Cormac McCarthy nació en Providence, Rhode Island, EE UU, el 20 de julio de 1933. Vagabundeó por la vida antes de entregarse de lleno a la escritura. Lo influenciaron autores como Dostoievski, Faulkner y Joyce. Decía no entender a Proust. Era uno de los favoritos para el Nobel, pero las premiaciones lo traían sin cuidado. Se hizo conocido con la Trilogía de la frontera, integrada por All the Pretty Horses (1992), The Crossing (1994), y Cities of the Plain (1998). McCarthy murió en Santa Fe, Nuevo México, el 13 de junio de 2023, a los ochenta y nueve años. “El problema Kekulé” apareció en la revista Nautilus en abril de 2017 y ha sido traducido exclusivamente para nuestra revista.

Cormac McCarthy
[Traducción de Miguel Ogalde Jiménez]
Lo llamo el problema Kekulé porque entre la miríada de instancias sobre problemas científicos resueltos en el sueño del investigador, probablemente la más conocida sea la de Kekulé. Él intentaba entender la configuración de la molécula de benceno y no estaba haciendo mucho progreso cuando se durmió junto al fuego y tuvo su famoso sueño acerca de una serpiente enrollada en un aro, con la cola en boca (el Uroboros de la mitología) y despertó exclamando para sí mismo: “Es un anillo. La molécula tiene forma de anillo”. Bueno, el problema, por supuesto (no el de Kekulé sino el nuestro), radica en que, si el inconsciente entiende perfectamente bien el lenguaje (o no entendería el problema en primer lugar), por qué no simplemente responde la pregunta de Kekulé diciendo algo como: “Kekulé, es un maldito anillo”. A lo que nuestro científico respondería: “Okey. Entendido. Gracias”.
¿Por qué la serpiente? ¿Por qué el inconsciente desprecia tanto hablar con nosotros? ¿Por qué las imágenes, metáforas, fotos? Por qué los sueños, a todo esto.
Un lugar lógico por dónde empezar sería definir qué es el inconsciente en primer lugar. Para esto debemos dejar de lado la jerga de la psicología moderna y volver a la biología. El inconsciente es antes que nada un sistema biológico. Para expresarlo de manera más precisa, el inconsciente es una máquina para operar un animal.
Todos los animales tienen inconsciente. Si no lo tuvieran serían plantas. A veces al nuestro le acreditamos deberes que no ejecuta. Sistemas con cierto nivel de necesidad requieren sus propias mecánicas de gobernanza. Respirar, por ejemplo, no es controlado por el inconsciente, sino por el puente de Varolio y el bulbo raquídeo, dos sistemas localizados en el tronco encefálico. Exceptuando el caso de los cetáceos, que respiran al salir a tomar aire. Un sistema autónomo no serviría aquí. El primer delfín anestesiado en una mesa de operaciones sencillamente murió. ¿Cómo duermen? Alternando cada mitad del cerebro. Pero los deberes del inconsciente son muy numerosos. Desde rascar una picazón hasta resolver problemas matemáticos.
Los problemas en general son bien planteados en términos de lenguaje y el lenguaje sigue siendo una práctica herramienta para explicarlos. Pero el verdadero proceso de pensamiento en cualquier disciplina es ampliamente un asunto inconsciente. El lenguaje puede ser usado para marcar el progreso al cual uno ha llegado, una especie de miliario para tener un punto de partida fresco. Pero si crees realmente que usas el lenguaje para resolver problemas te pido que me escribas y cuentes cómo lo haces.
He señalado a unos cuantos amigos matemáticos que el inconsciente parece ser mejor en matemáticas de lo que ellos son. Mi amigo George Zweig llama a esto el Umbral Nocturno. Tengan en cuenta que el inconsciente no tiene lápiz, libreta, ni goma de borrar. Pero es indiscutible que resuelve problemas matemáticos. ¿Cómo lo hace? Cuando sugerí a mis amigos que podía hacerlo sin números, la mayoría de ellos pensó después de un rato que era una posibilidad. Cómo, no lo sabemos. De la misma manera que no sabemos cómo nos las arreglamos para hablar. Si te hablo, difícilmente puedo elaborar al mismo tiempo las frases siguientes a lo que digo. Estoy ocupado hablándote. Tampoco una parte de mi mente podría armar estas frases y decírmelas para que yo las repita. Además del hecho de que estoy ocupado, esto provocaría una regresión infinita. Hay un proceso al cual no tenemos acceso. Es un misterio opacado en total oscuridad.
Hay entre nosotros personas influyentes (algunos más, otros menos) diciendo que el lenguaje es un proceso totalmente evolutivo. Que, de alguna manera, apareció en el cerebro en forma primitiva y luego creció hasta ser útil. Como la visión, tal vez. Por lo sabido actualmente la visión es rastreable a una docena de historias evolutivas independientes entre sí. Dando material para los teleologistas. Estas historias aparentemente empiezan con un crudo órgano capaz de percibir luz donde cualquier oclusión podía sugerir a un depredador. De hecho esto crea un excelente escenario para la selección de Darwin. Estas personas influyentes parecieran imaginar a todos los mamíferos esperando la llegada del lenguaje. No lo sé. Pero todo indica que el lenguaje ha aparecido sólo una vez y en una sola especie. Entre la cual se propagó a una velocidad considerable.
Hay varios ejemplos del uso de señalización en el mundo animal que podrían ser interpretados como un protolenguaje. Las ardillas listadas, entre otras especies, tienen un llamado de alarma para depredadores aéreos y otra para terrestres. Distinguen a los halcones de los zorros o gatos. Muy útil. Pero lo faltante aquí es la idea central del lenguaje, que una cosa puede ser otra cosa. Es la idea que Helen Keller entendió súbitamente en el pozo. La seña para pedir agua no era simplemente lo que hiciste para conseguir un vaso de agua. Era el vaso de agua. Era, de hecho, el agua en el vaso. Esto es de la obra de teatro The Miracle Worker. Todo el mundo llora al final.
La invención del lenguaje fue entendida al instante como increíblemente útil. De nuevo, parece haberse propagado a través de nuestra especie de manera casi simultánea. El problema inmediato pudo ser que había más cosas para nombrar que sonidos para nombrarlas. Según los datos, el lenguaje se originó en el sudoeste de África. Los chasquidos de las lenguas khoisan (incluyendo el sandawe y el hadza) podrían ser restos de intentos atávicos por satisfacer la necesidad de una mayor variedad sonora. Los problemas vocales con el tiempo fueron manejados evolutivamente (y al parecer en muy poco tiempo) al volver hacia atrás nuestra garganta, pieza clave en la fabricación del habla. No sin un costo, por supuesto. La laringe se ha movido hacia abajo en nuestra garganta de manera tal que somos una especie altamente vulnerable a ahogarnos con la comida, una causa de muerte común. También nos ha hecho ser los únicos mamíferos incapaces de tragar y vocalizar al mismo tiempo.
Esta suerte de aislamiento que nos dio alto y bajo, luz y oscuridad y otras variaciones en nuestra especie, no fue protección contra el avance del lenguaje. Este cruzó montañas y océanos como si no hubieran estado allí. ¿Cubrió una necesidad? No. Los otros cinco mil mamíferos entre nosotros se las arreglan bien. Pero, ¿fue útil? Oh, sí. Deberemos apuntar que cuando llegó no tenía lugar donde ir. El cerebro no lo esperaba y no hizo planes para su llegada. El lenguaje simplemente invadió áreas del cerebro menos desarrolladas. Conversando en el Instituto Santa Fe sugerí que el lenguaje actúa de manera muy similar a una invasión parasitaria y David Krakauer (nuestro presidente) dijo que había tenido la misma idea. Lo cual me complació bastante porque David es muy inteligente. Esto no quiere decir que el cerebro no haya estado estructurado para recibir al lenguaje. ¿A dónde más iría? Tenemos de evidencia la Historia misma. La similitud entre las historias de un virus y la del lenguaje es que el virus llega por medio de selección darwiniana y el lenguaje no. El virus viene amablemente maquinado. Ofrécelo. Gíralo un poco. Empújalo. Clic. Encaja bien. Pero se encontrará una pila de basura conteniendo todos los virus que no calzaron.
No hay selección en la evolución del lenguaje porque solo hay uno y no es un sistema biológico. El protolenguaje de origen lingüístico del cual todos los lenguajes evolucionan.
Personas influyentes sonreirán para sus adentros ante este mal concebido lamarckismo arrastrándose por acá. Podemos tratar de evitarlo mediante varias estrategias o una redefinición, probablemente sin mucho éxito. Darwin, por supuesto, despreciaba la idea de “mutilaciones heredadas” (por ejemplo, el dilema de cortar las colas de los perros). Pero la herencia de ideas sigue siendo un tema espinoso. Es difícil no verlas como adquiridas. La manera en que el inconsciente ejecuta su trabajo es totalmente desconocida. Es un área prácticamente ignorada por los estudios de inteligencia artificial, quienes parecen más interesados en preguntar si el cerebro es o no como una computadora. Han decidido que no lo es, pero eso no es del todo cierto.
De las características del inconsciente su persistencia está entre las más notables. Todo el mundo es familiar con los sueños repetitivos. Aquí el inconsciente podría ser imaginado teniendo más de una voz: No lo entiende, ¿cierto? No. Es bastante duro. ¿Qué quieres hacer? No lo sé. ¿Quieres intentar usar a su madre? Su madre está muerta. ¿Cuál es la diferencia?
¿Qué trabaja acá? ¿Cómo el inconsciente sabe que no lo estamos entendiendo? ¿Qué no sabe? Es difícil escapar a la conclusión de que el inconsciente opera bajo una compulsión moral para educarnos (¿Compulsión moral? ¿Habla en serio?).
La evolución del lenguaje empieza con el nombre de las cosas. Después vienen las descripciones de estas cosas y luego explicaciones de lo que hacen. El crecimiento de los lenguajes hasta su forma presente (la sintaxis y la gramática) tiene una universalidad que sugiere una regla común. La regla es que los lenguajes siguen sus propios requerimientos. La regla es que se les encarga describir el mundo. No hay nada más para describir.
Todo muy rápido. No hay lenguaje cuya forma se encuentre en estado de desarrollo. Y sus formas son todas básicamente la misma.
No sabemos lo que es el inconsciente o dónde está o cómo llegó ahí. Estudios recientes sobre el cerebro animal sugieren mucho, mostrando cerebelos descomunales en algunas especies bastante inteligentes. Se está aceptando poco a poco que los hechos del mundo son en sí mismos capaces de dar forma al cerebro. ¿El inconsciente sólo obtiene estos hechos de nosotros, o tiene mismo el acceso a nuestro sensorio, el cual nos pertenece? Puedes hacer lo que sea con el “nosotros”, y el “nuestro” y el “nos”. Yo lo hice. En algún punto la mente debe convertir en gramática los hechos y transformarlos en narrativas. Los hechos del mundo en su mayoría no tienen forma narrativa. Nosotros debemos hacer esa tarea.
¿Qué estamos diciendo aquí? Que un pensador anónimo tomó asiento una noche en su caverna y dijo: Wow. Una cosa puede ser otra cosa. Sí. Eso es lo que estamos diciendo. Excepto que no lo dijo porque no había lenguaje para decirlo. Por el momento tuvo que contentarse sólo con pensarlo. ¿Y cuándo ocurrió esto? Nuestras personas influyentes dicen no tener idea. Por supuesto creen que el hecho no tuvo lugar. Pero aparte de eso, ¿fue hace cien mil años? ¿Medio millón? ¿Aún más? De hecho, cien mil años podría ser una suposición bastante buena. Esa fecha coincide con los primeros jeroglíficos conocidos, encontrados en la Cueva de Blombos en Sudáfrica. Estos dibujos son la clave de nuestro abrupto despertar en esa caverna. Si bien es bastante seguro que el arte precedió al lenguaje, probablemente no lo precedió por mucho. Algunas personas influyentes han dicho que el lenguaje podría tener hasta un millón de años de antigüedad. No han explicado cómo y para qué lo hemos ocupado todo este tiempo. Ahora sabemos prácticamente sin lugar a dudas que una vez adquirido el lenguaje todo lo demás le sigue con rapidez. El simple entendimiento de que una cosa puede ser otra cosa es la raíz de todo logro a nuestro haber. Desde usar guijarros coloreados para el trueque de cabras, crear el arte, el lenguaje y más, hasta el uso de marcas simbólicas para representar pedazos del mundo demasiado pequeños para ser vistos.
Cien mil años son prácticamente un pestañeo. Pero dos millones de años no lo son. Esta es, vagamente, la cantidad de tiempo durante la cual nuestro inconsciente ha organizado y dirigido nuestras vidas. Y notarán que sin el lenguaje. Al menos durante todo ese tiempo a excepción del pestañeo más reciente. ¿Cómo nos dice dónde y cuándo rascarnos? No lo sabemos. Sólo sabemos que es bueno en eso. Pero el hecho de que el inconsciente prefiera evadir casi por completo las instrucciones verbales (incluso cuando puedan ser muy útiles) sugiere fuertemente que no le gusta el lenguaje y no confía en este. ¿Y por qué es eso? ¿Qué tal si es por la buena y suficiente razón de que se las ha arreglado bastante bien sin ayuda durante dos millones de años?
Aparte de su gran antigüedad, el modo de presentación a través de la narrativa pictórica favorecida por el inconsciente tiene atractivo por su simple utilidad. Una imagen puede ser recordada en su totalidad mientras un ensayo no. Excepto si uno es un caso de Asperger. En el cual los recuerdos, aunque exactos, sufren de su propia literalidad. El registro de conocimiento e información guardados en el cerebro de un ciudadano promedio es enorme. Pero la forma en que estos residen en nosotros es vastamente desconocida. Puedes haber leído mil libros y discutir cada uno de ellos sin recordar una sola palabra del texto.
Cuando paras a reflexionar y dices: “Déjame ver. Cómo te lo explico”, tu objetivo es rescatar la idea de un estanque de materia abstracta y darle forma lingüística para que pueda ser manifestada. Esto que uno desea explicar es lo representativo del estanque de conocimiento cuya figura es tan amorfa. Si explicas esto a alguien y dice que no entiende, puedes agarrar tu mentón y pensar en otra manera de hacerte entender. O tal vez no. Cuando los estudiantes del físico Dirac se quejaron de que no entendían lo que decía, Dirac simplemente repetía palabra por palabra.
La narrativa pictórica suele presentarse como una parábola. El relato cuyo significado le da a uno pausa. El inconsciente se ocupa de las reglas, pero estas reglas requieren tu cooperación. El inconsciente quiere darle guía general a tu vida, pero no le interesa qué pasta de dientes usas. Si bien el camino sugerido puede ser variado, no incluirá saltar de un precipicio. Podemos ver esto en los sueños. Esas perturbadoras pesadillas que nos despiertan son puramente gráficas. Nadie habla. Estos sueños son muy antiguos y a menudo problemáticos. A veces un amigo puede ver su significado donde nosotros no. El inconsciente pretende que sea difícil desentrañarlos porque quiere que pensemos en ellos. Para que los recordemos. No dice que no puedas buscar ayuda. Las parábolas quieren a menudo resolverse a sí mismas en lo pictórico. La primera vez que escuchas sobre la caverna de Platón te dispones a reconstruirla en tu cabeza.
Repito. El inconsciente opera biológicamente y el lenguaje no. O no todavía. Debes ser cuidadoso al invitar a Descartes a la mesa. Aparte de la heredabilidad, probablemente la mejor manera de saber si una categoría fue creación nuestra es preguntarnos si la vemos en otras criaturas. El caso del lenguaje es bastante claro. La facilidad con la que los niños pequeños aprenden sus complejas y difíciles reglas es donde vemos la lenta incorporación del saber adquirido.
He pensado acerca del problema Kekulé durante un par de años sin lograr mucho progreso. Pero una mañana, un par de días después que George Zweig y yo tuvimos uno de nuestros almuerzos de diez horas, fui a la cocina con el papelero de mi dormitorio y lo estaba vaciando en el basurero cuando súbitamente supe la respuesta. O supe que sabía la respuesta. Me tomó más o menos un minuto ponerla en orden. Mientras George y yo habíamos pasado el primer par de horas en la cognición y la neurociencia, no habíamos hablado de Kekulé y el problema. Pero algo en nuestra conversación debió gatillar nuestras reflexiones (las mías y del Umbral Nocturno) sobre el asunto. Por supuesto, la respuesta es simple cuando la sabes. El inconsciente no está acostumbrado a dar instrucciones verbales y no le complace ejecutarlas. Hábitos de dos millones de años son difíciles de romper. Cuando luego le dije a George lo que se me había ocurrido él pensó por un minuto, asintió y dijo: “Suena bien”. Lo cual me complació bastante porque George es muy inteligente.
El inconsciente parece saber mucho. ¿Qué sabe sobre sí mismo? ¿Sabe que morirá? ¿Qué piensa de eso? Pareciera representar un conjunto de talentos más que uno solo. Es poco probable que el departamento de picazón esté a cargo de las matemáticas. ¿Puede trabajar en múltiples problemas a la vez? ¿Sólo conoce lo que le decimos? ¿O, más plausiblemente, tiene acceso directo al mundo exterior? Algunos de los sueños, reunidos con tanto esfuerzo para nosotros, sin duda son profundamente reflexivos, no obstante, unos cuantos son bastante frívolos. Y su poca insistencia en que recordemos cada sueño sugiere que a veces trabaja por cuenta propia. ¿Y es realmente tan bueno solucionando problemas o es solo que mantiene para sí mismo el registro de los fracasos? ¿Cómo tiene esta envidiable percepción? ¿Cómo hacerle preguntas? ¿Estás seguro?
Cormac McCarthy nació en Providence, Rhode Island, Estados Unidos, el 20 de julio de 1933. Vagabundeó por la vida antes de entregarse de lleno a la escritura. Su novela favorita era Moby-Dick. Lo influenciaron autores como Dostoievski, Faulkner y Joyce. Decía no entender a Proust. Dio pocas entrevistas para dejar que sus libros hablaran por él. Su obra abarcó desde un western sangriento mezclado con realismo mágico a una tragedia postapocalíptica de supervivencia. Era uno de los favoritos para el Nobel, pero las premiaciones lo traían sin cuidado. Se inclinaba por la compañía de científicos en vez de escritores. Entre sus primeros libros se encuentran Suttree (1979) y Blood Meridian (1985), novela considerada su obra maestra. Se hizo más conocido con la Trilogía de la frontera, compuesta por All the Pretty Horses. (1992), The Crossing (1994), y Cities of the Plain (1998). Su trabajo posterior incluye las novelas No Country for Old Men (2005, adaptada al cine por los hermanos Coen), The Road (2006, dedicada a su hijo) y la obra de teatro Sunset Limited (2006). Casi toda su prosa fue escrita en una sola máquina de escribir Olivetta Lettera 32. “El problema Kekulé” apareció en la revista Nautilus el 17 de abril de 2017 y ha sido traducido exclusivamente para La Antorcha Magacín. McCarthy murió en Santa Fe, Nuevo México, el 13 de junio de 2023. Tenía ochenta y nueve años. Miguel Ogalde Jiménez (Valparaíso, 1996). Escritor y traductor. Licenciado de Periodismo por la Universidad de Playa Ancha. Realizó su tesis sobre Truman Capote. Influenciado por Roberto Bolaño, Raymond Carver y Elfriede Jelinek (y unos cuantos más). Trabaja publicando cuentos y poemas de sus amigos en editoriales autogestionadas porteñas.

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