lugar afectivo donde concurren familia, amistades, lecturas. Es un lugar imaginado, deseable, seguro, que se intenta capturar para eternizarlo, contra la lenta cancelación del futuro. Es, por tanto, un movimiento hacia atrás: un pasado más conectado con la memoria que con la historia; más con el acontecimiento que con la cronología; más como hecho estético-filial que como hito, fecha o data. Porque se habita “[u]n tiempo sin pasado” que es necesario reeducar, una historia que “no permanece en las imágenes”, sino que “deambula sobre la irrepetible superficie de las olas”. Ese pasado es un pasado-presente, un ir y venir inestable, un puente de cimbra que conecta con los antepasados en su histórica función narrativa: la de contar, dar consejo, ser una guía para las nuevas generaciones que tienen que aprender todo de ellos. El abuelo, en este sentido, es una figura clave dentro del libro que reúne en torno a sí una lengua común.
Pobreza y violencia
El sujeto de estos poemas es consciente de habitar “un mundo empobrecido compuesto por imágenes / que propagan la ceguera y la violencia del afecto / al interior de las vitrinas”. La poesía se postula, por tanto, como un espacio de resistencia frente a ese lugar fundante, el de la exuberancia de las imágenes. De las apariencias y el espectáculo. De las luces y lo efímero: “la falsa profundidad de las pantallas”. Del despliegue equívoco de las vitrinas que llaman al deseo del consumo. El espacio de los padres fundadores. La hegemonía de un presente pobre, en donde la experiencia ha sido expropiada para situar a los cuerpos en el lugar de exhibición de las vitrinas, como mercancías, en los plasmas de los dispositivos tecnológicos que nos gobiernan. Contrario a la tendencia al enceguecimiento del tiempo postdictatorial, esta poesía postula retomar la tenue luz de un ritmo-otro, pasando a contrapelo el cepillo de la historia. La poesía como falseo de lo real: “Todo se trata de la violencia, / la ilusión es / someter y desdibujar la realidad / clausurando las heridas”. Es uno de los posibles caminos que permitiría sacudirse de las oscuras y violentas herencias del pasado fundante. Una manera de habitar las ruinas, desdibujando esa “música muerta relampagueando ante nosotros”.
Infancia
En consonancia con el mundo que se desea enriquecer y habitar, esta escritura postula un universo lleno de niños-fantasmas, herederos de ese pasado inestable. A menudo se trata de niños solitarios o niños que juegan solos, pero siempre en una condición espectral. Como si la infancia fuese un tiempo de otro. Una expropiación -también- de la experiencia. Detención del tiempo. Captura del tiempo. La infancia es una cronotopía. Un tiempo y un espacio entrelazados bajo una acción iniciática. Un origen. Un retorno. Una fijación. Es el momento de la iniciación, de un aislarse del mundo para después poder salir a habitarlo con la fortaleza de una retención de la experiencia, ya con un alfabeto aprendido por mano propia: “sílabas cubiertas de guijarros”. El idioma del agua. El idioma de las piedras. El idioma de las habitaciones vacías. El idioma de un abandono. El idioma de lo impropio: el infante mudo, que todo el tiempo está captando los significantes de allá afuera, con piel de gallina, todos los sentidos expectantes, todas las antenas prendidas.
Ejercicios de aproximación
Es recurrente, también, en esta poesía un ajuste permanente del ojo, que permite abrir el campo de visión, así como detenerse en el detalle: “La única cercanía posible es la distancia”, dice esta voz. Apertura, close-up, planos generales, planos medios, puntillismo. Lejos. Cerca. Distancia. Aproximación. Es un juego que también permite ir de la metáfora a la sinécdoque. De la sustitución a la contigüidad. Del reemplazo de una cosa por otra al reemplazo de una parte por el todo, o viceversa. El ojo, por tanto, a veces se vuelve oblicuo, parpadeante, incluso bizco. No alcanza a ver con plenitud. Las imágenes se asoman siempre como con una mancha, una sombra, un trazo que impide la visión completa. Es tal vez por esto que la variación es la posibilidad de reunir los fragmentos: el hilo invisible que configura una idea de totalidad para cohesionar aquellos escombros dispersos entre las grietas de la memoria.
Claroscuros
“¿Qué amanece en la mirada?”, se pregunta esta voz. Muchos de los poemas que conforman este libro tienen una trayectoria lumínica. De la oscuridad a la luz o viceversa. A veces se saca un velo. En otras ocasiones se cae en un pozo. Hay sombras, siluetas, contornos, surcos. Zonas grises. Fantasmas. Otra de las características de esta poesía es el juego de tonalidades que postula: “oscuridad de una silueta río abajo”. Presencia/ausencia. Contraluces. Pasajes de baja tonalidad: “Escoges lo que puedes medir en medio de la oscuridad, luego te das cuenta de todo lo que está fuera de las manos, y no”. Eso que se ilumina y lo que no.
La escritura
Llegamos al fin a uno de los elementos constituyentes de esta obra: la reflexión sobre el ejercicio mismo de la escritura. “Por qué y para quién se escribe”, se pregunta. “Adonde nos llevan los caminos, dónde llega el poema”, continúa. El poema es la forma. La escritura se desenvuelve escribiendo. Se tiene la certeza de que “las imágenes abren el camino”. Poesía haciéndose en la escritura, toda la práctica escritural del autor ha estado atravesada por preguntas que intentan responderse en el ejercicio mismo de escribir: el libro y su materialidad, el lenguaje y sus límites, la resonancia de las lecturas, el cuerpo de la escritura: sus granos, huellas y susurros. Escribe esta voz:
Estás ahí, tu mirada, el absoluto silencio que describe tu presencia. A oscuras podríamos ver qué es lo que se quema con el hielo, lo que entra y sale de nosotros, aun cuando sea apenas un susurro que aparece en la escritura, marcándola, con las huellas de nuestra propia soledad.
Dentro de esas huellas, las marcas y registros de lecturas: Paul Celan, Zhuang Zi, Miguel de Unamuno, Ingeborg Bachmann, Pier Paolo Pasolini, José Carlos Mariátegui, entre las explicitadas en base a epígrafes. ¿Pero cuántas más que se cuelan entre verso y verso? La poética, como la poesía contemporánea, es de esas cuyos nutrientes emergen de la lectura. Leer (y escribir) hoy, en medio de los escombros del presente, ya resulta de por sí un acto de nobleza absoluta, un acto de resistencia. Establecer variaciones críticas sobre el presente, un imperativo. La poesía de Rodrigo Arroyo se inserta en ese devenir, en la necesidad de “escribir sobre nuestro pasado”, que no es otra cosa que hacerlo sobre todo lo que nos toca hoy.
Agua Santa, octubre 2024.

Claudio Guerrero Valenzuela (Santiago de Chile, 1975). Poeta, docente, investigador. Ha publicado diversos ensayos, entrevistas, reseñas y artículos sobre poesía chilena y literatura latinoamericana. Es autor de los poemarios Las corrientes luminosas (Casa de Barro, Valparaíso, 2020), Código menor (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017), Pequeños migratorios (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2014), El libro de las cosas que se ignoran (Ediciones del Temple, Santiago, 2002); El silencio de esta casa (Ediciones Casa de Barro, Santiago, 2000) y Esperanza de vida (Casa de Barro, 2024). Es coeditor de los libros Felices escrituras. Poetas chilenos y chilenas pensando una provincia (Ediciones Casa de Barro, San Felipe, 2022 junto a Cristian Cruz), El ABC del Neoliberalismo 3 (Communes, Viña del Mar, 2021 junto a Hiam Ayllach y Hugo Herrera) y de Figuras de lo común. Formas y disensos en los estudios literarios (Dársena, Valparaíso, 2021 junto a Mónica González, Hugo Herrera y Raúl Rodríguez); autor del libro de ensayos Qué será de los niños que fuimos. Imaginarios de infancia en la poesía chilena (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017) y el de crónicas Para un estadio de la U (Provincianos, 2024). También puedes revisar de Claudio Guerrero Valenzuela en La Antorcha Magacín el n° 3, 15 y 17.

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