Introducción

Carlos Henrickson

De vez en cuando, surgen avalanchas de pesimismo con res­pecto a las producciones literarias de nuevas generaciones, y es ley de la historia: los tiempos cambian, y el registro estético tiene que mutar inevitablemente bajo el peso de nuevas tecno­logías y nuevos fenómenos sociales. En un país en que jugar al conservadurismo tiene todavía gracia, la nostalgia por el tiem­po pasado eternamente mejor y la queja por la osadía de los recién llegados no dejan de tener su lugar en las mesas de café gigantes que son nuestras redes sociales.

Lo cierto es que ha pasado más de algo bajo las narices de nuestro rudimentario remedo de industria cultural, y no solo en la capital. Bajo todo el peso de la globalización vía redes so­ciales y cadenas de entretención multinacionales, se vive una intensa contracorriente subterránea de redescubrimiento del territorio. No es un fenómeno nuevo: pero su intensidad ha cre­cido en el curso de las dos últimas décadas en medida directa a la precarización social y ambiental producida por el neolibe­ralismo a ultranza. Lo que describo no se aplica solamente a la más visible preocupación ecológica, ni al registro que desea visibilizar la vida cotidiana de los barrios periféricos, sino que incluye la revalorización del patrimonio cultural local.

Así, el leer de nuevo Mundo herido de Armando Méndez Carrasco, ya no es un simple acto de nostalgia, como tampo­co un ejercicio literario gratuito el recorrer de nuevo la obra poética de mujeres como Patricia Tejeda, Irma Astorga o Xi­mena Rivera. Modos de representar el mundo y de modular la pulsión emocional supuestamente “caducos” o motejados en su momento de “extravagancias”, que no forman parte de la manera canónica y aceptada por la mini-industria editorial dominante en el país, se vuelven a encontrar en la producción literaria joven de las provincias, lado a lado con la represen­tación de las olas de una post-modernidad tecnológica con la que ya se convive sin dificultades ni culpas. La consistente bús­queda de modos propios por parte de las mujeres escritoras es otro signo de este nuevo momento, en que más allá de poses o de temas tradicionalmente asignados, sí marcan una diferencia en la profundidad y la osadía del despliegue narrativo.

Más que una sensibilidad nueva, los múltiples registros de las nuevas generaciones de escritores muestran búsquedas en pleno riesgo, que parecen corresponder bien a los movimien­tos que en el plano social y político están también viendo más allá del horizonte de los hábitos que por pura inercia ya hicie­ron insolvente al modelo neoliberal.

Esta selección de autores de la región de Valparaíso mues­tra precisamente la extrema amplitud de estas búsquedas, y lo inútil de intentar englobarlas más allá del marco general que he esbozado antes. Cabe señalar que no es casualidad que una porción importante de nuestres autores provenga de los talleres de Balmaceda Arte Joven (Valparaíso), dado su rol central en los últimos años en incentivar nuevas perspectivas de lectura, desplazando el foco hacia narrativas conscientes en un senti­do territorial y social, y no asimilables por la (casi-)industria editorial actual debido a sus desafíos formales y temáticos. El fenómeno de las pequeñas editoriales independientes, ya es­tablecido contra viento y marea, e iniciativas de periodismo cultural de un amplio alcance nacional e internacional a través de redes sociales, también han sido determinantes. Cabe men­cionar, además, nombres como Gladys González, cuyo trabajo editorial y en organización de ferias del libro de un carácter inclusivo y desafiante ha sido fundamental, y a docentes uni­versitarios –Alejandra González Celis es un ejemplo– que han tenido una legítima preocupación por incentivar nuevos hori­zontes de lectura y crear audiencias.

La carga ominosa del pasado aparece notoriamente en dos de estos relatos. Destaca especialmente en “Bandera roja”, de Da­niela Malhue Urra, que rememora con un lenguaje directo y contenido, mas no exento de una musicalidad bien lograda, la aparición de la muerte en el contexto del paseo familiar a la playa en verano. El carácter siniestro –traduciendo unheimlich pobremente– de la narración de Malhue Urra, es reconocible también en el registro casi alegórico de “Casas de luz para cria­turas pequeñas”, de Rafael Cuevas Bravo, en que un modo de percepción establecido en construcción visual –bien se diría cubista– retrata el peso de lo antiguo sobre lo nuevo, situado en la limpieza de una vieja casona.

El ejercicio de rememorar aparece en dos textos marcados por la dificultad, la imposibilidad de contemplar el pasado de manera serena. Un caso es “Deporte”, de Diego Armijo, en que el ahogo natural de una actividad física –el ciclismo– se apodera del tempo mismo de la narración, y que solo desde ahí puede llevar a la mirada del lector al personaje principal, definido por la emoción de la proeza física. Esta perspectiva externa de la rememoración, resuena de manera más interesan­te ante la intimidad extrema de “Nunca tuve un cuarto propio”, de Fernanda Meza en que la percepción misma parece estar bajo el desafío de la permanente transformación en el seno de la memoria, dictando una deriva en la elección de imágenes de una calidad efectivamente poética.

Lo fantástico también se presenta en estos relatos, en dos claves absolutamente distintas. La anticipación científica, con elementos de horror lovecraftiano, de “Bangutot”, de Sergio Guerra, construye un mundo en que lo humano parece sub­sumido bajo una pesadilla tecnológica que solo puede acabar con la guerra y la muerte. Más cercano y sutil es lo fantásti­co en “Dos hermanas”, de Mauricio Tapia Rojo, en que a lo penoso de la cuarentena sanitaria bajo la pandemia se suma lo inexplicable; a su modo, también el fin de lo humano está acá representado casi como una alegoría, y su contraste con la convincente descripción cotidiana es un valor importante en este relato.

La observación íntima y solitaria de Nina Avellaneda en “Un paseo circular”, entrega un relato personalísimo, en que la referencia literaria toma un papel de iluminación sobre el mundo interior; una resuelta extrañeza logra introducir al lec­tor a través de un ritmo narrativo cuidado y una perspectiva honestamente subjetiva. Silvana González Vásquez, por otro lado, exterioriza la mirada, haciéndonos ver en “El mudo” un fragmento de la realidad cotidiana con una parca objetividad, en que la escritura sutil logra un compromiso emocional con el lector sin tener que adjetivar o producir efectos; se hace ver una capacidad superior de observación objetiva.

Queda agradecer especialmente a Arantxa Martínez, Ma­carena García Moggia y Cristóbal Gaete (uno de los más im­portantes promotores de la nueva generación narrativa, dicho sea de paso) su ayuda invaluable para realizar la selección de autores.


Fotografía © Francisca García.
Carlos Henrickson (Santiago, 1974). Escritor, traductor y ensayista. Ha publi­cado, entre otros libros, An Old Blues Songbook (poemas; Santiago, Ed. del Temple, 2006), Esplendor (cuentos; Val­paraíso, Narrativa Punto Aparte, 2011), 44 canciones realistas (poemas; Santiago, Pez Espiral, 2015), Lumbre y portazos. Ejercicios de estilo (plaquette de poemas; Valparaíso, Inubicalistas, 2018), Siete pa­gos (cuentos; Valparaíso, Narrativa Punto Aparte, 2019), La Conquista. Sección I del Libro de La Fundación (poemas; Lyon, Grand Trou, 2020); y como traductor, na­rrativa, poesía y ensayo de Lev Tolstoy, Marina Tzvetáyeva, Vladimir Mayakovs­ky, entre otros autores.

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