Socavón zombi

No es el primer socavón de este año, impactante fue ver ese agujero negro en el suelo desértico de tierra amarilla. Pero no son más que un síntoma de que en varios paisajes de nuestra sociedad no hay más que una carcasa y eso se traslada a la humanidad. Porque si algo es tangible en este sistema es que quienes trabajan para modelos extractivistas terminan teniendo hábitos similares entre sí basados en el consumo rápido de recursos desechables, el arribismo y la competencia.

Gaspar Peñaloza Avsolomovich

Mi hermana se rompió la boca en las dunas. Debe haber tenido unos cinco años, se deslizaba a toda velocidad por la arena sentada sobre una tabla con la que se pegó fuerte en los labios luego de un salto y una carambola. Cuando mi tío quiso conducir su luv roja oscura noventera hacia urgencias, las llaves no estaban. Se habían caído en algún lugar de esa montaña gigante de arena sobre la que mi hermana no paraba de sangrar. Me acuerdo de subir y bajar múltiples veces ese día y también muchos otros días de mi infancia, ir ahí era un panorama holográfico. Cuando uno bajaba corriendo las piernas se enterraban más y más y uno sabía y buscaba caerse, golpearse y darse vueltas en la confianza que no te ibas a dañar. Nada mejor que alcanzar velocidad sabiendo que no hay consecuencias.

Luego fui creciendo y mirando como se iba reduciendo el espacio que ocupaban y un gran barrio de casas caras y modernas iba remplazando las dunas y el bosque que estaba hacia el otro lado del mar. Se comentaba con indignación, pero la especulación inmobiliaria seguía avanzando. Las dunas tienes la característica de moverse y cambiar su forma según los vientos, espectáculo silencioso que cada vez fue menos posible por lo acosado que ha sido el ecosistema. Un par de meses antes del socavón pasé por ahí y me pregunté ¿esa vegetación sobre la arena siempre ha estado ahí? Peatones sin conciencia arquitectónica desarrollada no podían advertir que la intervención que veíamos por fuera era mucho más grosera en el interior de la duna. Atravesada por cimientos, emisarios y estas cañerías de agua eran quizá las que generaban estas enredaderas rastreras en la superficie que ya ni dejaban que se viera la arena. La transformaron en una duna zombi, asesinada y vuelta a la vida para estar al servicio de un paisaje inmobiliario, pero sin sus dinámicas ecosistémicas originales. Y esto no es más que una sinécdoque de otros cuerpos de nuestra sociedad donde lo único tangible es el barniz para esconder cuerpos monstruosos.

En la biblia se usa la imagen de un hombre que construye en la arena para ilustrar a un hombre necio, el que escucha la verdad y la ignora. Así de evidente era que no había que construir ahí.

Al contrario de la impostura de la derecha que exige compostura y moderación a cambio de participar de un diálogo que supuestamente traería soluciones, la naturaleza no es discursiva, su cuerpo tiene un límite. No se pueden multiplicar eternamente los peces, se acaban. No se mueven montañas, se quiebran. Cualquier coto asediado termina por agotarse. Y es justamente el objetivo escondido, pero igualmente evidente y oscuro de este soborno al “gobierno progre” y al movimiento que lo originó pero que cada vez se siente más traicionado: Desconocer el problema de que el sistema neoliberal que opera en los territorios como el nuestro que ocupa un lugar desfavorable en la relación colonial, se basa en la destrucción de la naturaleza y de los sujetos que trabajan en los múltiples niveles de esa destrucción. Pero también, nosotros, los espectadores nos pervertimos. Porque mientras observamos como se destruye una duna se fragua la pregunta: Si este pasaje puede ser avasallado en la impunidad, que fuero puede tener cualquier otra construcción humana frente a nuestra pulsión destructiva.

No es el primer socavón de este año, impactante fue ver ese agujero negro en el suelo desértico de tierra amarilla. Pero no son más que un síntoma de que en varios paisajes de nuestra sociedad no hay más que una carcasa y eso se traslada a la humanidad. Porque si algo es tangible en este sistema es que quienes trabajan para modelos extractivistas terminan teniendo hábitos similares entre sí basados en el consumo rápido de recursos desechables, el arribismo y la competencia. La pregunta es cuantos humanos, empresas, ministerios, sistemas de salud y educación siguen cultivando un interior zombi sin un socavón que los delate. Y cuantos socavones en esas mismas áreas han emergido este año.

Parece ser que el socavón es un símbolo de un país que los primeros quince años después de la dictadura abrazo un modelo solo posible en un presente eterno, donde todo es nuevo y no hay futuro, los siguientes quince años lo hemos visto caer lentamente. Pero el relato constantemente nos hace caer en la trampa “tanto que critican los treinta años y ahora estamos peor” pero justamente estamos peor porque los cimientos del modelo alteraron la naturaleza incluso humana a tal punto que hoy solo presenciamos raros zombies, monstruos que representan todo lo contrario a los eslóganes del “desarrollo”. Lograron echarle la culpa a los que criticaban un modelo de las consecuencias negativas de ese modelo porque aparecieron de un modo irremontable en el momento en que administraban. Un momento donde los autores de dicho modelo ya vendieron todos los departamentos y erosionaron todos los tejidos.

Gaspar Peñaloza Avsolomovich (Viña del Mar, 1994). Publicó Sedimento (Editorial Aparte, 2018), Orbificios (Ctenophora, 2020) y El Greco (Cuneta, 2022). Organizador del festival de poesía joven Maraña y compilador del libro homónimo publicado por editorial Alquimia en 2019. Fue coordinador del espacio Concreto Azul y editor de su revista web. Actualmente está construyendo el centro cultural La Lobera Aldea, ubicado en Chañaral de Aceituno.

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