Francisco “Pancho” Sazo Barison (Quilpué, 1953) ha sido conocido por décadas por ser la voz y las letras del grupo Congreso. Sin embargo, no muchos saben que Pancho Sazo estudió un postgrado en filosofía en Bélgica y que se ha desempeñado como un querido y admirado profesor de la Universidad de Valparaíso. En esta entrevista –cedida por la autora y publicada en noviembre pasado por el fanzine Separatta n° 1–, el cantautor y filósofo nos acerca, entre otras cosas, a sus inquietudes en torno a la filosofía, el poder y la actualidad.
María del Pilar Jarpa

La existencia efímera
María del Pilar Jarpa (MPJ): A ver, la primera pregunta tiene que ver con la filosofía en tu cotidiano. Y para eso quiero citar a Humberto Giannini, filósofo de lo cotidiano, que sostenía que la filosofía no debería perder esta conexión para implicarse y complicarse en aquello que explica. Decía Giannini: «Deseo ponerme muy cerca de la vida, lejos del gabinete de estudio, a contemplar cómo transcurre lo efímero en el seno de lo eterno» (Giannini, 1981). ¿Cómo llega a ti esta afirmación?
Francisco Sazo (FS): Mira, en primer lugar, yo creo que es fundamental. O sea, lo que hace Giannini es lo que hacen los «verdaderos» filósofos, en el sentido de preocuparse justamente de la existencia, la existencia que es efímera, la de las cosas, del mundo y la propia. Y cómo se conecta esto con una idea de contemplación, una palabra muy antigua, pero muy cargada de sentido. La contemplación de la luz, de aquello que aparentemente para nosotros no cambia, que serían estos momentos de ordenar el caos que nos rodea. Inventar órdenes e irregularidades, lo que hace Giannini como un flâneur, le da por caminar, por decir así, para redescubrir o inaugurar aquello que nos parece suyo, que viene ya instalado, y no es así. Creo que esa es la mirada de un niño, de una niña, y es la mirada que quieren tener los filósofos, es la mirada que tienen los poetas. Lo que hace Lemebel: voy a tomar mi condición y voy a indagar en términos de novela, en términos de política, cuáles pueden ser las alternativas que uno ve en el mundo posible, no como un mundo imposible, sino uno posible, que es el mundo de los cotidianos, donde vivimos todos y todas.
MPJ: Pensando en “El cielito de mi pieza” (Congreso, 1977), ¿qué podrías conjeturar respecto a estos cielitos pos-revuelta, pos-pandemia, que se instalan en esta nueva arquitectura de nuestro cotidiano?
FS: Yo creo que hay que romper la pieza. Son otros elementos, otros fenómenos, puede ser así, que nos hacen abrir otras puertas, otras ventanas. Si uno vive justamente en la posibilidad, decía Ortega, de imaginar realmente una batalla en una pared, aparecen figuras que a nivel de una nueva percepción de la realidad te pueden entregar otras respuestas. A lo mejor no las gastadas, sino estoy mirando el cielito de mi pieza para poder abrirlo. En ese tiempo la canción que escribió Fernando González era un poco, a lo mejor, el último refugio que me queda de la pieza. Pero no, yo creo que es una pieza grande que hay en el mundo. Hay una pieza un poquito más chica que es Chile, tu región, tu territorio, pero hay que abrirlo, si no, no sirve.
MPJ: La tercera pregunta tiene que ver con cómo llegaste a la filosofía y para eso voy a citar a nuestro querido Lemebel, que señala en su Serenata Cafiola sus modos enrevesados de llegar a la escritura. Dice: «Llegué a la escritura sin quererlo, iba para otro lado, quería ser cantora, trapecista o una india pájara trinándole al ocaso» (Lemebel, 2008).
FS: Todas las anteriores. Yo entré a la filosofía, quedé en el remate además de la universidad. A mí me interesó siempre la arqueología, curioso, que era como la idea de cavar o de rasguñar ciertas tierras para encontrar a lo mejor un tesoro escondido, que lo sigo buscando. Y quedé en filosofía, quedé, y me fui enamorando, como uno se enamora de una posible polola en un viaje largo. Todavía uno espera que dé fruto. Pero es un ejercicio y una admiración por los filósofos y las filósofas que he conocido, los profesores que me enseñaron; y los alumnos que me siguen enseñando. Esto no es retórica humana, sino que sigue una especie de dialéctica muy enriquecedora. La filosofía no termina cuando a uno le dan el título, sino como decía Foucault, cuando uno ya va a dejar de escribir y sabe que se va a morir. Pero es una maravilla. La filosofía para mí es casi como un despedido helenístico. Es una forma de vida también. No es solamente un escape, que también lo es, o un dedicarse a trabajar ciertos pensadores o pensadoras. Es un ejercicio y una aventura donde es tan rico lo que uno recibe y tan poco lo que uno entrega. Por eso la filosofía también la encuentro en la pedagogía, que es una relación absolutamente recíproca de lo que uno hace.

Qué es la filosofía y los golpes del Golpe
MPJ: Bueno, con eso me contestaste otra pregunta, que tenía que ver precisamente con eso. Una pregunta extraña. ¿Qué es para ti la filosofía? Pensando, hemos conversado muchas veces acerca de la vejez ¿cierto? Pensando en ese búho de Minerva que levanta el vuelo en el crepúsculo. Y me acordé de un texto de Deleuze y Guattari donde se preguntan ¿Qué es la filosofía? Después de tantas vueltas y vueltas, te lo pregunto.
FS: ¿Será el arte de amarrar conceptos? Como dicen ahí mismo. Pero yo creo que es una aventura, una búsqueda incesante. Que en el fondo es volver a las preguntas de los niños chicos. ¿Qué es el mundo? ¿Qué hago aquí? ¿Quién soy? ¿Quiénes son los demás? ¿Qué le debo a los demás? Es también una respuesta, yo diría una pregunta incesante sobre el prestigio de la dignidad de nosotros, de las otras. Es indagar, de repente, como que te abren la puerta de una casa a la cual a veces eres invitado y otras veces no, te cuelas por las rendijas. Tiene que ver con una mirada en que uno pueda detenerse un momento con el otro, con las otras a repensar, a reflexionar, las palabras son muy grandes. Pero va por ahí.
MPJ: A 50 años del golpe cívico-militar, un golpe que entre la noche y la niebla impactó tantas cosas. La vida, pero también la bohemia, las cantinas, los espacios para echar una canita al aire.
FS: Los espacios heterotópicos, como se está de moda llamar.
MPJ: ¿Cómo impactó eso en tu vida? ¿En tu vida como estudiante de filosofía?
FS: Bueno, mira, la generación nuestra, que tenía 21 años para el golpe, siempre para nosotros fue como un hachazo. Cortó la vida que traíamos, que creíamos nerviosa como fuese, pero queríamos que fuera la vida correcta. Y después hubo que sumergirse, y entrar a lidiar con la autocensura, a mirar lo extraño que podía ser el mundo y lo extraño que podíamos ser los seres humanos. La maldad que viene después del 11 de septiembre para adelante, sobre todo los primeros años, era algo que no teníamos pensado. Nosotros éramos, en ese tiempo, de la teoría de «¡Soldado, amigo, el pueblo está contigo!». No podíamos concebir que éramos una república aparte del concierto latinoamericano. No, éramos igual a muchos otros seres humanos que le tocaba padecer esto en carne propia. La idea de la muerte también aparece muy fuerte. No era algo que nos contaran. Y después el ejercicio por recobrar la dignidad. Una de las cosas más espantosas que ocurrió con el golpe militar fue justamente recordarle a un sector del pueblo, del país, que no eran dignos de vivir en este país. El exilio, la tortura, los desaparecimientos. Se indicaba a una especie de chilenos de primera, segunda, tercera, cuarta, etcétera [categoría]. Que se hacía aparente. Entonces, yo creo que a muchos de mi generación nos inoculó como una especie de anticuerpo para no caer de nuevo en esa misma talla, digamos, de decir que hay personas que son más importantes que otras. Sino lograr, o vislumbrar y vigilar a su vez de no pasarse para el lado del que vence, del amigo del guionista, sino al contrario. De que es una labor que tú realizas, pero junto a otro y a otra. Siempre.

La dignidad de ocupar un lugar
MPJ: Como un banderero en la niebla me regalaste un día la siguiente cita de Foucault. Dice: «Todos mis libros, tanto la Historia de la Locura como cualquier otro, pretenden ser pequeñas cajas de herramientas. Si la gente quiere abrirlas y servirse de una frase, de una idea o de un análisis, como de un destornillador o una llave de tuercas, para cortocircuitar, descalificar, romper los sistemas de poder, incluidos, si se tercia, aquellos de los que mis libros han salido. Pues bien, tanto mejor” (Droit, 2008) ¿Qué contiene la caja de herramientas de Pancho Sazo? ¿Cómo confluyen ahí, por ejemplo, la música y la filosofía para cortocircuitar el poder?
FS: Mira, es tan delicado que el poder uno lo tiene también ahí. Uno como profesor, como hombre ya de ciertos años, siempre uno detenta un poder. Lo decíamos la otra vez, uno ocupa el lugar siempre de otro, de otra. El problema es ser digno de ocupar el lugar. Hay una relación ética con eso. Sí, la caja de herramientas, yo todavía la estoy llenando y estoy encontrándome con un cajón de sastre, que sería el equivalente nuestro, ciertos elementos que te pueden ayudar. Otros pensadores latinoamericanos, ¿de qué nos sirve para pensar? Si viene de Europa, bueno. Si viene del mundo precolombino, también. Yo creo que el filósofo, la filosofía contemporánea, tiene temas contemporáneos y tiene de dónde echar mano. Creo que de mejor manera que la que teníamos, cuando nos formamos nosotros, que teníamos una mirada mucho más académica, mucho más metida en lo que es la academia. Yo creo que la academia, hay que cortocircuitarla. Pero, sin perder la rigurosidad, no sé. ¿Para qué estamos haciendo esto? Si está la caja de herramientas, ¿dónde está la música?, la música es un elemento maravilloso, que tiene que ver con la belleza. Nadie ha visto un sonido. Nunca. Uno lo escucha. Hay un espacio sonoro, así como hay un espacio sonoro, va a salir música. Hay un espacio, ojalá con una sonoridad especial, que es el espacio de la filosofía, el espacio de la política, el espacio de la paternidad, el espacio de la amistad. Esos espacios no son departamentos estancos, sino que están intercomunicados, interesados, diría Leibniz. Ese puesto en compulsión, con otro y con otra.
Y esa caja de herramientas, yo creo que lo que queda de ellos es repoco cuando no se da. Uno no le pasa la caja de herramientas a otro, sino que pasa el concepto de la caja de herramientas, que ya verá uno qué cosas sacan, qué elementos quedan ahí todavía. Destornilladores, escoplos, cepillos, serruchos, martillos, etc. Entonces, va por ahí, va por encontrar que la vida es muy corta y que es maravillosa. La vida es algo extraño para nosotros. Que no reparamos muchas veces, porque la cotidianeidad mala nos tironea, hay que trabajar, que alguien enferme en tu casa, etcétera. Lo que tironea del mundo y lo distrae a uno, pero uno es un privilegiado. Hacer clases, estudiar, leer, poder escribir de repente. Y ahí tiene uno la caja de herramientas, pero yo tengo una portátil. La necesito, justamente para aprender, seguir aprendiendo.
Nuestras conversaciones, por ejemplo, no son peripatéticas. Son al lado de un cigarrillo y conversamos de todo. Eso es filosofía también. Uno queda en los diálogos de Platón, pero según el profesor Martel, los diálogos son una especie de resumen ¿qué se conversaba entre las personas en los cursos? Se nos fue, entonces hay que tratar de reconstituir esos diálogos importantes. Y no perder nunca de vista que todas y en todo te aportan a esa caja de herramientas y a lo que tú eres. Yo estoy constituido por mi lengua materna, por todo lo que me han enseñado, lo bueno, lo malo y lo feo, como la película. Y eso nos lleva a tener y buscar, diría yo, un cierto estilo. Un cierto estilo de hacer filosofía, un cierto estilo de hacer también humanidad, que no se hace solo, no se hace en un gabinete, como decía Giannini, hay que salir justamente a ver cómo sale el sol, el mantel de la noche, leer a los poetas, tomarse un tintán, maldecir, del Alto Cielo como decía la Violeta; todas las cosas.
Pero con una finalidad, yo diría, de procurar, justamente en lo posible, la humanidad. No tenemos vuelta. Estamos condenados a ser seres humanos, lo que es una maravilla, por otro lado. Ahora con problemas nuevos: las pestes, el cambio climático, los 50 años de alguien que quiere firmar, otros que no quieren firmar. La idea siempre es ponerse en el lugar del otro, una ética fundamental y antigua. ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido al revés, cómo habrían reaccionado la gente que no quiere firmar hoy en día y que dice: “No, fue un detalle”? Que se pongan en el lugar de alguien detenido, de una detenida, violada, qué sé yo. Es espantoso. No pueden minimizar, de repente, a personas que sufrieron, y que siguen sufriendo, porque no han recibido respuesta de dónde están sus hijos, sus hijas, sus maridos, sus compañeras, compañeros. Y creen que «es un epifenómeno, que hay que olvidar”. No. No, no se puede. Hay cosas que son imprescriptibles en términos jurídicos, pero a veces son imprescriptibles desde el punto de vista de una ética humana, dura, justa.
Si no hay justicia, yo creo que hay la posibilidad de hacerlo de nuevo, porque los seres humanos somos ciegos realmente respecto al futuro. Hay que tener nostalgia del futuro, como dice Teillier, pero hay que también ponerse en el lugar de los otros y de las otras. Y yo creo que es lo que nos pasa también en América Latina. Que hay unas clases sociales, grupos sociales que dicen: «Mira, nosotros tenemos la capacidad de hablar, somos más cultos, somos más… y somos los únicos que podemos hacer…”. No. ¿Quiénes hacen los caminos? ¿Quiénes hacen las casas? ¿Quiénes horadaban las minas? ¿Cómo se llamaban? Ahí me acuerdo de Neruda en Alturas de Machu Pichu: «Cuando la mano de color de arcilla se convirtió en arcilla». Bueno ¿dónde están los que se transformaron en arcilla? No por ser amigo del guionista y que alguien le diga «Oye, yo hice estas cosas”. No, ¿de qué manera alguien le tendió la mano al otro? Eso está en la ética cristiana, o en la ética laica. Básica. El tolerar al otro, la otra y no hacerle pagar de repente cosas que son de dominio, digamos, de poder absoluto frente al otro. Yo lo veo por ahí. Aparece como muy sencilla, pero es el fundamento de una sociedad en vista de convertirse en una comunidad.
MPJ: Muchas gracias.
Referencias
Congreso (1977). El cielito de mi pieza [Canción]. Congreso. EMI Odeón
Deleuze & Guattari (2006) ¿Qué es la Filosofía? Barcelona: Anagrama.
Droit (2008). Entrevistas con Michel Foucault. Buenos Aires: Paidós.
Giannini (1981). Desde las palabras. Santiago: Ediciones Nueva Universidad.
Lemebel (2008). Serenata Cafiola. Barcelona: Seix Barral S.A.
Neruda (1950). Canto General. Ciudad de México: Talleres Gráficos de la Nación.

María del Pilar Jarpa. Es Doctora en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad por la Universidad de Valparaíso, Magíster en Género y Cultura por la Universidad de Chile y Profesora de Filosofía por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Sus líneas de investigación se relacionan con las áreas de Estudios de Género, Teorías feministas y Filosofía. Su trabajo académico se ha centrado principalmente en la docencia y en la investigación interdisciplinaria en torno a las minorías sexo-genéricas en América Latina. Entre sus últimas publicaciones se destacan: Devenir rabiosa: Lemebel, Paquita la del Barrio y “el lenguaje de la ira” Contrapulso (2022); De Deleuze a Sarita Montiel. El devenir cupletera. Revista Revolución y Cultura (2021); Bananas y otros frutos del deseo: divas y subversiones en la performance de Ney Matogrosso. Aisthesis (2019); “Que se quede el infinito sin estrellas”: El devenir diva en la performance de Pedro Lemebel. Revista Interdisciplinaria de Estudios de Género de El Colegio de México (2018). En la actualidad, es parte del Centro de Estudios Interdisciplinarios en Teoría Social y Subjetividad (CEI-TESyS) de la Universidad de Valparaíso.

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