En torno a la potencia lírica

/RESEÑA/ Begoña Ugalde, Poemas sobre mi normalidad. Santiago, RIL Editores, 2018, pp. 66.

Begoña Ugalde, Santiago, 1984.

Carlos Henrickson

La expresión poética, que como todo arte tiene que vérselas primariamente con el trabajo sobre una materia externa, tiene un enlace inevitable con la propia existencia desde el momento en que el lenguaje es además algo constitutivo del mismo sujeto que lo manipula. El traspasar lo cotidiano del hablar, hallar a partir de las palabras de todos los días la forma de trascender esos días –hacerlos esenciales, le da al poeta lírico desde que inicia su oficio una promesa de lo extraordinario, que sin cesar reventará contra el principio de realidad. En muchos sentidos la modulación del choque reiterado de esa ola dará el quantum de potencia lírica: su capacidad de conmover y atraer a su lector.

Esta modulación –aprender a saber con qué fuerza y con qué ritmo cae la ola de la promesa sobre la realidad– es de algún modo el tema de fondo que recorre Poemas sobre mi normalidad de Begoña Ugalde (Santiago, 1984). Esta normalidad, puesta en crisis ya desde su adjetivación posesiva, será en el texto precisamente el opuesto a la normalidad como convención social. La resistencia interior –casi instintiva– contra esta convención social se propone como la condición propia de la poeta: como el único estado desde el que se hace posible una aprehensión de lo real. El libro muestra las tomas de conciencia de esta aprehensión, que si bien jamás se hace comprensión racional o aceptación espiritual íntima, sí convierte a estas en fases de un proceso mayor, inabarcable y sin conclusión esperable.

Ugalde sabe aumentar la expresión de esta resistencia interior a partir de un trabajo razonado y consciente de un vocabulario simple, que puede presentar la existencia cotidiana en su trivialidad más agobiante, haciendo brotar la emoción lírica directamente desde allí.

En la primera sección del libro, Lazo sanguíneo, la profunda empatía con una casa paterna/materna que parece vivir un trágico encierro dentro de sí misma (y en que el amor o el sueño son solo promesas intuidas, guardadas como cartas atesoradas o perdidas como cartas hechas ceniza), acaba siendo condición primera de una autonomía personal, que es casi una conquista, lo que determina más profundamente al poema que da nombre a la sección, en que el lazo sanguíneo se puede cortar como un hilo de pesca (con lo que un pez logra felizmente escapar) o borrar como líneas de tiza que hacen niños sin que les importe su inevitable fin.

En Oro, Ugalde nos da una clave para pensar el sentido de la sección a la que pertenece este poema (Tesoros escondidos). Se trata del cuento de los hermanos Grimm La mesa, el asno y el bastón maravillosos, que la hablante lee a su hijo (lo que refleja notablemente de manera inversa la escena del poema Lección, manteniendo ella el gesto del rezo y la condición de despierta). Este cuento trata sobre la formación para la adultez con elementos fantásticos y toques grotescos; tres niños, en su transición hacia un mundo adulto marcado por la ilusión y el engaño, se encuentran con objetos y seres prodigiosos, entre ellos un asno que caga monedas de oro (esta áspera expresión es la que emplea la hablante del poema). El poema de Ugalde concluye: y luego rezo a una deidad inventada/ ser como el burro del cuento/ convertir en oro lo que sale de mí. La sección Tesoros escondidos tendrá que ver con esto, la elaboración/ sublimación de una inquieta interioridad (los monstruos de su noche/ tan parecidos a los míos), que ayude a encontrar/ proyectar en el mundo los prodigios prometidos.

El poema que da nombre a la sección Tesoros escondidos describe una caminata a través de un paisaje urbano nocturno marcado por la banalidad, la degradación y la violencia, en un ritmo insistente y sin pausas que sabe reflejar bien la perturbación de la hablante y que, por más que esté inquieta por volver a la casa donde queda su hijo solo, da la impresión sonora de una fuga. El título se presenta en los versos:

en los pequeños jardines

hay tesoros escondidos

y huesos que los perros guardan

para las mañanas de aburrimiento.

Estos versos, casi al centro del poema, parecen ser el índice para la súbita y enigmática paradoja final: pero de todas formas esta noche/ las cosas se ven brillantes y limpias. El mundo interior en escisión con lo real eleva su resistencia hasta un punto máximo, que lleva en los últimos poemas de la sección a una aceptación marcada por la sombra del nihilismo. Con todo, la ejecución de los textos nos da una clave más del proceso, que su contenido no nos da: la hablante mantiene hasta en lo más destemplado de la desolación un temple lírico, una voluntad de forma que mantiene vigente y actualiza en el poema la promesa de lo extraordinario. El sombrío poema Fobia, resonante de nihilismo y deseos de evasión, no deja de evocar de manera vívida el roce y el brillo de las polillas, haciendo que en la superficie sonora y de imagen del poema la melancolía y el miedo se transformen paradójicamente en opuestos (goce, atracción) en la lectura.

La perturbadora atmósfera de Poemas sobre mi normalidad se cumple precisamente bajo este procedimiento: una profunda emoción lírica encuentra su complemento en una habilísima operación del lenguaje más directo. Los Apuntes sobre el amor y la locura que cierran el libro con un paso decidido hacia una escritura epigramática, dejan atrás lo cotidiano en lo que puede verse como una suerte de poética general del libro, sembrada de paradojas. Una locura cruel, severa y se podría decir que hasta masculina, se contrapone a un amor aprehendido (ya que se hace indefinible) desde una vía apenas sensitiva o puramente activa, casi como lo evidente: se trata de dos caras de una realidad que está más acá de constituirse como principio o sistema, para solo estar presentes en una percepción primaria, imposible de racionalizar. De aquí que la figura de lo animal se hace clave en estos epigramas, desde la formulación misma de su tema:

El amor y la locura

son entes sin cuerpo físico

sin embargo necesitan reproducirse y comer

como mascotas que se escapan de sus jaulas

porque nadie les presta atención.

Poemas sobre mi normalidad pone en juego el plano íntimo en una apertura hacia el mayor riesgo, al tiempo que limita y modula este riesgo desde una altísima conciencia técnica del lenguaje. Sabiendo cómo dejar un libro abierto, evitando resoluciones fáciles y apelando a la potencia más primordial del sentimiento lírico evitando cuidadosamente el tono lírico, Begoña Ugalde sigue demostrándose con este libro como una voz excepcional dentro de nuestro escenario poético.

Carlos Henrickson (Santiago, 1974). Poeta, narrador, crítico literario, traductor. Publicó: Ardiendo (poemas, Etcétera, 1991), Y si vieras la mañana (cuentos y poemas, SRF Ediciones, 1998), Aviso desde Lota (poemas, NeaVista, 1998), En tiempos como estos (cuentos, Gobierno Regional de Valparaíso, 2002), An Old Blues Songbook (poemas, Ediciones del Temple, 2006), Ajuste de cuentas-Jaunesse (poemas, Alquimia, 2009), Despoblados (poemas, Fuga, 2010), Esplendor (cuentos, Narrativa Punto Aparte, 2010), 44 canciones realistas (poemas, Pez Espiral, 2015), Lumbre y portazos. Ejercicios de estilo (poemas, Inubicalistas, 2018), Siete pagos (cuentos, Narrativa Punto Aparte, 2019). Tradujo: Historias del tiempo pasado, de Charles Perrault (Das Kapital, 2013), Siete poemas, de Marina Tzvetáyeva (Das Kapital, 2016), A la producción (traducción de textos de constructivismo ruso, Catálogo, 2018) y Acerca de esto, de Vladímir Mayakovsky (Mundana, 2020).

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