Diego Armijo

GABO
Conozco a un copiapino llamado Gabriel Ocaranza. Estudió en Valparaíso y luego se la rondó de poeta. En esa pellejería lo conocí. Me cae muy bien. Cada vez que vuelve por acá, me gusta sentarse en su mesa y compartir una cerveza que irá disminuyendo. Al llegar a su ciudad, fue una de las primeras personas que me recibió. Fui a su casa, me desentumí del viaje nocturno y recibí su amistad.
Mientras su mamá me preparaba un desayuno, sabiendo de lo incómodo del bus, Gabo trabajaba en la edición de unas plaquettes.
Unas semanas antes me había pedido presentarlas en la feria Desierto Libro, a la que iba. Le dije que sí, que me mandara al menos los pdf, cosa que nunca hizo.
Entonces, estoy en la casa con Gabo, él prepara los últimos arreglos para las publicaciones y yo aún no he leído ni un poema de los que van a ser impresos. Igual dije que sí. Ya había dicho que sí. Estoy en Copiapó y no puedo escapar de esa promesa.


La feria inicia unas horas después. Conformada por editoriales locales, se han sumado algunos desde más al norte y desde el sur. Desde esta ciudad al sur. Desde Iquique, un caso, viene editorial Navaja, comandada por Roberto Bustamente. Desde el sur real, Damsi Figueroa trae un surtido de editoriales de Concepción y sus alrededores. Mi misión es el matute desde Valparaíso. Nos ordenamos geográficamente y entonces quedo entre Roberto y Damsi.
Una de las noches terminaba la labor de ofrecer y vender, vamos al bar local: Zaro. Los cabros que participan en el taller de Gabo llamado El Chañar —árbol distintivo de la zona— me han llevado noches atrás. Van apareciendo uno a uno por la feria y me saludan. Todos me ubican, pero en mi continúa la duda. Ninguno de ellos se presenta. De todas maneras, voy cachando al grupo al que pertenecen. La primera noche me llevan a su bar. Días después llevaré a Roberto y Damsi. Conversando nos damos cuenta, distancias kilométricas mediante, que todos tenemos una historia y conocemos más o menos a un poeta transversal: Carlos Henrickson. Uniones poéticas.
No es la única noche en la que salgo, confieso y repito. Así voy conociendo variedad de sitios y a casi todos los integrantes del taller El Chañar. Converso con algunos, comparto cervezas y los oigo recitan sus poemas en construcción.
Gabo también aparece, aunque una noche se enferma y todos lo esperan. Al día siguiente me dirá que él no puede ser siempre el personaje principal.
Lo entiendo. La gravedad de la situación está en que su malestar se alarga y para el día en que debemos presentar las plaquettes de sus estudiantes y amigos, Gabo debe excusarse.
Me toca la tarea de presentar. Anoto en un papel algunas cosas de manera acelerada, pero que, con el compromiso de hablar bien de los poetas y con lo buena onda que han sido conmigo, creo, algo sale. Aquí ese texto apurón:
CHAÑARCILLOS
“El Chañar es un fruto pequeño”, explican en sus contraportadas estas plaquettes tanto el taller en donde estos poemas han germinado, como, y esto es una crítica, la letra chiquitita con que Gabriel Ocaranza, personaje principal y coordinar de este taller, también editor, decidió imprimirlos.
Letra minúscula como si los poetas aquí presentes quisieran pasar desapercibidos. Tontera sería eso, si en el gesto de dar un texto a publicar y estar lanzándolo, en ese gesto ya hay confianza, espero, refuerzo del ego, bien, pero, por sobre todo arrojo.
Pues parece muy fácil unir palabras y chamullarlas como versos, vendiéndose de poeta. Parece cosa fácil pues muchos poetitas declaman cosas espantosas con la confianza que da el copete pechado.
En estos poetas aquí, a diferencia, hay seriedad, trabajo y proceso. No todo es perfecto y debo decirlo, pues ellos sabían cómo soy, medio ácido, e igual me invitaron a palabrear. No son perfectos, pero hay futuro, hay aprendizaje y claro, uno que otro traguito estirado hasta el infinito.
Lo anterior, reitero y lo sostengo, hay aquí futuro, pues al menos hay un verso en cada uno de estas plaquettes que queda resonando. Digo uno, pero hay más.
Temáticamente los cruzan decepciones amorosas como la emoción más importante del mundo. Cómo no escribir con los ojos brillantes de la juventud.
Fuman harto estos niños, tanto en sus poemas como en los lugares donde toman chela, hablan y leen sus poemas que van anotando en sus libretas, mientras el bar continúa.
Fuman harto y recomiendo alimenten ese aliento con más vida y no con menos. Pero no vine a canutear.
Hay futuro, pues, hay interés en leer, conversar de poemas y fumar, cuidadito, y les guardo cariño y respeto por llenar mi vaso cuando estuvo vacío y entregar estos poemas frescos, vivaces y en crecimiento.
…
Los poemas, sus publicaciones y unos versos recortados:
– “Contraindicaciones” – Renato Carvajal: “La cicatrización es un proceso biológico lento,/ silencioso”
– “Pálida” – Kazuo Evan: “yo intento una mirada atenta/ pero los símbolos de la pizarra/ se borran de la risa”
– “Vapor embate desaparición” – Vicente Maloqui: “el volantín del infante trapa la luz la caída”.



PIEDRITAS
El último día que paso por Copiapó, más bien, viajo a Caldera y Bahía Inglesa. Voy junto a la poeta Damsi Figueroa. En un primer encuentro, vecinos de mesón, hubo un roce de pelea. Se solucionó, menos mal, pues si siguiéramos espinosos nos hubiéramos perdido el viaje. Este lo iniciamos recorriendo la caleta de Caldera, para luego llegar a ese balneario tan particular, a los ojos de quien está acostumbrado al mar oscuro y peligroso de las costas de Valparaíso. Aquí el agua es casi transparente. Caminando por la arena, Damsi recoge conchitas y piedras para llevarlas con ella. También recojo alguna, pero lo concreto está en su libro “Signos vitales”, en donde recoge toda su carrera de poeta. Tranquilo, ya en mi casa, lo leo y un poema me acongoja por dentro, lloro. Un poema que ella escribió tan lejos de mi experiencia, la que veo reflejada en sus palabras, sus imágenes y colores. Hasta ahora no he querido confesarle esa emoción que me entregó su escritura. Prefiero quedarme con esa búsqueda entre la arena de una piedra, un trozo de aquel paisaje que nos llevábamos a nuestros hogares.

Diego Armijo (Viña del Mar, 1994). Es comerciante. Titulado como Contador y Profesor de Historia. Obtuvo una mención honrosa en el premio Roberto Bolaño 2020 por la novela Ampliaciones. Ha sido becario del Fondo del libro y la Lectura en 2019 y 2021. Textos suyos aparecen en la revista peruana Hueso Húmero y en las antologías Maraña (Alquimia, 2019) y En verano [Muestra del novísimo relato de la región de Valparaíso] (Schwob Ediciones/La Antorcha Magacín, 2022). Ha publicado los libros Glorias Navales (BAJ Valparaíso, 2019), Carcasa (La Calabaza del Diablo, 2020) y Ropa (Libros del Cardo, 2022), Ampliaciones (Editorial Kindberg, 2023) y Lo tuyo son las lechugas (La Calabaza del Diablo, 2024). Habitó Glorias Navales.

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